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Savater defiende las locuras del caballero andante en su batalla contra la muerte

Carmen Riera cierra hoy el congreso sobre el 'Quijote' recordando las celebraciones de 1905

"Si no somos insignificantes, si lo que nos caracteriza es la libertad y lo que nos condena es la necesidad, la verdadera locura consiste en dejar de cabalgar y echarse a morir". Fernando Savater resumía ayer así lo que cree que es "el sentido nuclear" del Quijote y que Sancho sólo descubre cuando el caballero va a morir y comprende que su gran batalla ha sido "contra la necesidad mortal que agobia al hombre", el resistirse "a la parálisis de lo rutinario, lo realista, lo poco a poco aniquilador". Hoy, Carmen Riera cierra el congreso con una ponencia sobre El Quijote desde el nacionalismo catalán, el de 1905.

"La melancolía es lo que nos mata desde dentro, cuando enloquecemos de cordura"

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Llegó Fernando Savater y se trajo su infatigable sentido del humor para hablar de las aventuras del ingenioso "e ingenuo" hidalgo y de su inseparable escudero. "Decía Ortega que hay que elegir entre ser filósofo o ser sonámbulo. Y como ya hay muchos sonámbulos con el tiempo suficiente para especializarse en los vericuetos y profundidades de la obra, yo me voy a acercar al Quijote como un simple filósofo". Comentó que leería su intervención, y que respecto a la misma podía decir lo que Enrique VIII les comentaba a sus seis mujeres: "Esto no durará mucho".

Cuestión de elegancia, en estas citas en que las palabras pueden a veces prolongarse demasiado. Lo de Savater fue rotundo. Llenó la sala, y fue directo al grano a través de lo que Sancho le decía al caballero cuando éste agonizaba: "No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer en esta vida un hombre es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben sino las de la melancolía".

"Para negarnos a la muerte, hay que elegir una empresa, una cruzada, un propósito que se quiera invulnerable y que nos haga deambular sobre la faz de la tierra como si fuésemos inaccesibles a la muerte", dijo Savater. "El proyecto moral humano no estriba en convertirnos en inmortales sino en vivir como si mereciésemos la inmortalidad", añadió después. Citó a Chesterton -"combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión"- y se dispuso a librar combate con el gran enemigo de los mortales, ese monstruo letal que anida en lo más profundo de cada uno: la melancolía. "Es lo que nos mata desde dentro, sin colaboración ninguna de mano ajena, cuando enloquecemos de cordura".

Así que todas las locuras de Don Quijote quizá no fueran finalmente tales frente a la gran locura de abandonarse a lo rutinario, de aceptar esa vieja consigna tantas veces repetida: "No hay más remedio". El gran objetivo de Cervantes con su historia, dijo Savater, "es denunciar y combatir la melancolía". Y explicó después: "El melancólico no es que tenga los pies sobre la tierra, como quisiera, sino que los tiene ya hundidos en la tierra, clavados en ella y apresados hasta la inmovilidad: la melancolía nos obliga a vivir con un pie en la tumba".

Así que no tiene mucho sentido leer el Quijote como lo han hecho tantos, como un libro melancólico. "No es la crónica de un fracaso, sino de un éxito palpable y tenaz: Alonso Quijano se convierte en Don Quijote para escapar a la melancolía mortal". Y lo consigue. "Vive y hace vivir con intensidad a su alrededor, aunque fracasen sus empeños... porque lo que cuenta es el ánimo que le mueve y no los resultados, que siempre están antes o después contra nosotros".

Savater arremetió contra la pereza paralizadora, ésa que nunca contagió a aquel hidalgo que un buen día supo que contra la muerte no había otra batalla que librar que la de subir sobre Rocinante y salir a cabalgar y recorrer mundo. "Cervantes no escribe su novela para burlarse de Don Quijote sino para burlarse de los que se burlan de él".

Hay una playa. Un niño levanta una muralla de arena para detener el mar. Y fracasa, una y otra vez. "Ante su empeño glorioso, ante su no menos glorioso fracaso, sonreímos. Ese niño es todavía Don Quijote y nosotros somos ya Sancho Panza al final de la novela: comprendemos su desconcierto y su pasajero desánimo pero queremos con todas nuestras fuerzas que prosiga. Por eso sonreímos, para animarlo y animarnos".

Con esa defensa de la sonrisa -frente a la aparatosa carcajada- como la mejor forma de acercarse a la condición quijotesca, Savater terminó la lectura de su texto. Llovieron los aplausos, pero quedaron flotando las palabras, ésas que se dicen sobre un clásico como el Quijote y que, algunas veces, como en su caso, abren nuevas perspectivas y revelan los trazos deshilvanados de nuestra condición.

Hoy tendrá lugar la última serie de intervenciones, y en ella participará el filósofo José Luis Pardo. Hablará de Milagro e industria. Técnica, ficción y virtud en el mundo moderno. "Voy a ocuparme del episodio de las bodas de Camacho. Es la historia del rico que va a casarse con un mujer que amaba a un pobre campesino, Basilio. Éste sorprende a la comitiva, y se clava un estoque. Herido, pide casarse con su amada antes de morir. Quiteria consiente y, cuando la boda se ha realizado, Basilio emerge lleno de vida". ¿Milagro? No hay milagro, hay industria, dice Basilio. Pardo contó ayer que hablará de Marx y de Spinoza y que, sirviéndose del ingenioso recurso del joven campesino, dará cuenta de ese gran desafío que tan bien cumplió Cervantes. "El arte del buen narrador no sólo consiste en construir una historia verosímil, sino que debe conseguir que sea también maravillosa".

Fernando Savater y Carmen Riera.
Fernando Savater y Carmen Riera.JOAN SÁNCHEZ

La literatura contra la política

Carmen Riera cerrará hoy el Congreso Internacional El Quijote y el pensamiento

moderno, que empezó el pasado martes, con una intervención en la que recuperará las disputas que desencadenó en Cataluña la celebración del tercer centenario de la novela de Miguel de Cervantes. "Lo que he investigado de aquellos días de 1905 me ha mostrado que en Cataluña surgió entonces un poderosísimo debate y que los nacionalistas consideraban que no había nada que celebrar", comentaba ayer. "Lo curioso es que desde la edición de las dos partes del Quijote en 1617, la obra había sido leída con mucha atención y gusto en Cataluña, pero fue a finales del siglo XIX cuando surgió el enfrentamiento. La guerra de Cuba desencadenó una lectura del texto cervantino en la que muchos intelectuales subrayaron poderosamente sus elementos casticistas, con lo que se convirtió a don Quijote en una suerte de icono del nacionalismo español más conservador".

España se rompía en aquellos años con la pérdida de las colonias y en Cataluña muchos empresarios se quedaban sin un mercado al que tradicionalmente había exportado sus productos. "Así que entre 1880 y 1905, don Quijote fue sinónimo de idiota para los catalanes, que se reían de sus locuras y se mofaban de sus aventuras. Lo que resulta paradójico, pues se trasladaba a uno de los textos más literarios, al libro del que todos los novelistas aprenden, todo el peso de las aspiraciones políticas, y se desvirtuaba totalmente su lectura".

Las cosas, afortunadamente, han cambiado para Carmen Riera. "Hoy se ha vuelto al texto mondo, se le han quitado todas sus adherencias políticas, y resplandece de nuevo lo puramente literario".

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 18 de junio de 2004.

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