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COLUMNA

Sigfried Unseld, el final de un símbolo

Sigfried Unseld medía cerca de dos metros. Su presencia de gigante simbolizaba muy bien su propia personalidad de editor; pues siendo tan notorio, tan gigante, tan espectacular en sus apariciones, llegaba y desaparecía de igual manera, tratando de hacer brillar a los otros. Un editor. Hace algunos años percibió que debía viajar hasta Marbella, en España, para encontrarse con uno de sus autores predilectos, Mario Vargas Llosa; se inscribió en su mismo balneario, hizo con él el ayuno reglamentado para el régimen al que ambos se habían querido someter, y aguardó exactamente hasta el día en que ya los ayunantes pueden cenar; vio cómo le servían a su escritor, escrutó con ojos de gran anfitrión la armonía de la mesa, le dio un golpecito de saludo en la espalda al autor de La ciudad y los perros y después se fue, como si no hubiera estado nunca allí. Nadie preguntó por él: estaba previsto que desapareciera, siempre lo hacía así, ésa era su marca y su actitud. Pero cuando se iba se notaba, y de qué modo, su vacío. Es lo que pasa ahora, de manera tremenda, cuando murió hace una semana en Francfort, a los 78 años, después de un tiempo larguísimo de cruel enfermedad. Cuando murió, el propio Mario Vargas Llosa publicó un billete en EL PAÍS que tituló El tío cariñoso. En aquel saludo que Unseld dejó en su espalda aquella noche en Marbella hay una metáfora de esa especie moral de parentesco.

Unseld dijo muchas veces que él era un editor de autores y no de libros

En su casa de Francfort, en donde hasta el año pasado era el anfitrión de grandes recepciones de editores y autores de todo el mundo, se comportaba igual; vestido impecablemente, altísimo, sonriente y cordial, recibía a sus huéspedes, hacía que reinara allí la armonía que quiso para sus gustos y para su vida, y después se diluía, a pesar de su estatura, entre los numerosos asistentes, buscando acaso al nuevo autor desconocido. Ésa fue su pasión, los autores. Su aventura editorial comenzó en virtud de su pasión por Hermann Hesse y Sidharta, y ha seguido a lo largo de los años sin desmayo alguno, hasta cumplir exactamente medio siglo trabajando en Suhrkamp, la editorial que dirigió desde 1959. Dijo muchas veces que él era un editor de autores, y no de libros, y que estaba dispuesto a publicar incluso los libros malos de sus buenos autores, pues su apuesta era ésa, seguirles hasta el fin, en cualquier circunstancia. Y también les buscaba hasta el fin: fueran ya reconocidos o estuvieran empezando, viajaba a grandes zancadas por el mundo para convencerles de que su apuesta era mejor que las otras porque, y esto es lo que decía, les seguiría hasta el fin, hasta donde fueran escritores. Y también dijo (está en su libro El autor y su editor, que en España tradujeron Genoveva y Anton Dieterich) que la literatura del futuro sería lo que quisieran los escritores. Aunque su gusto se había hecho en el estudio (e incluso en la guerra) la intuición era su fuerza: quería una editorial literariamente muy potente en la que hiciera un catálogo y no su biblioteca. Como los autores eran su pasión, les esperaba siempre: Uwe Johnson, uno de sus favoritos, tuvo durante años una crisis creativa terrible, y la editorial le sostuvo con la delicadeza de una madre. Johnson se recuperó, volvió a escribir, y no sólo dejó en herencia un nuevo éxito editorial, sino que dejó a Suhrkamp (a Unseld) su patrimonio.

Jaime Salinas, su importante colega español, decía el otro día que, muerto Unseld, ya no hay ninguno de los grandes: Rowohlt, Gallimard, Einaudi..., Unseld. ¿Y por qué era tan grande?, le preguntamos. 'Tendrías que mirar su catálogo... Él estaba en esa gran tradición de busca, de descubrimiento, de aliento a los que iban a ser grandes escritores, a los que desde el inicio trató con enorme generosidad'. En su catálogo, desde Hesse a Brecht, Benjamín o Adorno, Paz o Beckett... Él creó una cultura, la que George Steiner llamó 'la cultura Suhrkamp'. El notorio crítico Reich-Ranicki, que tuvo buenos y malos días con él, dijo a su muerte: 'No sólo ha fomentado la literatura; la ha marcado, la ha formado y la ha guiado. Alemania pierde a la más fuerte personalidad de la vida cultural de la segunda mitad del siglo XX'. 'Les faltará a los unos más y a los otros menos. A mí, más', dijo Martin Walser, el novelista por el que dio la cara cuando su última obra, La muerte del crítico, que zahería a Ranicki, e incluso al propio Unseld, se convirtió en Alemania en una diana para todos los dardos.

Este año, la recepción anual de Suhrkamp no fue en la casa de Unseld, ya gravemente enfermo. Esa sombra de la muerte futura cayó como un símbolo en esa fiesta principal de los editores del mundo. Como dice Salinas, uno de los últimos se estaba muriendo. En el mundo del libro todos son metáforas. Ésa es una muy principal, la muerte de un editor gigante como Sigfried Unseld.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de noviembre de 2002