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Reportaje:

La Galicia oculta

El proyecto de recuperación de los restos de Elviña, en A Coruña, vuelve a poner de

actualidad el mundo de los castros. Una enigmática y fructífera geografía de círculos

concéntricos con más de 4.000 puntos en tierras gallegas.

Megalitos, petroglifos y castros son los yacimientos arqueológicos más abundantes de Galicia. Muchos de estos vestigios están sin catalogar. A bastantes los ha salvado el olvido y la complicidad de la naturaleza en una estrategia de camuflaje. No pocos han sufrido el expolio y los destructivos efectos combinados de la ignorancia y la violencia catastral. Abundan las leyes de protección, pero han sido y son muy escasas las actuaciones concretas de los poderes públicos para rescatar y preservar esta riqueza subyugante. La de la otra realidad. Una Galicia soterrada, de círculos concéntricos y mapas superpuestos. Cada poco tiempo emerge de lo secreto uno de esos lugares del pasado. Este verano, un equipo arqueológico ha descubierto un asombroso santuario pagano en las Rías Bajas. Y en A Coruña se ha diseñado el proyecto Artabria para la recuperación del mayor poblado primitivo situado en un medio urbano, el castro de Elviña.

La excavación arqueológica es hoy un trabajo muy minucioso y exigente. Uno ve operar a los especialistas en las capas de tierra y piensa que actúan como neurocirujanos. Es un tipo de trabajo que requiere darle la vuelta al tiempo. El tiempo adquiere la naturaleza de la tierra. Y la perseverancia que tuvo el tiempo es transferida ahora a las personas que excavan. Cavan en el tiempo. Destapan el tiempo. En Monte do Facho, en Donón (Hío), se han ido este verano a una distancia de más de 2.000 años. Se sabía que había un castro. Fortificado, con restos de dos murallas. Ahora sabemos también que fue un santuario y un lugar de peregrinación. El castro asciende por la ladera hacia la cumbre, donde se conserva una torreta que sirvió de vigía y faro (siglo XVIII), cuando la luz la daba una hoguera (facho). Estamos en el más alto acantilado de las Rías Bajas, al borde del Atlántico. Desde aquí se percibe la redondez de la Tierra. Allá al fondo, las Cíes. Es un paisaje al que no le venía mal un dios, aunque fuese modesto. Y lo crearon. La divinidad se llamaba Berobreo. Pero hay algo más que convierte en un escenario muy especial este yacimiento arqueológico. El hallazgo de 130 aras (altares). Por el número de piezas, se trata del mayor santuario pagano peninsular, y cabe imaginar Monte do Facho, de Donón (Hío), como un destino de peregrinación en las tierras del oeste. Lo explica José Suárez Otero, que dirigió las excavaciones: "Era un dios sanador".

Las ofrendas escultóricas, en piedra de granito, tienen un tamaño que oscila entre 30 centímetros y 1,80 metros. La vida en el castro, con distintos avatares y cambios topográficos, se prolonga desde el siglo VIII antes de Cristo hasta mediado el siglo I, cuando es abandonado, aunque el culto a Berobreo tardará más en extinguirse. El origen del santuario es prerromano, pero la intensidad del culto y la tipología de las aras se corresponde con la romanización, aunque con características peculiares. Constan de cabeza, con un pequeño orificio para llama o libación; un cuerpo central, que suele llevar inscripción, y el pie para asentar. La leyenda típica es: "Pro salutem". Hay, por ejemplo, la madre que pide por la salud de su hija. Esa arqueología del dolor y la esperanza que atraviesa la historia de la humanidad.

El abandono en su día de Monte do Facho parece que no fue violento. Las huellas de la violencia, dicen los arqueólogos, son imposibles de borrar. Permanecen en la angustia del aire que libera el desentierro. Pero aquí no había esa sensación, todo aparecía en orden. Al segundo día de las excavaciones, la parsimonia arqueológica se transformó en un movimiento de júbilo. ¡Apareció una multitud de 30 aras! Una humanidad de piedra bien dispuesta.

