Crítica:MEMORIAS DE OTRA GUERRACrítica
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La vida cotidiana en el infierno

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

HISTORIA DE UN ALEMÁN. RECUERDOS, 1914-1933

Sebastian Haffner Traducción de Belén Santana Destino. Barcelona, 2001 264 páginas. 2.500 pesetas

LTI

Victor Klemperer Traducción de Adam Kovacsics Minúscula. Barcelona, 2001 410 páginas. 3.660 pesetas

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Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino 'ario', y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll

Y ya como Sebastian Haffner regres a su patria en 1954, donde trabaj para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista 'de derechas', dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, 'la nariz', lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado 'más bien de derechas', sentía que había algo que 'olía mal' en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la 'era Stresemann' y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, 'la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general'. Desde entonces sólo cupo lo 'pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror'. 'El infierno' se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado 'pueblo de los poetas y los pensadores' dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. 'La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos', sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse 'algo que mereciera la pena'.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos 'normales' fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, 'instinto de rebaño' (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que 'el vacío y el aburrimiento'; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de 'salvación' lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los 'arios' boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella 'raza maldita'. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los 'arios' que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

Victor Klemperer (1881-1960), profesor de lenguas románicas en la Escuela Técnica Superior de Dresde desde 1920, perdió su empleo en 1935 a consecuencia de las pertinaces leyes antijudías. Su padre fue un rabino, pero el joven Viktor recibió una educación poco ortodoxa y siempre se sintió alemán, e incluso bajo los nazis permaneció fiel a la cultura de Goethe y Beethoven, afirmando que Hitler y sus carniceros no eran Alemania. Combatió como voluntario en la Gran Guerra y se casó con una mujer 'aria', la pianista Eva Schlemmer. El matrimonio Klemperer estaba bien situado, tenía estatus social, una vivienda propia y un automóvil; todo ello le fue arrebatado como consecuencia de las disposiciones raciales cada vez más inhumanas y que, aparte del ejercicio de una profesión, prohibieron a los judíos poseer bienes inmuebles, desplazarse libremente por la ciudad, usar los transportes públicos, comprar en las tiendas e incluso tener animales de compañía. Por cierto, Klemperer escribiría sobre esta última disposición: 'Una de las crueldades de las que no habla ningún proceso de Núremberg y por la que levantaría un patíbulo alto como una torre para castigarla, aunque me costase la bienaventuranza eterna'.

A Eva se le ofreció la oportunidad de divorciarse de su marido 'impuro', pero ella prefirió compartir su suerte. Así es que las nuevas autoridades 'realojaron' al matrimonio en dos minúsculas habitaciones en una 'casa de judíos', junto a varias familias más de origen semita. Allí, sus miembros vivían en régimen de reclusión, privados de los derechos más elementales, teniendo que realizar trabajos forzados en distintas empresas de la ciudad y sometidos a vejaciones continuas por parte de la policía, que únicamente anhelaba una mínima transgresión de cualquiera de las decenas de leyes absurdas para enviar al infractor a un campo de exterminio.

Sin embargo, el tranquilo profesor, curioso observador de la realidad, contumaz escritor de trabajos filosóficos acerca de sus queridos pensadores de la Ilustración y paciente escritor de diarios, no perdió la sangre fría ni la capacidad de interesarse por su entorno. Día a día fue anotando como pudo las minucias cotidianas de la vida en la jaula del 'imperio', y ello aun a costa de su vida y la de su mujer, pues los judíos no debían poseer libros ni escritos privados.

De tales dietarios, compilados entre 1933 y 1945 y que próximamente publicará en España Galaxia/Círculo, procede en parte el material que conforma la obra que Minúscula edita ahora por primera vez en castellano, en esta magnífica traducción de Kovacsics. LTI data de 1947, año en que Klemperer, superviviente por azar junto a su esposa al aniquilamiento definitivo, fue rehabilitado como profesor. Se trata de una auténtica joya antitotalitaria centrada en el comentario y crítica del lenguaje dominante durante el Tercer Reich, esto es, de la retórica que impusieron los vencedores, los idiotizadores de masas, y que, en definitiva, fue la mejor propaganda para inocular sus ideas. Klemperer arremete fríamente, desmenuzándola en sus piezas fundamentales, contra aquella jerigonza que tan certeramente describió Sebastian Haffner como 'la jerga horrible que en cada uno de sus vocablos llevaba implícito un mundo entero de poderosa estupidez'.

Como filólogo que era, aquel amante de los clásicos de todas las épocas fue extremadamente sensible con la transformación sufrida por su querida lengua materna, repentinamente inundada de vocablos nuevos acuñados ad hoc o de términos anticuados a los que se otorgó un nuevo significado, cuajada de eslóganes y consignas que invitaban a lo mismo: a no pensar en absoluto o a secundar a pies juntillas la ideología impuesta por los nuevos estadistas.

