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Reportaje:

La firme protesta de una abogada

Radhia Nasraoui lleva a París su huelga de hambre por la represión en Túnez

Hoy, Radhia Nasraoui tiene previsto volver a su país, a Túnez, para seguir con su huelga de hambre. Ayer reunió a la prensa en París para hablar del caso de su esposo -detenido y condenado a tres años de cárcel por pertenecer al Partido Comunista de los Obreros Tunecinos (POCT)-, pero 'también para reclamar atención sobre las condiciones de encarcelamiento de reclusos políticos y comunes'.

Nasraoui convocó a los periodistas en la sede de la Federación Internacional de Derechos Humanos. Habló con voz potente, en nombre también de Hamma Hammami, ese marido cuyo rostro descubrimos en una insignia que lucía la abogada. Lo hizo sentada en una silla de ruedas, pues desde el día 26 de junio ha renunciado a comer para denunciar lo que ella, su marido y otros miles de tunecinos viven. 'Mi combate y el de mi marido es para que el mundo entero sepa que el régimen tunecino tortura y encarcela, porque la gente expresa sus convicciones, ya sean islamistas, comunistas o nacionalistas. Castiga por opinar'.

'Te pueden encarcelar por tus ideas, puedes perder tu trabajo, tus hijos pueden ser sometidos a acoso'

El viaje de Nasraoui a París ha sido muy criticado por las autoridades tunecinas, que después de silenciar durante meses el caso de su marido y la huelga de hambre de ella, la acusa ahora, a través de todos los medios de comunicación, de 'someter a la justicia del país a un chantaje injustificable e inmoral'. Durante meses, Nasraoui y sus hijas -la más pequeña, de tres años de edad- han sido objeto de diversas formas de tortura psicológica: telefonazos a medianoche, difusión de falsas noticias, amenazas contra las criaturas, etcétera. Hasta el punto de que la madre ha optado por organizar el exilio de las hijas. Oussaïma, de trece años, pudo marchar a Francia el pasado día 19 sin que la policía tunecina reclamase otro papel que la autorización materna. En el de Sarra (tres años) se han complicado las cosas y se exigía la firma -de momento, imposible de obtener- del padre, de manera que la madre se ha visto obligada a viajar con ella para hacerla llegar a París.

'En Túnez todo el mundo está convencido de que el presidente Ben Alí no podría continuar su política represiva si Francia le retirara el respaldo', dice la abogada. Su discurso, exigiendo de la opinión pública internacional que deje de ver Túnez como un paraíso de playas y cocoteros, se asemeja al que en los años sesenta sostenía una parte de la izquierda española e internacional frente a la dictadura del general Franco. El sueño de un aislamiento radical, capaz de acabar con la tiranía, se mezcla con la evidencia del provecho colectivo que se extrae de los visitantes extranjeros, no siempre turistas ciegos a todo lo que no sea sol y placeres a buen precio.

'Hay que recordar que Francia sigue elogiando al poder tunecino', repitió Nasraoui, al tiempo que admitía que el primer secretario de la embajada francesa en su país se había interesado por su caso y el de su esposo. 'Es un gesto que indica una evolución en la buena dirección'. Para Bernard Valero, portavoz de Exteriores en París, esa iniciativa 'de carácter humanitario' llevó al embajador galo a interceder 'ante los poderes tunecinos' para resolver el caso de Radia y Hamma. 'Seguimos con mucha atención la evolución del conflicto', añadió Valero.

La abogada, comprometida desde hace años en una lucha en defensa de los derechos humanos en su país, insiste en que 'hoy, en Túnez, hay gente que sigue muriendo en la cárcel'; es decir, que al margen del gueto dorado en el que viven aislados los turistas, al margen de esos tunecinos sumisos que atienden al visitante en sus menores deseos, hay otro país que no quiere ser sólo el decorado humano donde se broncea la Europa de vacaciones. 'Te pueden encarcelar por tus ideas, puedes perder tu trabajo, tus hijos pueden ser sometidos a diversas formas de acoso'. La experiencia personal de Radhia Nasraoui hace aún más cínicas las proclamas oficiales que la acusan de 'organizar una operación de chantaje a través de la huelga de hambre sabiamente orquestada desde el exterior y publicitada a ultranza'. Y lo cierto es que en esa mediatización 'a ultranza' descansan la libertad de Radhia y parte de las esperanzas de liberación que puede alimentar su esposo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de julio de 2002