José Suárez, conocido por Mariño, es también arqueólogo de la catedral de Santiago, y nació en la comarca donde se encuentra el castro de Monte do Facho. Cuando habla de los descubrimientos parece que está excavando dentro de sí. Su padre era constructor, y de vez en cuando encontraba cosas que entregaba al Museo de Pontevedra. Y Mariño, desde chaval, supo que quería rastrear en los círculos concéntricos. Utilizo aposta esta imagen. Es el motivo más recurrente en los petroglifos gallegos. Junto con la figura del laberinto, es el graffiti milenario más característico de los grabados en los grandes peñascos, en el manuscrito del granito de dos micas. Los círculos concéntricos viajan hacia fuera y hacia dentro. Al igual que otros símbolos, como la vieira (la concha de Venus, la concha que los peregrinos a Santiago recogían en la Costa da Morte) o las figuras de pan teñido de colores vivos de San Andrés de Teixido, proponen un relato histórico de metamorfosis, sincretismo y encuentros.

Berobreo el sanador, y en hipótesis de José Suárez, podría haber "reaparecido" más tarde en el culto que se rindió en la zona a san Andrés de Hío (un topónimo emparentado con ídolo). Era también un sanador muy venerado. A él acudían en peregrinación enfermos postrados en ataúdes. Un sacerdote dogmático, que se tomó al pie de la letra las instrucciones superiores, decidió poner punto final a esta medicina alternativa. Lo que confirma una vez más que en la jerarquía de la Iglesia gallega siempre abundaron los incrédulos. Incluso quisieron llevarse al santo de Hío, pero, como cuenta una canción popular, la imagen se quedó parada en medio de un puente y no hubo forma de hacerla avanzar.

No muy lejos de aquí, en Tomiño, en el sur gallego, donde se multiplica la caligrafía de los petroglifos, hay una impresionante muestra del arte rupestre de los grabados en granito. La Pedra dos Mouros. La combinación de círculos concéntricos más grande del continente. Hay cientos de petroglifos de gran tamaño. Las comarcas de Val Miñor y Campo Lameiro contienen la mayor densidad de estas instalaciones artísticas del neolítico, con una antigüedad de 4.000 años. Hay motivos naturalistas, como los ciervos, los caballos o las serpientes; pero lo que más abunda son los grabados abstractos, por lo menos a nuestros ojos. A veces se mezclan las figuras zoomórficas, antropomórficas y el simbolismo abstracto, como ocurre con Barceló o con Leiro, pero todo hecho a coup-de-poing, piedra que muerde o quema piedra para escribir en surco. Incluso las estampas de apariencia más real, las escenas de ciervos, tienen una fuerte carga simbólica. Otros signos, como las cazoletas y cruces, son interpretados en clave sexual. En la tradición popular, las cazoletas son llamadas "pegadas da Virxe" ("huellas de la Virgen"). Los círculos, los laberintos, ¿qué significan? Hay múltiples especulaciones. Las más prácticas hablan de marcas topográficas o de calendarios. Para Felipe Senén, autor de Os primeiros galegos (Los primeros gallegos), esa simbología revela algo muy sencillo, pero a veces difícil de entender por el egocentrismo contemporáneo: "En aquellas mentes había una elevación, una voluntad estética y de trascendencia. Eso es lo que expresan los grabados. El laberinto, que es una derivación compleja de la cruz de la vida, del río con sus afluentes y bifurcaciones, expresa el desasosiego. Seguramente, aquellos grabadores se hacían preguntas muy parecidas a las nuestras sobre el sentido de la existencia". En la soledad del monte, en Campo Lameiro, en la Pedra da Boullosa (ciervos, círculos, gran serpiente), mientras el viento provoca el roce de las copas de los eucaliptos, que crujen como contraventanas y maúllan como gatos, alguien recuerda un pensamiento de John Berger sobre la intención oculta de las obras de arte: "Se crean para que existan, no para que sean vistas".

