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Tribuna:

Jiménez de Parga, Feisal, Cataluña y Al Ándalus

Es cualidad de todo jurista saber evocar las tesis de otros juristas de renombre para justificar opiniones y alegatos en casos propios. Las palabras del presidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, referentes a que mientras en Andalucía y Granada, hace mil años, tenían docenas de surtidores de agua de distintos colores y olores, mientras en las llamadas comunidades históricas "ni siquiera sabían asearse los fines de semana", me han parecido una repetición de lo que en el cine dice el príncipe Feisal a Lawrence de Arabia. Así, el príncipe recuerda al militar británico que hace mil años, mientras Londres era un villorrio inmundo, en la Córdoba musulmana había kilómetros de calles alumbradas y Al Ándalus era un vergel de canales de agua, jardines y frutales.

Se podría replicar que nueve siglos antes que la higiene se impusiera en Granada, ya había en Cataluña caldas, baños y termas romanas, aunque evidentemente, por rigor histórico, no existía entonces el concepto geográfico ni cultural de Cataluña. No soy de los que creen que sea importante la pureza o la antigüedad de un pueblo o una cultura, pero Jiménez de Parga se equivoca cuando identifica su Andalucía natal con el Al Ándalus árabe, puesto que mientras que no se rompió el legado generacional y cultural de una Cataluña que ya existía en Ripoll o Boí hace mil años, la población y la cultura que hizo florecer Al Ándalus fueron destruidas con la expulsión de los musulmanes hacia África. Y entonces tan bárbaros o limpios eran los caballeros y campesinos cristianos de Girona o Toledo como los caballeros o campesinos de Ronda o Jerez. La Andalucía que evoca el actual presidente del Constitucional es la Córdoba de los Omeyas de Damasco, en el siglo VIII, que se extendía desde la península Ibérica hasta Samarcanda. Es la Córdoba y la Granada que se sometieron a los califas abasíes de Bagdad. Es el imperio almorávide del siglo XII que abarcaba desde Zaragoza y Lisboa por el norte, hasta Tombuctú por el sur. Cuando Córdoba fue conquistada por reyes cristianos, surgió el reino nazarí de Granada, que obtuvo su esplendor con Yusufi I y Mohamed V, y ellos, y no los cristianos, levantaron la Alhambra.

Fueron quienes expulsaron a árabes y judíos en 1492 los que forjaron unas uniones y alianzas que dieron lugar a lo que ahora es España, una unidad política que hoy continua debatiéndose entre la uniformidad y la diferencia,entre la asimetría de realidades diversas y el predominio de unos sobre otros en nombre de una necesaria uniformidad. Controversias en las que el Tribunal Constitucional tiene mucho que decir, aunque su presidente confunda la historia y los hechos. Pero puestos a mezclar limones con longanizas, dado que el presidente del alto tribunal considera como parte de esa españolidad que defiende la Andalucía musulmana, ¿tendrá en cuenta en sus sentencias en materia de extranjería esa españolidad de los descendientes de los árabes que se lavaron en las fuentes de Al Ándalus durante ocho siglos y hoy vuelven en pateras hacia las costas de Al Meria y el Campo de Gibral-Tarek? ¿Ampliará esa españolidad a todos quienes la soliciten desde los antiguos dominios omeyas, abasíes o almorávides, que alcanzaban desde Córdoba y Granada hasta Damasco, Bagdad, Samarcanda y Tombuctú?

Xavier Rius-Sant es periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de enero de 2003