Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
FERNANDO VALLEJO | Escritor | XVI FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

"No quiero dejarme arrastrar por el vértigo del tiempo"

Un escritor colombiano, ya mayor, llega a Barcelona a participar en una feria del libro. Desde el primer momento, La Rambla paralela (Alfaguara), la última novela de Fernando Vallejo, te sumerge en un mundo irreal. Una conversación telefónica, con la que arranca el relato, revela que los que hablan lo hacen desde tiempos distintos, desde mundos diferentes. La presencia de la muerte impregna así cada uno de los párrafos, el aliento completo de una narración que salta de un lado a otro, que discurre a su aire, que se arrebata con frecuencia tachando la vida con una sarta incontenible de insultos. Las azafatas de Air France, el hueco que ha dejado el Liceo destruido, una paloma muerta, la impunidad que asola Colombia, el recuerdo de una perra, las referencias a José Cuervo...: así va la historia, gobernada por el desorden de la memoria, por los reclamos de ese presente con el que lidia un escritor que se busca a sí mismo en el barullo de una ciudad que había visitado hace ya muchos años.

"Lo que me gusta es aprenderlo todo como un aficionado, por puro placer"

"La música es el arte más grande de todos. La literatura no es nada a su lado"

MÁS INFORMACIÓN

Pregunta. El insomnio que padece el personaje de la novela contagia a la narración de un clima irreal, de una atmósfera alucinatoria. ¿Qué papel juega en el libro esa tensión extrema que produce la falta de sueño?

Respuesta. Cuando se tiene un juguete que funciona, no tiene sentido ponerse a desarmarlo, como hacen los niños, para conocer los secretos de sus mecanismos. No me gusta analizar lo que escribo. Yo tenía en este libro una tarea muy sencilla. Ya me morí, así que cómo lo cuento. Ése era el problema, y para hacerlo tuve que trabajar con esa especie de primera-tercera persona que es el hilo conductor de libro. Y eso que no me gusta la tercera persona. No entiendo a esos narradores que hablan de sus personajes desde fuera, como si conocieran lo que pasa en un montón de vidas cuando a veces no puedes ni siquiera saber lo que pasa por tu propia mente.

Fernando Vallejo nació en Medellín en 1942, y lleva ya más de treinta años viviendo en México. Vino a hacer películas, las hizo y renunció al cine porque le pareció un lenguaje limitado. Es una apasionado de la biología, en la que se sumergió, "primero sin entender nada", hasta que le fue conociendo los secretos. "No quería ver los árboles, quería ver el bosque", cuenta. Lo hizo, pues, y lo ha contado en un libro como La tautología darwinista (Taurus, 2002). "Lo que me gusta es aprender, aprenderlo todo como un aficionado, por puro placer". Ahora se ha metido en los berenjenales de la física.

P. ¿Cómo surge ese personaje y por qué sitúa la historia en Barcelona?

R. Ese personaje tiene un poco de loco, ¿no le parece? Sí, lo puedes entender, pero hay cosas que hace que no forman parte de los patrones normales. Los locos no tienen pierde en la literatura. Ahí está el Quijote, sin ir más lejos. Y la historia sucede en Barcelona porque se me ocurrió en Barcelona. Yo fui allí a una feria del libro. Llevaba mucho tiempo encerrado en mi casa de México, unos quince años, y me tocó viajar a Barcelona. Me di cuenta al salir que el mundo había cambiado, que ya no tenía nada que ver con el que yo conocía. Así que empecé a convertirme un poco en fantasma y me di cuenta, en Barcelona, de que tenía que contar mi muerte. La idea me acompañó cuatro años hasta que me puse a escribirla.

P. ¿Cómo se encuentra ahora?

R. Bueno, todo se vuelve muy difícil. Todo el ajetreo de los aeropuertos y las autopistas. Es un ir y venir de gente que parece que va a algún sitio cuando en realidad van todos a ninguna parte, se mueven sin objeto, se van a morir. Están metidos en una inutilidad apurada. El mundo va demasiado deprisa y yo no quiero dejarme arrastrar por el vértigo del tiempo.

"El viejo había nacido en Antioquia, una tierra de arcaísmos; y le había tocado vivir en un mundo de neologismos en que las llaves son tarjetas", escribe Fernando Vallejo en La Rambla paralela. Y también: "El viejo detestaba a los pobres, a los defensores de los derechos humanos, a los médicos, los abogados, los blancos, los negros, los curas, las putas, y las parturientas le sacaban rayos y centellas. Según él, el único derecho que tenía el hombre era el de no existir. Como quien dice, cuatro mil millones de años que se necesitaron para producir el milagro del Homo sapiens tirados a la basura".

Habida cuenta la carga autobiográfica de los libros del escritor colombiano -esa virulencia contra la falta de sentido de todo-, es sorprendente descubrir la amabilidad y generosidad de Fernando Vallejo. Tiene una fragilidad que parece que va a romperse. Empezó amando por encima de todo la gramática, y a ella le dedicó sus primeros estudios. Fruto de aquel esfuerzo fue Logoi, su primer libro. Luego se metió a hacer biografías. "Quería convertir la biografía en un género mayor, renovarla por completo, pero luego me di cuenta que no se puede. Como su objetivo es la más estricta verdad, está amarrada a muchos nombres, fechas, datos". Vallejo escribió las biografías de los poetas colombianos Barba Jacob, "uno de esos malditos que ha dado la literatura de mi país", y José Agustín Silva, "uno de los más grandes de la lengua española de todos los tiempos, que se suicidó a los treinta años". Luego vinieron las novelas, las que reunió en El río del tiempo, y las últimas: La virgen de los sicarios (1994), El desbarrancadero (2001) y La Rambla paralela (2002), todas publicadas en Alfaguara.

P. Gluck, el Liceo de Barcelona... la música está presente en su novela, ¿cómo se lleva con las otras artes?

R. La música es el arte más grande de todos. La literatura no es nada a su lado. Yo empecé a estudiar piano, y lo toco. Pero descubrí que no tenía música en mi alma. Y eso que me llega profundamente. La literatura me llega mínimamente, si es que me llega. Pero terminé escribiendo, no sé por qué. También había hecho cine, pero es un arte muy limitado. Eternidad, rabia, odio, ayer pensé, hace doce días que: ¿cómo cuentas todo eso en el cine? Te hacen falta un montón de secuencias, cuando en la literatura tienes las palabras. Y aunque las palabras son efímeras y cambiantes, yo creo que es mejor darle la vuelta a la vieja frase y decir que "una palabra vale más que mil imágenes".

P. Rulfo resuena, de alguna manera, en las páginas de su último libro.

R. No lo sé, en Pedro Páramo hay un montón de muertos que hablan. En este caso, el muerto es el que escribe la novela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de diciembre de 2002