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COLUMNA

Imprudentes consentidos

En Navidad la cosa se acentúa mucho, pero ocurre todo el año y además es universal. Si hace unas semanas hablé de los fascistas de espíritu creados durante las últimas generaciones -quienes no consienten que se los contraríe ni se les lleve la contraria, dije-, hoy debo concluir que el fenómeno es más amplio y afecta a gente de cualquier edad. En nuestros países contamos ya con una parte de la población que es meramente imprudente y consentida, individuos que apenas piensan o que, cuando lo hacen, es para convencerse de que los peligros y los contratiempos no van con ellos y de que, si a la postre van, alguien está obligado a sacarles las castañas del fuego, preferiblemente el Estado, que es como decir todos los demás.

Un ejemplo leve y modesto, pero palmario, es este: durante las pasadas Navidades he asistido al espectáculo de todos los años, lo cual significa que a nadie le pillaban de nuevas las dificultades. El centro de la ciudad se ha abarrotado de coches, conducidos por verdaderos tarados que pretendían llegar en ellos hasta la mismísima Plaza Mayor, donde se instalan las casetas con las figuras de los belenes y se venden los matasuegras de rigor, o hasta Preciados y Sol, donde se apiñan los grandes almacenes y las mayores masas compradoras y regaladoras. Todos esos automovilistas sabían de sobra lo imposible que les iba a resultar transitar, no digamos estacionar. Hay por la zona varios aparcamientos de cabida considerable, pero es bien sabido que durante el periodo navideño todos lucen permanentemente el cartel de "Completo". Lo más asombroso es que esos chóferes vocacionales se han dedicado a formar monstruosas colas de vehículos a la entrada de cada aparcamiento, a la espera absurda de que se quedara en ellos alguna plaza libre. Teniendo en cuenta que quien se hace con una la va a aprovechar a conciencia y va a dejar allí su coche tantas horas como precise para comprar lo habido y lo por haber, esos conductores, en vez de hacer lo que querían, se han pasado las mañanas y las tardes metidos en sus idolatradas máquinas inmóviles, cargadas de niños histéricos al borde del pis, entorpeciendo aún más el ya insufrible tráfico y pegando bocinazos de indignación, eso sí, nunca dirigida contra ellos mismos.

A la misma categoría, más o menos, pertenecen esos otros automovilistas que no hicieron ningún caso a los diarios, radios y televisiones que les advirtieron, con considerable antelación, de las fuertes nevadas que iban a caer alrededor de la Nochebuena. Se instó a la gente a no viajar en coche más que bajo extrema necesidad, pero aquí casi nadie está dispuesto a que se le estropeen sus planes ni a cambiarlos. Así que millares de individuos, al grito mental de "Ya será menos", o "No voy a ser yo quien se prive de cenar con la abuela", se lanzaron a las carreteras, sin cadenas, sin mantas y sin nada, para luego enfurecerse con las autoridades porque éstas no les sacaron de inmediato de los atascos y bloqueos en que ellos se habían metido, pese a los temporales superanunciados. No digo que no haya habido fallos o imprevisión por parte de esas autoridades en algún caso, pero de lo que no cabe duda es de que, si la gente pasa de las advertencias y decide que con ella no van, todo tiene mal arreglo.

Con más frecuencia de la deseada leemos sobre grupos de turistas secuestrados por guerrillas o terroristas en algún remoto lugar del mundo al que dichos turistas no habían tenido empacho en irse de vacaciones pese a conocer los riesgos. Y lo que estos imprudentes sujetos exigen luego es, invariablemente, que se movilicen el Estado, su diplomacia, la policía de varios países y San Dios el Bautista para rescatarlos, con el consiguiente peligro para los salvadores. Lo mismo sucede con los montañeros y excursionistas que se aventuran a escalar o a perderse en días desaconsejados, por las temperaturas y las borrascas anunciadas, o los piragüistas que se lanzan por los Grandes Rápidos. A continuación exigen que se pongan en marcha helicópteros, bomberos, perros amaestrados y lugareños para ir en su busca y salvarlos. También sabemos, a veces, de empresarios que se fueron a hacer negocios a Chechenia, Irak, Afganistán o el Tajaritistán, a sabiendas de que en esos países sus vidas valían medio penique, o a lo sumo la cantidad que otros quisieran pagar por ellas. Esos empresarios y sus familias han pretendido luego, siempre, que el Estado abone el rescate y sean otros quienes los saquen del atolladero. La falta de responsabilidad de los actuales tarambanas sin fronteras es de tal calibre que los últimos a quienes se les ocurre culpar de sus desesperadas situaciones es a ellos mismos. Al contrario. Resultan ser los demás quienes nunca han hecho lo bastante por remediar sus imprudencias, aunque a veces se jueguen la vida por su causa. E così va il mondo, como dicen los italianos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2005