Crónica:Con otra mirada | Elecciones 2004Crónica
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Maremágnum de Vigo

Cómo discurre una noche en la lonja, antes de que, al amanecer, el mar avance en camiones hacia los mercados

A las tres y media de la madrugada grazna la primera gaviota sobre la ciudad, una ciudad muy moderna pero que aún tiene ecos añejos como esta Rúa de Cánovas del Castillo, donde está la Estación Marítima por donde salió hacia América tanta carne humana nuestra, tanta gente que perdimos y nos desangró, un edificio lleno de fantasmas de una época siniestra y triste. Más allá está O Berbés, el puerto pesquero, antiguo barrio marinero que hoy es una verdadera fábrica marítima. La lonja de Vigo es eso, una fecunda gran fábrica que mueve 700.000 toneladas de pescado al año. Una terrible cosecha arrancada al mar cada año por la gente más enigmática, los marineros.

Frente a la lonja hay cinco bares que mueven humo de tabaco, cafés y copas. Uno tiene nombre marítimo, Maruxía, el otro el del lugar donde han estado emigrados los propietarios, Canaria's, dos tienen nombre apocalíptico, Milenio y Nueva era, y el último en abrir también nos remite a un final, pero nos da una prórroga, Bar das almas perdidas. De los cinco, en tres tienen sintonizada la TVE, pura sociología, los que se formaron viendo Nodos y oyendo el parte ahora sintonizan el Telediario del señor Urdaci; hubo transición sin ruptura. Fuera, un marinero echa de comer a una paloma, en el interior aparece el candidato del partido del Gobierno en la pantalla, luego viene el socialista, luego el de Izquierda Unida. El hombre que está arrimado en el mostrador a mi lado con una segunda copa de aguardiente de hierbas, empujará una carretilla dentro de la lonja dentro de una hora, ahora está mirando ensimismado la pantalla. No imagino qué puede pensar viendo al candidato popular con traje de buen corte mientras habla en una reunión en un gran hotel en la isla de A Toxa, un luminoso mar paradisíaco para ricos a pocos kilómetros de este bar de almas de la noche. Mientras ve al candidato socialista firmemente sonriente en una planta industrial a la que parecen haberle pasado la fregona brillante hace tres minutos. Al candidato de Izquierda Unida dirigiéndose tras un atril a personas que lo escuchan desde butacas. Lo que pasa por la cabeza de ese hombre o de la chica tras el mostrador no hay encuesta electoral que lo averigüe. Tampoco lo que piensan este grupo de marineros que hablan una lengua que no comprendo, "deben ser rusos", aventura la camarera. Un puerto de mar sin marineros rusos no es puerto ni es nada y este puerto de Vigo es nada menos que el primero de Europa en pescado fresco.

Los que se formaron viendo 'Nodos' ahora sintonizan el Telediario del señor Urdaci

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A la entrada de la lonja un vigilante inspecciona los vehículos que salen. ¿Busca contrabando, pescado de tamaño ilegal? No, es para evitar que los transportistas, por ahorrar tiempo, se lleven el pescado en las cajas de plástico de la cofradía, miles de transportistas llevándose cajas cada día es pérdida enorme. Aquí todo es a miles. Miles de mujeres abrigadas con muchos jerseys para defenderse de la humedad del mar, de la humedad de la noche, con katiuskas, mandiles de plástico. Mujeres conmovedoramente mayores que, envueltas en ropas de plástico, esperan que llegue la carga de mar. Una con la vista ensimismada y las manos cruzadas, gastada por los trabajos; otra más joven con un cigarrillo en la mano, guardando el equilibrio entre su imagen y su disposición para trabajar.

El mar ha sido hasta hoy de los hombres, ellos embarcan y se van, vuelven y traen y cuentan. Pero en estas grandes naves del puerto las mujeres son dominantes, ellas dominan estos interiores, la vida íntima y privada de la pesca. Y como los oficios relacionados con la pesca siempre han estado estigmatizados, los marineros han sido los más pobres de cada comunidad, los que no tenían ni tierra para trabajar, se percibe en las mujeres esa conciencia de pertenecer a un mundo señalado y también se las ve luchar contra ello. Las mujeres que trabajan el mar gustan de arreglarse más que ninguna otra, se arreglan de un modo más desafiante. Y aquí están de todas las edades, las mayores y sus guapas hijas con sus pelos rubios teñidos. Es el comienzo de la noche, las cuatro, ordenan las cajas de pescado de todos los tamaños, cajas del olor fresco y primordial, preparativos para lo que va a suceder dentro de dos horas cuando acabe de llegar a la lonja todo el pescado.

