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LA FUERZA INDÓMITA DE UN ACTOR

Muere Marlon Brando, la cumbre del cine

El genio que dio vida a Stanley Kowalski y Vito Corleone fallece en Los Ángeles a los 80 años

Washington
Marlon Brando (Omaha, Nebraska, Estados Unidos, 1924), mito del siglo XX y uno de los actores más geniales de la historia, murió el jueves en Los Ángeles a los 80 años. Intérprete dotado de un gran talento que demostró en todos los registros y estilos cinematográficos, Brando empezó a construir su trono siendo todavía muy joven con el papel de Stanley Kowalski en la obra de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo (1947), que sería llevada al cine en 1951, y en películas como La ley del silencio (1954), con la que ganó su primer Oscar. El segundo lo obtuvo con su inolvidable Vito Corleone de El Padrino (1972), que hizo el mismo año en el que protagonizó El último tango en París.

Marlon Brando, el actor que revolucionó el arte dramático en la pantalla de cine, murió el jueves, en un hospital de Los Ángeles, según informaron sus abogados en varias declaraciones a diversas cadenas de televisión. Brando, con 80 años cumplidos, sufría problemas cardiacos y respiratorios derivados de una obesidad incontenible. Sus amigos le rogaban que se cuidase pero el actor rechazaba ese consejo y apenas permitía las visitas médicas.

Con su carácter excéntrico, apartado del mundo en su casa de California o en su atolón de Tahití, Brando lamentaba su fama y despreciaba su profesión. El hombre que posiblemente más ha influido en el trabajo de varias generaciones de actores confesaba abiertamente que de su profesión sólo le gustaba el dinero. Tal era el volumen de sus deudas que Brando había escondido sus dos oscars (logrados por La ley del silencio y El padrino) para que no fueran embargados.

Paramount le pidió a Coppola cualquier opción menos Brando. Coppola apostó por él. Y ganó

Tal era el volumen de sus deudas que había escondido sus dos 'oscars' para que no fueran embargados

Esa anécdota -esconder las estatuillas de la Academia del Cine de Hollywood para evitar que fueran subastadas- refleja muy bien la contradicción vital de Marlon Brando: protegía un trofeo que en 1973 se había negado a aceptar como protesta por el tratamiento a los indios nativos americanos. Nunca renunció a esa reivindicación pero lo cierto es que el Oscar acabó en sus manos y aparentemente lo protegía como un tesoro. Lo había ganado por el El padrino y era el segundo Oscar de su carrera, después de lograr otro por su papel de boxeador en La ley del silencio (1954).

Felicidad infantil

Marlon Brando, nacido el 3 de abril de 1924 en Omaha (Nebraska), murió el jueves en un hospital de Los Ángeles, en el centro médico de la UCLA, según algunas televisiones locales. El actor había ingresado en la noche del miércoles con problemas respiratorios. Su abogado, David J. Seeley, declinó informar sobre las razones médicas de la muerte porque "era un hombre muy celoso de su privacidad".

Tan reservado era Brando que desapareció en los años setenta después de gastar buena parte de su fortuna en la compra del atolón Tetiaroa, en las Islas Tahití. Allí, Brando inició una vida en la que trataba de recrear, según contó después, una especie de felicidad infantil. Se había enamorado de esos mares durante el rodaje del desastroso remake de Rebelión a bordo. Y de allí sólo salió para trabajar como mercenario del cine, dispuesto a romper su paz espiritual para resolver, a golpe de talonario, su crisis financiera.

En las últimas décadas, la vida de Brando era un desastre. Había gastado una fortuna en defender a su hijo Christian en el juicio por el asesinato del novio de su hermanastra, Cheyenne. Era el año 1990. Christian fue condenado a 10 años de cárcel; cinco años después, Cheyenne se suicidó.

