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Editorial:

Más espías

"No se pueden pedir peras al olmo". Esta frase resume la situación por la que pasan los servicios de espionaje españoles. Corresponde al ex director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el diplomático Jorge Dezcallar, en su comparecencia del pasado julio ante la comisión del 11-M. Faltan medios humanos antes que materiales. Y, por supuesto, sobra burocracia y se necesita más coordinación con los demás servicios de seguridad del Estado y también con el espionaje europeo y de la OTAN.

En el cruce de acusaciones partidistas después del atentado del 11 de marzo, resulta, al menos, positivo que el Gobierno se comprometa a remediar con hechos de forma inmediata -en principio, el año próximo- la carencia de efectivos del CNI. La actual plantilla se cifra en unos 2.000 funcionarios, incluido el personal administrativo, con casi un único enemigo común: ETA. Las amenazas hoy son bien distintas, como desgraciadamente se ha visto. Apenas hay traductores y escasos son los expertos en terrorismo islamista, convertido desde los atentados del 11-S y del 11-M en la prioridad del espionaje mundial. Parece razonable, aunque a lo mejor ni siquiera suficiente, que se haya decidido contratar a 250 nuevos agentes para reforzar la lucha antiterrorista. El CNI tiene ocho veces menos personal que los MI-5 y MI-6 británicos y seis veces menos que la Securité Extérieure francesa o el SISDE italiano, e infinitamente menos presupuesto. El del organismo español ascenderá, no obstante, en 2005 a casi 190 millones de euros, un 17,2 % más que este año.

Sin duda, el espionaje mundial, y también el español, no pasa por horas felices. Tanto en EE UU como en el Reino Unido, a raíz del 11-S y de la crisis de Irak, ha recibido duras reprobaciones de comisiones no gubernamentales y de expertos. También aquí, en España, donde uno de los pocos elementos claros que se extrae de la investigación parlamentaria sobre la barbarie de Atocha es la imprevisión y la descoordinación entre el CNI, Policía Nacional y Guardia Civil.

Todo lo que sea mayor cooperación entre servicios redundará en beneficio de la prevención del terrorismo. En cualquier caso, de poco servirá si no existe voluntad de un Gobierno para asimilar y aplicar la información de sus servicios secretos. E igual de importante será que esa cooperación se extienda entre los socios de la Unión Europea, todavía muy reacios a compartir información, pese a que el enemigo hoy en día es común.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de octubre de 2004