Editorial:Editorial
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Apuesta por el ITER

El Gobierno ha decidido optar a que se instale en España el reactor experimental de fusión ITER, un gran proyecto tecnológico de alcance mundial con el que se pretende demostrar que es posible obtener comercialmente energía de la misma forma que las estrellas. En el proyecto participan la UE, Canadá, EE UU, Rusia y China. El Gobierno no se ha limitado a plantear la candidatura, sino que ha decidido jugar fuerte, hasta el punto de que ha hecho saber a EE UU su interés por conseguir el ITER en paralelo al apoyo que presta a este país en el actual conflicto bélico.

Esta apuesta por traer a España una de las mayores instalaciones científicas que se prevé construir en el mundo en este primer cuarto del siglo XXI es el paradigma de la visión que tiene Aznar de la ciencia y la tecnología, más propensa a los golpes de efecto que a planificar un incremento sostenido de la inversión que sitúe a medio plazo la ciencia española en los niveles que corresponden al potencial económico de España. Hasta ahora, estos golpes de efecto han ido a menos al acercarse a la realidad: la recuperación de cerebros se ha convertido en un programa, el Ramón y Cajal, castigado por los problemas presupuestarios; el gran plan de genómica se ha quedado prácticamente en nada; el sincrotrón de Cataluña está consiguiendo con cuentagotas el dinero para que comience su construcción. Todo ello sin olvidar la, de momento, frustrada decisión de enviar un astronauta a la estación espacial internacional previo pago de 14 millones de euros a Rusia. Junto a estos alardes de publiciencia, la gestión del Ministerio de Ciencia y Tecnología, creado hace tres años, ha llevado el sistema español de investigación a un estado lamentable, falto de dinero y de organización, con grandes agujeros contables y con los investigadores cada vez más desmoralizados.

Pero incluso en este contexto, el ITER es un proyecto sumamente interesante. La experiencia ligada a la industria nuclear y a otras grandes instalaciones, y la disponibilidad de una sede técnicamente adecuada, como es Vandellòs, son factores positivos. La debilidad de la ciencia y tecnología españolas es, por el contrario, un factor negativo importante cuando se trata de elegir el emplazamiento de una instalación de altísima tecnología cuya construcción requiere una inversión de más de 4.600 millones de euros. El Gobierno tendrá que convencer a los demás socios de que España está en condiciones de dar la talla científica y cumplir el compromiso político y financiero que implica embarcarse en un proyecto tan grande y costoso. Si lo logra, será una buena noticia para la ciencia española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 23 de marzo de 2003.

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