La prensa había comenzado a indagar en la vida del actor, protegida hasta entonces por una especie de leyenda no escrita. La revista People publicó que Brando tenía 11 hijos de sus tres mujeres (las actrices Anna Kashfi y Movita Castaneda, y la tahitiana Tarita Tariipia) y de múltiples relaciones extramatrimoniales. La madre de tres de ellos era una empleada de hogar, una mujer guatemalteca llamada Cristina Ruiz que en los últimos meses reclamaba al actor la pensión mensual que había dejado de pagarle.

En una entrevista, Christian Brando reconoció que su familia "cambiaba cada día. A veces me siento en la mesa durante el desayuno y tengo que preguntar a alguien: ¿Y tú quién eres?". Christian, igual que Cheyenne antes de morir, le despreciaban como padre. "Intenté ser un buen padre, lo hice lo mejor que pude", lloraba Brando cuando testificó en el juicio contra su hijo.

El actor parecía haber superado aquella crisis existencial por la vía del absurdo y el ridículo. En sus dos únicas entrevistas en profundidad en los últimos años, ambas en la CNN y con Larry King, Brando se mofaba de su carrera, se descalzaba para enseñar los pies ante las cámaras y besaba en la boca al presentador. Larry King contó ayer que Brando le había llamado hace un mes para proponerle una entrevista en lo alto de una montaña en su isla de Tahití en la que ambos estarían obligatoriamente en bañador. "Puede ser discutible, pero yo creo que es el mejor actor que ha dado este país", dijo el periodista al conocer la noticia de la muerte de Brando.

Para muchos lo era. Incapaz de aprenderse los textos del guión, Brando colocaba tarjetones sujetos con cinta adhesiva con las frases que tenía que pronunciar. Para muchos directores, su vagancia era intolerable y desesperante; para otros, su desprecio hacia su profesión le permitía actuar con una naturalidad fuera de lo común.

Los críticos habían descubierto a Brando en Broadway, especialmente por su papel como veterano de la Segunda Guerra Mundial en la obra Trackline Café, en 1946. Un año después, el escritor y dramaturgo Tennessee Williams seleccionó personalmente a Brando para interpretar a Stanley Kowalski en el estreno teatral de Un tranvía llamado deseo. Brando retomó ese mismo papel cuatro años después cuando Elia Kazan llevó la obra al cine.

El actor acababa de llegar a Hollywood y ya era uno de los más reclamados y aclamados de su generación. Viva Zapata, El salvaje, y, por encima de todo, La ley del silencio, considerado por muchos su mejor trabajo, lanzaron a Marlon Brando al lugar que ocupa desde entonces. Había conseguido demostrar la validez y el realismo del método Stanislavski que habían importado a Nueva York Lee Strasberg y la profesora de Brando, Stella Adler, en el célebre Actor's Studio.

'El padrino'

A partir de ahí, y salvo excepciones memorables como El padrino o Apocalypse now, Brando se comprometió con proyectos irrelevantes en los que arrastraba su mito a cambio de dinero. Tal era la antipatía que se había ganado el actor que Paramount Pictures le pidió a Francis Ford Coppola cualquier otra opción menos Brando para el papel de Vito Corleone. Le pusieron en bandeja a Burt Lancaster, a Orson Welles, George C. Scott o Edward G. Robinson. Coppola apostó por Brando. Y ganó.

Después de El último tango en París ("todavía hoy no sé de qué va esa película", dijo Brando años después sobre el filme de Bertolucci), y definitivamente recluido, Brando cobró 14 millones de dólares por unos minutos de trabajo en Superman. Lo hacía sólo para pagar deudas.

El resto de sus papeles en otras producciones de los últimos años son igualmente olvidables. En una de sus últimas actuaciones, en el triste remake de La isla del doctor Moureau, Brando rompió 14 pares de pantalones elásticos al sentarse con sus 150 kilos de peso. "La profesión de actor es la que me da más dinero hasta que decida qué quiero hacer con mi vida", solía decir el actor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de julio de 2004