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El Museo del Prado recrea la 'sala reservada' con los mejores desnudos

23 pinturas recuerdan las habitaciones privadas de reyes y nobles con obras eróticas

El Museo del Prado mantuvo hasta 1838 una Sala Reservada con 74 pinturas de desnudo ocultas al público, que sólo veían las personas con 'calidad social'. La exposición La Sala Reservada y el desnudo en el Museo del Prado, inaugurada ayer en la sala 16B de la primera planta, recrea las estancias, camerinos y gabinetes privados donde reyes y nobles miraban los cuadros que la moral impedía ver al gran público, desde mediados del siglo XVI. Felipe IV se retiraba 'después de comer' al 'cuarto bajo de verano' para ver los desnudos de Tiziano, Rubens, Durero y Tintoretto.

Adán y Eva, de Durero; las Tres Gracias, de Rubens, y las majas de Goya comparten una de las paredes de la exposición La Sala Reservada y el desnudo en el Museo del Prado. Las obras maestras de la pintura universal, ocultas y secuestradas en estancias privadas entre los siglos XVI y XIX, forman parte del conjunto de 23 pinturas, seleccionadas entre la colección real del Prado, abiertas al público hasta el 29 de septiembre.

El director del Prado, Miguel Zugaza, dijo ayer en la presentación que la muestra forma parte de una 'nueva visibilidad' de los contenidos de la colección del museo. 'En esta recuperación de la sala reservada figuran iconos de obras maestras de la colección, en un diálogo muy especial para los ojos modernos y lleno de diálogos antiguos en la historia privada del museo'. Añadió que con esta exposición el Prado 'demuestra el poder de la colección y el espíritu abierto para acercar sus obras al público con este friso tan extraordinario de pintura'.

La exposición refleja una parte de la investigación de Javier Portús, conservador del museo, que en 1998 publicó el libro La Sala Reservada del Museo del Prado y la colección de pintura de desnudo en la corte española, 1554-1838 (Museo del Prado). Una parte del mismo figura ahora como catálogo de la muestra (Turner), con textos de Javier Portús sobre las salas reservadas y las obras expuestas, y de Ana González Mozo, con un ensayo de reconstrucción de la sala reservada del Prado entre 1827 y 1838, con el emplazamiento de las 74 obras, donde figuran parte de las piezas expuestas ahora y otras de Tiziano, Tintoretto, Giordano, Rubens, Poussin, Carracci, Brueghel el Joven, Reni, Durero, Albani y Van Dyck. Javier Portús opina que esta sala era 'descafeinada y ambigua' por la calidad de las obras y los desnudos menos transgresores o censurables, que podían ser vistos por gente de 'calidad social'. 'Era un público típicamente masculino; las mujeres son las grandes ausentes'.

'Es una exposición de desnudos, pero sobre todo de pintura', afirmó Javier Portús al identificar la historia y la estética del Prado con el desnudo y los hábitos de convivencia con el desnudo. 'El desnudo es la forma estética por excelencia, donde confluyen muchos campos distintos, donde el pintor demuestra que es artista, con el dominio de la anatomía y el color, como se aprecia en la historia de la pintura europea'.

Portús también destaca la reflexión del Prado sobre su propia historia, en una acumulación de obras maestras procedentes de las colecciones reales. 'El museo se puede ver según los criterios de las escuelas nacionales, como impuso la museografía desde finales del siglo XVIII, pero la historia de la pintura se escribe en Europa como un lenguaje que no conoce fronteras, con artistas de distintas nacionalidades que aquí establecen un diálogo, como ocurre con Rubens y Tiziano y con Velázquez y el último Goya'.

Las pinturas expuestas han permanecido en algún momento en las salas reservadas de los reyes o en el gabinete de Godoy, como es el caso de La maja vestida y La maja desnuda, seguramente colocadas encima de la puerta de entrada.

Javier Portús ha seguido el secuestro de estas obras y su disfrute privado, desde que en 1554 Tiziano informa a Felipe II del envío de Venus y Adonis y otros cuadros mitológicos para su camerino. Felipe III mantiene ocultos los cuadros mitológicos de Tiziano, mientras que Felipe IV los coloca, junto a otros cuadros de desnudo, en el llamado Cuarto Bajo de Verano, una habitación a la que, según el inventario del Alcázar de Madrid, acude el rey 'después de comer'. La colección de desnudos se coloca en las estancias llamadas Bóvedas de Tiziano, con obras de Rubens, Luca Cambiaso, Durero, Tintoretto y Ribera. Carlos III ordena quemar algunos cuadros, que evitan el pintor Mengs y el marqués de Esquilache, pero son confinados en la Casa de Rebeque (junto al Palacio Real) y en el Buen Retiro. A partir de 1792 se envían a la Academia de San Fernando y en 1827 al Prado.

Rubens copia a Tiziano

En la sala se exponen juntos Adán y Eva de Tiziano y la copia que realizó Rubens durante su estancia en Madrid en 1628 en misión diplomática. Además de atender los encargos de Felipe IV, Rubens se enfrentó a los tizianos de la colección real. Javier Portús observa en este diálogo un homenaje pero también la competencia, al medirse con el maestro el pintor más famoso de Europa. 'Más que copiar, tradujo a su propio estilo la obra del veneciano'. El intercambio de miradas se centra en este duelo y entre otros autores de las 23 piezas expuestas, de las que 17 permanecieron en la sala reservada de Felipe IV, que visitaba a la hora de la siesta y cubría los desnudos con telas cuando entraba alguna mujer. Tiziano y Rubens ocupan los mayores espacios pero también están las telas de Durero, Tintoretto, Veronés, Annibale Carracci, Guido Reni, Francesco Furini y las dos majas de Goya, tras su viaje a Estados Unidos. Desde la misma sala, el visitante traza líneas de desnudos y choca con el Cristo crucificado de Zurbarán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de junio de 2002

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