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CARTAS AL DIRECTOR

'Freedom Summer' en Palestina

Terrassa, Barcelona

Con nostalgia el mes de agosto cuando llegan estas fechas. Pero este año la mía no será la nostalgia de las vacaciones, sino de un pueblo entero que vive en el infierno. Me explico: el 31 de julio volaba a Tel Aviv para unirme a la campaña Freedom Summer de la organización ISM (International Solidarity Movement), dedicada a la resistencia pacífica contra la ocupación militar israelí y la lucha por los derechos del pueblo palestino. Esta campaña era una invitación a internacionales de todo el mundo para ser testigos de la injusticia, la crueldad y el horror en que viven cada día miles de familias palestinas.

Los voluntarios de ISM hemos actuado básicamente de escudo: viajando con las ambulancias de la Media Luna Palestina, durmiendo en casas que iban a ser demolidas por el Ejército israelí y negociando con los soldados la entrada y salida de personas y mercancías en las ciudades sitiadas, amparándonos en la relativa immunidad que nos daba el hecho de ser extranjeros. Un ejemplo: los soldados dispararon sin previo aviso contra nosotros mientras visitábamos una granja en Habli, un pueblo que está siendo 'devorado' palmo a palmo por el Ejército de ocupación israelí. Las balas eran de goma y todo quedó en un susto y una fea cicatriz en mi hombro. Tuvimos suerte, las balas son de verdad cuando disparan contra palestinos.

Pero no quiero hablar de cómo el Ejército israelí dispara contra civiles (incluyendo mujeres y niños) y destruye viviendas, ni de la ocupación militar de cada vez más territorios palestinos en nombre de una supuesta lucha contra el terrorismo. Esto lo vemos cada día en la televisión. Lo que no se ve es la política del terror y la crueldad absolutamente planificada que el Gobierno israelí aplica sistemáticamente a miles de palestinos: hablo de civiles que mueren antes de llegar a un hospital porque las ambulancias de la Media Luna Palestina (teóricamente amparadas por la Convención de Ginebra) son detenidas durante horas, registradas y a veces tiroteadas, y el personal médico golpeado. De familias que pasan las noches en vela durante meses porque el Ejército ha amenazado con demoler su casas. De niños que crecen jugando al escondite con los tanques y adolescentes sin futuro porque saben que nunca podrán salir de su ciudad para estudiar o trabajar. En definitiva, de auténtica violencia psicológica respaldando la violencia de las armas. Lo que tampoco se ve es el hecho de que la población de Palestina tiene el nivel de estudios más alto de los países árabes, es tolerante y solidaria por naturaleza y afronta la adversidad con orgullo y entereza. Y está el terrorismo de los suicidas, claro. El fruto de la desesperación más absoluta, de una lucha desigual, de la falta de esperanza de toda una generación, de la incomprensión y el silencio de la comunidad internacional durante años.

En las calles de Qalqilya -que fue nuestro hogar durante este intenso mes- la gente nos sonríe, nos estrecha la mano, nos ofrece su comida, su casa. Y sólo nos piden que llevemos a nuestros respectivos países el auténtico mensaje del pueblo palestino, que únicamente pide un pedazo de la que fue su tierra para vivir en paz.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de septiembre de 2002