Fuera en la noche y la dársena, los barcos de bajura traen jurel, sardina, pescadilla, pulpo... Y los barcos de altura gallegos y portugueses que han estado 20 o 25 días en el Atlántico alto descargan de uno en uno peces espada, cuelgan como ahorcados, vienen envueltos ya de la bodega en plásticos y son limpiados con manguera brillante. Baja uno de 250 kilos con la ayuda de la grúa y de tres hombres, que recogen el cuerpo vencido de aquel animal espléndido. De qué poco le vale aquí su arma, esa gran espada tan impresionante. Alguien tiene que recordar que esos animales que nos comemos fueron animales espléndidos y estuvieron vivos, debemos recordarlo con admiración para merecer los filetes que nos comemos.

Un perro negro y peludo ladra al pasar junto a un barco, un tripulante inesperado.

Un marinero en el barco siguiente va eviscerando los tiburones que descarga, las gaviotas aquí son osadas y se disputan unas tripas, la carroña que cae al agua. Ordenados en la lonja, cada uno a su lado, el pez espada es brillante como el plástico negro y el tiburón mate y blando como la goma gris azulada. Estirados en la gran nave en filas de palés de poliéster blanco los grandes animales caídos parecen esperar el momento de su autopsia. Hay peces espada a los que les faltan bocados, son los tiburones que los muerden cuando ya están muertos flotando enganchados al anzuelo. A algunos tiburones les faltan también bocados, son las grandes tortugas que los muerden cuando ya están muertos también flotando enganchados al anzuelo. Que todos los animalitos tienen que comer.

Ya son las cinco de la madrugada y en la lonja de bajura las voces son en gallego de la ría, en algunos barcos de altura son más en gallego de Portugal, en la lonja de altura hay voces en todos los idiomas, esas cajas de pescado dicen "Blue sea"..., ¿en qué idioma hablarán los peces?

Esos peces que dentro de una hora, cuando se subasten los lotes, saldrán en todas direcciones, repartiéndose pequeños trozos de mar a los mercados cercanos, por autovías a los mercados de Madrid, Barcelona y toda Europa. Mientras los camiones y furgonetas aguardan, una mujer laboriosa y ordenada hace el tiempo barriendo la dársena. En la puerta de un almacén ha pasado más de un año pero permanece una gran bandera de Nunca Máis. La acción se traslada de la lonja de bajura, casi familiar, "¡xurelo, chincho, congro....!", a la de altura, donde se han ido ordenando antes cientos y miles de cajas de pulpos, que componen rectángulos confusos como cuadros de expresionismo abstracto, quién sabe si Pollock no trabajó antes en una lonja, quizás en ésta de Vigo, cajas de merluza, de abadejos grandes como perros, de doradas, de pez sapo, de erizos, de centollas...., cajas de colores, gris, rosa, roja, plata...Y entonces, a las seis y media de esta noche industrial, la gran nave que ahora está llena de gente con oficios invisibles, pero cada uno en su puesto, empieza a construir un estupendo ruido y confusión, que tiene dentro un orden cierto, en que alguien con un silbato da paso a cada subastador sucesivo y empieza un tumulto febril de voces con megáfono, "¡vendo martillo, tengo martillo. Vendo martillo, tengo martillo!", "¡rapante, rapante, rapante!", "¡vendo congrio, vendo congrio, vendo congrio, vendo congrio!", "¡vendo calamar, vendo calamar!", "¿Cento cincuenta, cento corenta, cento trinta...!" Es el momento del frenesí, un frenesí ordenado en que la gente corre con elegancia entre las carrexadoras que empujan las carretillas, entre las máquinas que transportan palés sorteando todo lo sorteable. Todo sobre un suelo líquido y en un aire con olor al fondo del mar, pues el océano es un mundo y un tiempo distinto, los marineros son gente extraña a nosotros, se adentran y viven en una época remota en que los animales aún no tenían pelo y apenas había emergido la tierra, y lo que ellos traen alcanza primero a los hombres y mujeres que trajinan su mercancía, tan atávica, y llega a bocaditos a nosotros, a nuestros platos.

Cuando amanece ya está todo el pescado vendido y el mar avanza en camiones hacia los mercados.

Abandoné la lonja y, tras ver tanto pez, me prometí no probar pescado en un mes y no comer pez espada en un año, pero ¿a que no imaginan que había ese día en casa para comer?

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0014, 14 de febrero de 2004.

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