Entrevista:ENRIQUE VILA-MATAS | Escritor

"La realidad ganará siempre al escritor realista"

Hace unas semanas, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) publicó El mal de Montano (Anagrama). Ayer, de regreso de Neuchatel, Suiza, donde ha asistido a un congreso internacional sobre su obra, en el que han participado los críticos españoles Masoliver Ródenas, Fernando Valls y Pozuelo Ivancos, comentaba con este diario algunos aspectos insólitos de su última novela.

Pregunta. Su libro precedente, Bartleby y compañía, trataba de los escritores que renuncian a escribir. Éste, de la literatura como vida y de los peligros que la acosan. ¿Son temas complementarios?

Respuesta. El Mal de Montano es el mal opuesto al de Bartleby. Si los Bartlebys dejan de escribir, tenemos aquí a un narrador que se ha ido al otro extremo. Salvando las diferencias, es la que habría entre el capitán Achab y Bartleby, entre las dos novelas de Melville. Por eso cito a Moby Dick en el episodio de las Azores.

"Cuando el narrador habla en nombre de la realidad, añade ficción a la ficción"
"En la autoficción tú te construyes como quieres que te vean los lectores"

P. ¿Ese mal tiene síntomas, diagnosis?

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R. El narrador -que adopta varios nombres, pero en principio se llama Rosario Girondo, pues firma sus libros con el nombre de su madre- está enfermo de quijotismo. Enfermo, como el Quijote, de los libros; enfermo de literatura. Esa enfermedad le lleva, como al Quijote, a salir de su casa; pero en su caso y aunque viaja como un loco, da la impresión de que nunca sale, sino que de una forma muy literaria viaja dentro de su casa, a través de los libros.

P. ¿Y combate a los "enemigos de lo literario" sin moverse de casa?

R. La guerra surge dentro del texto mismo; se le puede aplicar aquel famoso verso de Góngora: "A batallas de amor, campo de pluma". Es decir, se trata de una batalla de amor por la literatura que se libra en el campo de la escritura.

P. Uno de esos enemigos es la literatura realista española. ¿Tan perversa le parece?

R. Esa inquina no es nueva. Ahora, en Neuchatel, un profesor me ha sorprendido al leer fragmentos de anteriores obras mías que ya tenía olvidados y en los que se manifiesta una especie de manía persecutoria al realismo español. Me ha sorprendido y divertido mucho la extrema violencia con la que yo arremetía contra estos molinos de viento que me había buscado y que me han sido siempre de gran utilidad, igual que Kafka encontró en su padre (que era una persona muy normal, el que no era normal era Kafka) una mina de oro para escribir y montar toda su obra alrededor. En mi caso, en el realismo español encontré una gran mina (risas).

P. ¿O sea que un escritor realista es por definición un mal escritor?

R. Claro que no. Lo que sí ataco, ya sin risa, es ese tipo de artista del que se ríe Borges en el El Aleph, ese escritor que duplica la realidad empobreciéndola. Sucede que la realidad es extraordinaria y ganará siempre al escritor realista. Sobre esto la última palabra la pronunció Nabokov: "Ficción es ficción". Todo escritor es un gran embaucador. Igual que lo es la propia naturaleza. Yo lo que hago es ficción.

P. Sin embargo, varios datos y episodios y rasgos de Rosario Girondo coinciden, como calcados, sobre la vida y la obra del autor, de usted: por ejemplo Girondo ha escrito Nada más jamás, un libro sobre escritores que renuncian a escribir, como Bartleby y compañía.

R. Me baso en la realidad, claro, ¿en qué si no podría basarme? Es como cuando a Nabokov le preguntaron si le gustaban las lolitas, y él respondió: "Perdone usted, pero mi mujer es una santa, no tiene nada de puta". Creo que ahí definió lo que es realismo y lo que es ficción. Este libro se presenta como un diario y se adscribe al género de la autoficción, algo distinto ligeramente de la autobiografía.

P. ¿Qué es la autoficción?

R. Los franceses, a partir de Philippe Lejeune, llevan mucho tiempo intentando definirla. Pero si tardan mucho más, ya lo definiré yo (risas). Lejeune es un señor monacal, sabio, que ha escrito unos estudios muy convincentes y tiene muchos seguidores, pero... el caso es que la autoficción va por un lado en el que tú te construyes como quieres que te vean los lectores, qué quieres ser... siempre que no caigas en eso tan pesado de escribir la vida que hubiera querido tener.

P. Una de las singularidades de El mal de Montano es que el narrador va fabricando la trama, para a continuación desmentirla, aunque sin romper el pacto de verosimilitud con el lector.

R. Lo más singular tal vez sea la estructura. Un crítico, Pozuelo Vivancos, ha dicho que el argumento del libro es la actividad de tejerlo. Y yo diría que se hace estructura al andar. El libro está dividido en cinco bloques. El primero es una nouvelle, un relato breve; el segundo, un diccionario de escritores diaristas; el tercero, una conferencia-teatro; el cuarto, un diario personal del narrador; y en el quinto bloque, el libro va más allá del diario y entra en una escena atemporal, desemboca en una escena final en lo alto de una montaña suiza. De hecho, es un libro de viajes, un ensayo, un estudio sobre los diarios, tiene una pálida trama, con argumento... en fin, reúne una serie de géneros, cuyas fronteras se difuminan.

P. Varios lectores me han comentado que la novela les ha puesto muy nerviosos.

R. Cuando termina el primer bloque, el narrador decide contar lo que es verdad y lo que es ficción en lo que el lector acaba de leer. Y ahí diría que empieza el vértigo del lector. Es decir: cuando el narrador se pone a hablar en nombre de la realidad, cuando descubre que no es quien ha estado diciendo ser sino otro, cuando trata de contar la verdad, lo que hace es añadir más ficción a la ficción. Y así hasta la apoteosis final.

P. Una apoteosis melancólica, ante un abismo alpino. También ese pasaje está basado en su propia experiencia, ¿no?

R. Sí, mi editorial suiza me invitó a leer textos míos a las doce de la noche, en lo alto de una montaña. Me dijeron que estaría en compañía de otros escritores, todos alemanes, y que yo sería el único español. Estuve mucho tiempo indeciso entre ir o no ir. Pensaba que si subía a esa montaña suiza, a leer, a partir de las doce de la noche, sin duda oiría cantos wagnerianos o directamente nazis, y que intentarían asesinarme o violarme (risas). ¿Qué hacer? ¿Ir, con todo el riesgo que implicaba, y usar lo que pasase allí para el final de la novela que estaba realizando? ¿O no ir y confiar en mi imaginación? Opté por esto último, igual que el narrador; opté por no ir e imaginar.

P. Quizá la elección más sensata, porque probablemente en un congreso de escritores no se hubiera encontrado con Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos.

R. Lo que he podido saber después es que hace dos años un escritor español, de Huesca, Carlos Castá, estuvo allí invitado por la misma editorial; Castá me dijo que, curiosamente, todo era muy normal y que no se dormía en tiendas de campaña como yo creía, sino en hoteles de cinco estrellas, y que los escritores alemanes no estaban todos muertos, como yo pensaba, sino que había algunos incluso divertidos. Pero ahí está, claro, otra vez, el juego entre realidad y ficción...

Enrique Vila-Matas, retratado esta semana en su casa de Barcelona.
Enrique Vila-Matas, retratado esta semana en su casa de Barcelona.JORDI ROVIRALTA

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