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Editorial:

La toma de Perejil

Al ocupar el islote de Perejil, Marruecos ha cometido un acto inamistoso. Ha elegido con cuidado su blanco: un peñasco deshabitado, a unos metros de la costa marroquí y a 11 kilómetros de Ceuta, cuyo estatuto jurídico es tan dudoso que en su nota verbal el Gobierno español se ha limitado a denunciar la 'modificación del statu quo actual', mientras pedía 'el restablecimiento de la situación anterior'. Es un reconocimiento implícito de que desconoce el título jurídico para reclamar la soberanía de unas rocas que no se incluyeron en el Estatuto de Ceuta y que las Fuerzas Armadas abandonaron 42 años atrás. Ahora el director de la Guardia Civil afirma que Perejil -Leila para los marroquíes- era usado por narcotraficantes. ¿Cómo las autoridades españolas no hicieron nada para evitarlo? Marruecos se ha permitido la sorna de justificar esta ocupación en 'la lucha contra el terrorismo y la inmigración ilegal'.

Marruecos ha actuado de una forma que no corresponde a lo que debe ser la buena vecindad entre dos países cuya relación mutua es estratégica para ambos. Se desconoce de dónde partió la orden. Las motivaciones marroquíes pueden ser múltiples: desde una distracción exterior de los problemas interiores, en plenos fastos para celebrar la boda del rey Mohamed VI (sin la presencia de ningún miembro de la familia real o el Gobierno españoles), hasta una manera de ejercer presión sobre nuestro país para que cambie su actitud respecto al Sáhara Occidental y apoye el plan de autonomía para la ex colonia, al que sólo se oponen Moscú y Madrid dentro del denominado Grupo de Amigos del Secretario General de la ONU. El Consejo de Seguridad debe tomar una decisión a este respecto el próximo 31 de julio.

Con ser una actuación irresponsable de Rabat, la toma de Perejil refleja el fracaso de la política del Gobierno de Aznar hacia Marruecos. La excepcionalidad de estas relaciones dificulta la salida a esta crisis, en la que llueve sobre mojado. Días atrás, Rabat entendió como una provocación las maniobras realizadas por la Armada en torno a Alhucemas, territorio bajo plena soberanía española, pero que Rabat reivindica.No hay duda de que lo ocurrido ahora en el islote de Perejil reduce el margen de maniobra del Gobierno para normalizar las relaciones con Marruecos, que ambas partes han contribuido a deteriorar. No hacer nada ante la presencia de militares marroquíes en Perejil tiene un precio y puede sentar un precedente. Pero hacer algo, también. Ese islote deshabitado, cuya existencia ignorábamos hasta ayer la mayor parte de los españoles, no merece un solo tiro. Lo civilizado sería que, aunque tomara su tiempo, ambos Estados aceptaran dirimir esta disputa ante el Tribunal Internacional de La Haya.

Hasta ahora el Gobierno ha reaccionado con cautela, reforzando la presencia militar en otras zonas cercanas. Cautela que contrasta con las palabras del recién estrenado portavoz del Gobierno de Aznar, Mariano Rajoy, que sacó a colación en este contexto los 200.000 marroquíes que viven en España o los varios millones que pasan por nuestras carreteras y puertos en estas fechas. Corre el riesgo de alimentar de forma peligrosa una xenofobia muy presente en nuestra sociedad. El Gobierno debe evitar la tentación de caer en un trasnochado y facilón patrioterismo, especialmente de cara al debate del lunes sobre el estado de la nación. Sería absurdo que girara en torno a Perejil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de julio de 2002