El megalitismo (con sus dólmenes y túmulos) del neolítico (neo lithos, piedra nueva), los petroglifos del calcolítico (cobre y piedra) y la civilización de los castros, en la edad de hierro, pueden ser vistos como círculos concéntricos. Los castros contienen los otros círculos y fueron como nidos para otros tiempos. Por eso Felipe Senén considera que es preferible hablar de "protohistoria" en vez de la tópica "prehistoria". La protohistoria alude a la mediación, a la mutación, a la recreación. El de los castros es en gran parte un mundo oculto. Son escasos los textos históricos (entendiendo por tal los relatos escritos), y las noticias que nos llegan están escritas, claro, desde la perspectiva del Imperio Romano. En esas primeras crónicas, como la Geográphica, de Estrabón, los antiguos pobladores de Galicia son denominados callaicoi. Los que viven en los peñascos o entre piedras. Ahí sí que aciertan.

Los castros parecen una proyección arquitectónica y urbanística de los círculos concéntricos. Algunos investigadores hablan de restos de 5.000 yacimientos, pero la cifra más realista sería de unos 4.000 castros. Llama la atención que no exista todavía un inventario solvente y que la mayoría esté sin catalogar. Es como un mapa durmiente en el que todavía habita una especie curiosa de seres vivos: los enigmas. El castro (como topónimo es muy abundante, y ha dado apellido a personajes célebres, desde Rosalía de Castro y Fidel Castro hasta Estrellita Castro) era un tipo de poblado en forma oval o circular, de viviendas de piedra, la mayoría también circulares, y protegido por círculos amurallados y a veces fosos. Los círculos concéntricos proyectados como urbanismo.

Siempre al lado de cursos de agua, pero ciñéndose como nidos a lo alto de los montes y acantilados mejor orientados. Los restos, su distribución y disposición, dan idea de una sociedad floreciente. "No hay que fantasear ni idealizar, pero sí que se apunta un sistema evolucionado de convivencia", explica Senén. "En los castros viven poblaciones que mezclan grupos familiares hasta constituir una gens, agrupación de etnias, dotada de principios políticos y religiosos". Muestran una civilización atlántica, con actividad agrícola, gana-dera, mariscadora y con explotaciones mineras. Por decirlo así, hay mucha herramienta en los castros, más que armas, aunque algunos de los primeros textos se refieren también a gente "muy belicosa".

La vieja polémica sobre el celtismo de los castros gallegos, la mayor o menor influencia céltica, ha ido derivando en los estudios hacia enfoques de mayor interés. El mundo de los encuentros. La importancia de las rutas marítimas. Y la comunicación, antes del dominio romano, entre los pueblos del Mediterráneo y norteafricanos, la Galicia atlántica de los castros y las costas británicas. El mejor camino de Galicia siempre ha sido el mar. Como registraron los propios romanos, el límite simbólico por tierra era el río Lethes (Limia), el temible "río del olvido". Un lugar fascinante para imaginar esas rutas de odiseas en el Atlántico es el puerto de Bares, con sus piedras ciclópeas. Uno de los petroglifos más singulares es el de Oia, que muestra una embarcación. Grabada en piedra hace 5.000 años, esa nave era similar a las que surcaban el Mediterráneo.

"En Galicia abundaba el petróleo de la antigüedad". Es decir, oro, estaño, hierro. Las guerras cántabras, las guerras de conquista por las que pasaron César y Augusto, fueron muy cruentas y de larga duración. Además, gallegos y lusitanos se apuntaron al bando perdedor, con los cartagineses. Según Silio Itálico, la coraza de Aníbal era obra de orfebres gallegos. Por cierto, a este trabajo, al de los orfebres y orives, figuras relevantes en la sociedad de los castros, se refiere el poeta Marcial en algunos de sus célebres epigramas, como el que dirige al rico Carino: "Y no te faltan auténticos vasos de Gracia / ni platos que se recubren con oro de Galicia…". Y que termina, sería pecado no dejarle acabar, con una de las más logradas ironías de la historia: "Me pregunto, no obstante, por qué entre toda esta plata / no tienes, Carino, ninguna de ley".

