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ABORDAJE EN EL ÍNDICO

"Trataron de ocultar que eran norcoreanos"

El contralmirante Juan Moreno Susanna explica cómo se desarrolló la Operación Socotora

Cuando los marinos españoles empezaron a recorrer el So-San, les sorprendió encontrar el suelo lleno de marcos y cristales hechos añicos. "Los había por todas partes, en cubierta, en el puente de mando, en el camarote del capitán", explica el contralmirante Juan Moreno Susanna. "No comprendimos su significado hasta que hallamos una carpeta: estaba repleta de retratos de Kim Il-Jong y Kim Jong-Il", el difunto presidente norcoreano y su hijo y heredero. No fue lo único que hizo la tripulación del buque interceptado en el Índico por dos barcos de guerra españoles, la fragata Navarra y el buque de apoyo Patiño, para tratar de ocultar su origen. El capitán dijo que era camboyano y escondió en una maleta los pasaportes de los 21 tripulantes. Todos de Corea del Norte.

"Los servicios de inteligencia de EE UU no estaban seguros de lo que llevaba el buque"

El contralmirante Moreno Susanna recibió ayer tarde la noticia de que Yemen reivindicaba como propios los 15 misiles Scud interceptados el lunes a 300 millas al este de la isla yemení de Socotora, en el Océano Índico. En conversación telefónica con EL PAÍS, desde la fragata Navarra, no ocultó su sorpresa. "Si hubiese sido un comercio legal, aunque no nos gustase, no habríamos podido intervenir, pero en la documentación del barco no constaba que transportase ningún tipo de armamento, sólo aludía a una carga de 2.000 toneladas de cemento para el Ministerio de Minas de Yibuti. Los 23 contenedores metálicos con los misiles estaban ocultos y sólo los descubrimos cuando se cayeron cinco sacos de cemento de 50 kilos cada uno, que estaban mal colocados".

La fase final de la Operación Socotora se inició a las 7.15 del pasado lunes. El avión P-3 Orion del Ejército del Aire español transmitió a la Navarra fotografías del So-San, que comparó con las que figuraban en su banco de datos, aunque no correspondieran al mismo buque, sino a uno similar.

El contralmirante decidió salir a buscarlo a mar abierto, por temor a que, como sucedió, intentara escaparse y entrar en aguas territoriales de algún país, lo que hubiese frenado la persecución.

Moreno Susanna no las tenía todas consigo. El So-San era, en realidad, el Pan-Hope, un carguero registrado en Camboya que recientemente había cambiado de nombre, aunque no se halló rastro documental alguno de la transacción ni del nuevo propietario.

La información del servicio de inteligencia de EE UU, transmitida a través del mando naval de la Operación Libertad Duradera, con base en Bahrein, alertaba sobre un buque procedente de Corea del Norte con "piezas de repuesto y combustible para misiles".

"Ni siquiera los americanos estaban seguros de lo que transportaba", admite el militar español. En los 26 contenedores se encontraron 15 cuerpos completos de misiles Scud, 15 cabezas de combate con explosivo convencional, 23 tolvas con ácido nítrico (combustible propulsor para los misiles), 84 bidones con productos químicos, heramientas de montaje, piezas de repuesto y manuales descriptivos. Los 84 bidones no se habían abierto ayer, pues la seguridad aconsejaba hacerlo en tierra firme y, aunque no se descartaba que pudieran contener agresivos químicos, los expertos estadounidenses que los examinaron creían que estaban cargados con más ácido nítrico.

"Lo más peligroso", según recuerda Moreno Susanna, "fueron los 12 segundos que el helicóptero Seaking estuvo parado a seis o siete metros sobre el carguero, mientras se descolgaban los siete infantes de Marina, ya que en ese momento eran muy vulnerables. Teníamos otro helicóptero Seahawk a un costado, prestándole protección, y la fragata a 15 metros, con tiradores de precisión apuntando. Les advertí de que no dudaría en disparar si algún miembro de la tripulación aparecía en cubierta. Nadie se movió".

Antes de llegar a ese momento crucial, al mediodía del lunes, la tensión fue en aumento. "Nos colocamos a su costado", explica el contralmirante, "y le ordeno que reduzca la velocidad y cambie de rumbo porque voy a inspeccionarlo. Primero dice que no puede parar, que tiene un problema de máquinas. Le respondo que no importa, que nosotros se lo arreglamos. Luego alega que tiene orden de no parar. '¿De quién?', le pregunto. No responde".

El capitán asegura que no habla inglés y el diálogo, a través de un intérprete, resulta difícil, casi inconexo. "El 70% de las preguntas no las contesta, cada vez que planteo una cuestión delicada hace que no me entiende. A lo largo de la conversación, me da cuatro puntos de destino distintos".

Los indicios convencen al militar español de que se enfrenta a un contrabandista de armas. El So-San navega hundido de popa, lo que no se corresponde con el peso de la carga declarada, y a bordo van 21 tripulantes, cuando este tipo de buques, de 2.900 toneladas y 82 metros de eslora, sólo requieren media docena de marinos.

El carguero continúa rumbo a la isla yemení de Socotora a 11 nudos por hora, y hace caso omiso de la orden de reducir su velocidad. Así transcurre una hora y media. Moreno Susanna le advierte de que en tres minutos va a abrir fuego si no obedece. Cuenta en voz alta. Desde la Navarra, una ametralladora de calibre 7.65 dispara una ráfaga a 200 metros de la proa. La advertencia no tiene ningún efecto. El capitán del So-San dice que el barco español no puede obligarle a detenerse. El contralmirante invoca la Convención de Jamaica.

Empieza a correr un nuevo plazo de tres minutos. Esta vez la ráfaga salpica en las olas a sólo 100 metros delante del buque. Pero el carguero no se detiene ni reduce la marcha. Siguiendo el protocolo previsto, los siguientes disparos, tres, impactan directamente en la proa. "No empleamos los cañones, aunque teníamos autorización para ello, porque se trataba de usar la mínima violencia imprescindible. No hubo ni una baja, ni un esguince de tobillo", declara.

El carguero mantiene la marcha y Moreno Susanna tiene que cambiar de planes. A esa velocidad, no puede abordarlo con lanchas semirígidas, por lo que decide emplear un helicóptero. Pero la arboladura de cables, que sirven para apoyar a las grúas en las labores de carga y descarga, impide aproximarse por el aire.

Otra vez una ametralladora, ahora de mayor calibre, 12,70 milímetros, desarbola la estructura. Tiradores de élite, con fusiles de precisión Accuracy, hacen saltar las últimas poleas y despejan la cubierta. Siete infantes de Operaciones Especiales, al mando de un capitán, se descuelgan haciendo rappel, toman el puente de mando y paran las máquinas. Otros siete llegan en una embarcación, detienen a los 21 tripulantes y se hacen con el control del buque. El asalto no dura más de cinco minutos. Son las 14.30 cuando sube a bordo el equipo de registro.

Moreno Susanna aún no está tranquilo. "Temo que alguno de los tripulantes pueda hacer una tontería". Los informes de inteligencia advierten del riesgo de que, al verse capturados, miembros de Al Qaeda puedan recurrir a un acto de terrorismo suicida. Volar el buque con los militares españoles dentro. Por eso, ordena que todos los norcoreanos, salvo el capitán, el jefe de máquinas y el traductor, sean evacuados al Patiño. Esa noche, en mitad del Índico, los españoles se quedan solos con su controvertida carga. Hasta el martes por la mañana no llegan los expertos en explosivos de EE UU.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 2002