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El peso de la opinión

La sociedad española, no muy diferente de la del resto de la Europa continental, está abrumadoramente en contra de una guerra contra Irak. El divorcio entre la opinión pública y la posición del Gobierno de Aznar es total, incluso entre los votantes del PP, según refleja el sondeo que hoy publicamos. En democracia, los Gobiernos elegidos deben tomar las decisiones que consideran mejores no para ellos mismos, sino para el país. Pero, como advirtiera Abraham Lincoln, "un sentimiento universal, esté bien o mal fundado, no se puede ignorar sin peligro". Y en este caso el sentimiento contra la guerra es casi universal.

No estamos ante una ola pacifista, sino ante una opinión absolutamente opuesta al Gobierno en casi todo lo que a esta crisis se refiere, preocupada por la guerra, por la debilidad de los argumentos para emprenderla y por sus consecuencias. Irak no aparece ante los españoles como una amenaza que justifique un ataque bélico, que en todo caso exigiría una nueva resolución del Consejo de Seguridad. Incluso con tal aprobación, la oposición a una participación española, aunque sea indirecta, sigue siendo mayoritaria. Los españoles se sienten cercanos a las posiciones franco-alemanas, y no a esa otra Europa representada por Aznar, Berlusconi, Blair y algunos dirigentes de los países candidatos. Quizás Aznar esté apostando por un cambio de la opinión si la guerra es rápida y tiene éxito como ocurrió en 1991, pero no está haciendo nada para favorecer este cambio.

Cuando José María Aznar era jefe de la oposición, en enero de 1991, en plena crisis del Golfo, acusó al Gobierno socialista de "desinformación". El Gobierno de entonces, en aquella primera participación de la España democrática en un conflicto internacional, intentó obtener un doble consenso: en España, con una resolución del Congreso, que ya previó un "plan de estabilidad regional para la zona", y en Europa, con una actitud mucho más homogénea que ahora. El Gobierno de Felipe González intentó situar sus actuaciones en el marco europeo, lo que contrasta con la actitud de Aznar, que ha encabezado la campanada contra el eje franco-alemán, con riesgo de abrir una honda brecha en la difícil unidad de los europeos. De puertas hacia adentro, el Gobierno actual tampoco ha trabajado para alcanzar un consenso, y se ha limitado a exigirlo, tardíamente y sin diálogo ni negociación. Da por supuesto que los demás tienen que seguir su política a pies juntillas como él sigue la de Bush.

La labor pedagógica del Gobierno ha vuelto a brillar por su ausencia como ya ocurriera durante la guerra de Kosovo, cuando hubo que exigirle que sacara la cabeza de su agujero y explicara lo que sí era una acción bélica justificada. La pertenencia al Consejo de Seguridad desde el 1 de enero tendría que haberle dado más visibilidad a la posición española. Gobernar también consiste en explicar por qué se toman algunas decisiones. Hasta ahora, salvo simplismos como que "entre Bush y Sadam Husein siempre preferiré a Bush", Aznar no ha expuesto cuáles son los objetivos de la guerra. Si sólo se trata, como asegura, de "desarmar a Sadam", hay otras alternativas a la guerra. Y si hay otros objetivos, directos o indirectos, como el del "cambio de régimen", debe decirlo. Con su actitud, el Gobierno ha contribuido a alejar a la opinión pública de la política oficial, incluso entre los suyos.

En los últimos tres días se ha producido un cambio apreciable y positivo: Blair y Aznar han insistido en la conveniencia de una nueva resolución del Consejo de Seguridad y de alargar el plazo para que los inspectores puedan llevar a cabo su misión. Es evidente que, por más que le pese al Gobierno, la opinión pública pesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de febrero de 2003.

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