La codicia imperial por el oro llegó a cambiar el curso del río Sil. La humanidad no había conocido jamás una explotación de estas dimensiones, con decenas de miles de esclavos. Y de nuevo aparece la imagen de los círculos concéntricos, esta vez en forma de repliegue. El oro era importante como adorno y signo de poder en la sociedad de los castros. Lo que ocurrió fue como un trasvase del oro al último círculo, a la otra realidad, al mundo oculto de los tesoros. El mundo de los castros pasó a ser intemporal, al margen o más allá de la historia. En Álvaro Cunqueiro se hizo gran literatura moderna: Tesouros vellos e novos (Tesoros viejos y nuevos). Todavía hoy, para el paisano gallego, los antiguos pobladores de los castros eran, son, seres de leyenda. Los mouros o mouras. La denominación no hay que entenderla en sentido literal. Es la forma de nombrar a Eles (ellos), los que custodian la otra realidad. No los antepasados, sino los santos pasados, como dice un inteligente lapsus popular. Xosé Filgueira Valverde, que fue director del Museo de Pontevedra, lo explicó de forma fascinante en Ouro nos castros (Oro en los castros), en una ponencia presentada en Oporto, en 1973, a la Sociedad Portuguesa de Antropología y Etnografía. La estructura de su exposición era, cómo no, en forma de círculos concéntricos: "La parroquia gallega se compone de cuatro mundos distintos y compenetrados: el de los vivos presentes, el de los ausentes (la parroquia de la emigración), el de los difuntos (la Santa Compaña), el de los moros y moras que viven bajo tierra y pueden salir a poner al sol (hoy diríamos deshumidificar) sus tesoros, a comprar en las ferias, a poner a prueba o adoctrinar a los vivos. Es la otra realidad".

El de la 'otra realidad' es un círculo que parece destinado en exclusiva al cuento y a la imaginación. Pero el oro, los tesoros, han existido. Y existen. Entre otros, se pueden ver el tesoro de Elviña (en el Museo Arqueológico de A Coruña) y el deslumbrante tesoro de Bedoia (en el Museo de Pontevedra). La otra realidad se manifiesta con humor: un hombre que trabajando el campo encuentra un gran torques de oro y se lo pone de collar al perro, como ocurrió en verdad en Xanceda; otra persona, ésta de Burela, que arando la tierra se topa con otro torques, piensa que es el asa de un ataúd y lo arroja lo más lejos posible, para caer en manos de otro que… Son sucesos reales, de nuestro tiempo.

Una fiebre del oro afectó a los castros, y sólo un milagro, y la falta de maquinaria pesada, explica que no fueran borrados del mapa. Ocurrió en el siglo XVII. Un personaje de dudosa catadura, el licenciado Pedro Vázquez de Orxas, consiguió un real privilegio, con complicidad de la Audiencia de Galicia, para excavar castros y enterramientos megalíticos a la búsqueda de tesoros. Los tesoros de los "galigrecos", decía él. Se hicieron 3.000 excavaciones. Por aparecer, hasta apareció un pato de oro. Aunque parece que los tesoros tienen, según Filgueira y la tradición, una voluntad "compensatoria": el espabilado de Orxas se llevó también alguna paliza por parte de los lugareños. El expolio dio lugar a muchos pleitos con los vecinos de los lugares próximos a los castros. Y fue la probable fuente de un best seller, con localización de presuntos tesoros en Galicia, que acabó enloqueciendo a mucho emprendedor: el Ciprianillo.

