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62ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID

El filólogo Martín de Riquer recomienda "leer el 'Quijote' sin buscar símbolos"

El erudito publica 'Para leer a Cervantes', aproximación al autor desde la pureza lectora

Pronuncia Goethe con parsimonia y elegancia. "A Goethe no le gustaba la segunda parte del Quijote, porque le gustaba a todo el mundo", afirma el doctor en Filología Románica Martín de Riquer (Barcelona, 1914), premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 1997, que acaba de publicar Para leer a Cervantes (El Acantilado). Más de 60 años dedicados al estudio de Cervantes y el Quijote aparecen condensados en este libro, que reúne los textos, hoy clásicos, en los que se han forjado varias generaciones de lectores y de cervantistas, junto a otros trabajos que habían entrado en la categoría de inencontrables y dos ensayos inéditos, escritos en el transcurso del último año.

"La principal pretensión es que el libro ayude a leer a Cervantes. Es decir, procurar dar unas explicaciones suficientes para que el lector moderno e inteligente, pero no especializado en literatura clásica, pueda comprender la intención del Quijote".

El doctor Martín de Riquer, conde de Casa Dávalos, ríe con socarronería cuando repara en el gusto por el detalle inesperado que caracteriza a Cervantes: "Describe a un personaje montado en una burra y detalla que está preñada". Su opinión respecto al modo en que ha de leerse el Quijote es tajante: "No hay que buscarle los tres pies al gato. Basta con ir leyéndolo tal como aparece escrito, sin pensar en otras cosas, en símbolos... Sobre él puede decirse todo lo que se quiera. Pero lo que yo procuro en mi libro es no llegar a ninguna explicación de ese tipo. No soy partidario de decir que Don Quijote simboliza una cosa y Sancho la otra. Por ejemplo, el pasaje en que Don Quijote libera a los forzados no es, en la intención de Cervantes, un símbolo de la libertad, sino un enorme disparate de Don Quijote, que acaba con una soberana paliza. La quijotada, en este caso, sería creer que eso es dar libertad. Hay que plantearle al lector que en la lectura del Quijote no hay más cera que la que arde".

Es académico de la RAE, medievalista y experto en lírica trovadoresca. La lectura del Quijote en su infancia le llevó de cabeza a la lectura de Tirante el Blanco, la novela de caballería que el cura Pedro Pérez salva de la hoguera cuando, con el barbero, expurga y quema la biblioteca de Don Quijote. "Sencillamente, el Quijote es la parodia de un género literario. La primera intención de Cervantes al escribir este libro es luchar contra un tipo de literatura, la de caballerías. Y tuvo un éxito sensacional, porque, tras su burla, esos libros se dejaron de leer. Consiguió con toda eficacia hacerlos ridículos. Hasta aquel momento, muchos moralistas habían escrito contra los libros de caballería, calificándolos de livianos, profanos..., pero la gente no les hacía ningún caso. Sin embargo, cuando empezó a decirse que quien leía libros de caballería era un tonto, fueron dejados de lado de inmediato".

"La burla de Cervantes", prosigue De Riquer, "empieza desde el principio, con estas palabras: 'En un lugar de la Mancha...'. Todas las novelas de caballería tenían un inicio del tipo: 'En el imperio de Constantinopla...', 'En el reino de Gaula'... Y sin embargo, Cervantes ha elegido un sitio nada exótico, ¡un lugar de la Mancha!".

La biografía de Cervantes, así la documenta Martín de Riquer en su nuevo libro, es la de un hombre que anduvo de una a otra parte, encontrando la mala suerte en todas. De joven tuvo que salir precipitadamente de España, se hizo soldado en los Tercios y permaneció seis años cautivo, durante los cuales intentó en vano evadirse en cuatro o cinco ocasiones. Fue recaudador de contribuciones y le salieron mal las cuentas. Dio con sus huesos en la cárcel de Sevilla, porque tuvo la desgracia de poner el dinero recaudado en un banco y al día siguiente el banco quebró. Cuando escribió la primera parte del Quijote, buscó firmas de renombre para que le compusiesen unos sonetos preliminares, como entonces se estilaba, pero nadie quiso hacérselos porque era un escritor carente de prestigio. "Siempre le negaban todo lo que iba pidiendo", asegura.

Pero Martín de Riquer también ha descubierto a través de Cervantes quién se ha ocultado tras el nombre de Avellaneda y ha escrito el Quijote apócrifo. La cuestión aparece muy bien documentada en el libro que acaba de publicar. "El propio Cervantes lo deja intuir en su obra. Sin Avellaneda no tendríamos la segunda parte del Quijote, porque Cervantes tuvo que replicar. Sobre todo si Avellaneda es, como yo sostengo, el forzado Ginés de Passamonte, es decir, el personaje mediante el cual Cervantes está refiriéndose a Gerónimo de Passamonte, su antiguo compañero de los Tercios en Italia y en Grecia. Tras este asunto se encubre un odio terrible entre soldados".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de junio de 2003