Algo quedó. A mediados del siglo XX se realizaron excavaciones en un castro que fue importante en el pasado -posiblemente el primer poblado que daría lugar a la ciudad de A Coruña- y puede volver a tenerla en el futuro, con el proyecto Artabria. En esas excavaciones de mediados del siglo XX se encontró el tesoro de Elviña, que incluye una diadema de oro que es lo más parecido a la ensoñación de un orfebre y un ídolo fálico con su propio templo.

El maestro pionero de la arqueología gallega, Florentino López Cuevillas, escribió As raíces de fondas de Galicia (Las hondas raíces de Galicia): "Es este fuerte enraizar lo que hace que la personalidad gallega pueda soportar sin sucumbir los peores peligros, que non son externos, sino internos, los que nacen de las propias extorsiones. Y ésta es también la causa de que Galicia sea una perpetua esperanza de renacimiento". Lo que dice Cuevillas, aplicado a los avatares del castro de Elviña, es como un preciso dardo. Después de las excavaciones, encontrado el tesoro, las autoridades franquistas permitieron la colocación de una torre de alta tensión justo en la corona, en el altar natural del castro. Conozco bien aquel lugar. Viví en el barrio del Castro entre los 5 y los 15 años. Buscábamos tesoros. Una vez encontramos un casco de Coca-Cola. Y otra, un botón de una casaca francesa de la batalla de Elviña (ingleses contra franceses, enero de 1809). Era un lugar de juegos. Y de escondite, cubierto de maleza. También, una metáfora: "No tocar. Peligro de muerte".

Con la perseverancia de la que hablaba Cuevillas, ahora el castro de Elviña vuelve a la luz, y, de alguna forma, puede hacer repensar una ciudad que ha perdido su escala humana por la presión inmobiliaria. "Es una oportunidad única, no creo que exista un caso similar: un poblado de la antigüedad de esta importancia prácticamente en el centro urbano", dice Manuel Gallego, autor del proyecto Artabria, elegido en un concurso internacional de ideas y que propone la recuperación del castro como centro de un gran parque. "El castro no es un lugar bucólico: está rodeado de tiburones", dice con ironía Gallego, premio Nacional de Arquitectura por el Museo de Belas Artes de A Coruña. "Lo más fascinante es su topografía. Uno siente la unidad entre lo construido, lo intervenido y el lugar. Las casas, las terrazas, los caminos, las murallas, los espacios de cultivo y de bosque forman parte del lenguaje de la montaña, al tiempo que la transforman. Y esa escala la tenemos que mantener. Tenemos que conseguir que los límites sean puertas de sensaciones. Que la gente venga al castro para escuchar la lluvia, los vientos, el silencio de la piedra. Lo contrario, violentar su escala por razones de espectáculo, sería convertirlo en una caricatura". Por eso, en el proyecto de Gallego se propone que el centro de actividades esté encajado en tierra como en una cantera, y que la luz penetre -y en la noche salga- por tres prismas de vidrio en línea con la Torre de Hércules.

Santa Tegra, Borneiro, Viladonga, Baroña, San Cibrao de Lás, el castro de Vigo, Castromao, Santa María de Castro… Son lugares relativamente cuidados, o en proceso de recuperación, de esta geografía de los círculos concéntricos. Monte do Facho y el castro de Elviña pueden ahora convertirse en dos lugares míticos para la arqueología y para la imaginación de los sentidos. Para una incursión por la otra realidad es muy recomendable, aparte de los citados, la lectura de dos libros de factura impecable: Xacementos arqueolóxicos de Galicia, de Pilar Barciela y Eusebio Rey, y Guía da Galiza máxica, de Víctor Vaqueiro. En este último se explica que para que el Ciprianillo sea de provecho hay que saber leer y también des-leer. "Si el oficiante sólo sabe leer, comenzará a ascender hasta que, llegado un momento determinado, caerá, muriendo estrellado contra el suelo". Y eso es todo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de octubre de 2004