En aquel régimen aborrecible, liderado por asesinos, las siglas de toda especie cobraron una importancia descomunal: era el signo más visible de la preponderancia de lo colectivo y de la falta de individualidad; había las 'SS', las 'SA', las 'JH', las 'BDM' (luego vendrían los 'KZ'), etcétera, pero sobre todo, observa Klemperer, operaba el sofocante 'LTI', la Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. Fue ésta la que de súbito impregnó todos los ámbitos de lo cotidiano: la radio desde la que escupía el Führer sus discursos de demente, los periódicos, convertidos en panfletos al servicio del partido, y el lenguaje del tendero de la esquina; todos cuantos vivían en Alemania se envenenaron con esas 'pequeñas dosis de arsénico' en que se transformaron las palabras y que a la larga fueron letales, verdaderos cómplices de las humillaciones y los asesinatos.

En un principio, mientras aún se le permitía vivir como ciudadano normal, Klemperer se negó a escuchar aquella abominación o a hojear un solo libro nazi; pero andando el tiempo, ante la evidencia del poder arrollador que cobraban las nuevas expresiones, la curiosidad filológica pudo más que sus escrúpulos y el despabilado profesor leyó incluso Mein Kampf, de Hitler, ('donde se predica la estupidez de las masas y la necesidad de mantenerlas en la estupidez'), así como cuanto panfleto nacionalsocialista caía en sus manos a fin de analizar aquella retórica infernal, aquel abismo de vacío idiomático que acabaría conformando una nueva visión del mundo. Klemperer descubrió que aquel lenguaje cargado de mentira era aceptado por la mayoría de las personas con absoluta naturalidad, impregnaba el habla cotidiana y conformaba las mentes de cuantos lo hablaban, lavándoles el cerebro tanto a víctimas como a verdugos. Así, incluso los propios judíos, cayeron presa de las novedosas concepciones y pronto hablaron el mismo idioma que los verdugos.

LTI tiene poco que ver con un intrincado tratado de filología para especialistas; es una obra amena, jugosa y rebosante de ironía que nos transporta a la oscura vida cotidiana del Reich a través de las palabras. Desde términos modestos como 'engranaje', 'sincronización', 'poner en marcha', hasta conceptos grandilocuentes como 'pueblo', 'raza', 'nación', 'conspiración judía mundial', 'guerra de los judíos', pasando por el análisis de otros conceptos como 'héroe', 'fanático', 'histórico', u observaciones acerca de la abundancia de superlativos, el modo de la puntuación, la adjetivación, etcétera, Klemperer elabora un impresionante breviario de la aberración lingüística al servicio de la ideología totalitaria usando la técnica de tomar palabras como protagonistas de pequeñas anécdotas extraídas de la vida real, lo que convierte a LTI en un trabajo de campo, cuyos resultados son asequibles para casi cualquier lector. Pero acaso lo más impresionante sea el retrato que elabora Klemperer a través de los clichés lingüísticos puestos en boca de todos, de aquella sociedad que fue capaz de secundar a un 'líder' loco y a su pandilla de asesinos megalómanos, a aquellos 'niños terribles que de repente se tornaron gigantescos en su poder y capacidad para el mal'.

Las Memorias de Albert Speer (1905-1981), arquitecto áulico de Hitler, destacan claramente esa faceta de seres inmaduros dotados de inmenso poderío que fueron los nazis y, sobre todo, el carácter de su cúpula de gobierno, pues abordan tanto los imponentes proyectos arquitectónicos del Reich, concebidos para perdurar 'eternamente', como la guerra mundial, emprendida por Hitler en su desmesurado afán imperialista de someter Europa y el resto de la tierra.

Publicado en 1961, el grueso volumen que compilase el ex jerarca nazi Albert Speer durante sus años de cautiverio en el penal de Spandau se convirtió de inmediato en un éxito de venta. Sin duda, interesaba sobremanera conocer las opiniones de quien fuera condenado en 1946, en el proceso de Núremberg, a 20 años de prisión, acusado como criminal de guerra. En España se editó en los años setenta en una versión mutilada y deficiente, recuperada ahora completa (con notas al pie y fotografías) por El Acantilado, y cuidadosamente revisada por Rosa Sala. Hoy, las Memorias, al margen de la antipatía que pueda suscitar su autor, quien sin duda se esfuerza en todo momento por mostrar su faz más agradable, perduran como uno de los documentos históricos más valiosos para acercarse a Hitler y a la corte de personajes histriónicos que lo rodeaba, pues Speer fue un testigo excepcional de la vida del tirano.

El brillante arquitecto, persona de notable inteligencia y talento, describe la realidad del Reich desde la cima más elevada: su visión es la del privilegiado habitante de un reino casi de ensueño que conscientemente prefirió evadirse de la realidad cotidiana de muerte y terror de aquel régimen sangriento al que servía, en aras de la satisfacción de sus ambiciones personales, centradas principalmente en su trabajo 'creador'. Speer se consideraba simplemente 'el arquitecto'; en un principio, 'no quería saber de política', hasta que, en 1942, asumió tareas de enorme responsabilidad al ser nombrado por Hitler ministro de Armamento. En competencia con Göring, planeó la economía bélica y, gracias a su empeño, mantuvo una fabulosa producción hasta el final de la guerra. En Núremberg se le acusó, precisamente, de que su sabia gestión hubiese retrasado el fin de la contienda en Europa, así como de haber empleado en las fábricas alemanas a miles de trabajadores esclavos.

El joven Albert Speer, vástago de una familia acomodada de la burguesía de Mannheim, terminó sus estudios de arquitectura en 1927. Casi de inmediato recibió un encargo que pudo haberle llevado a trasladarse por tiempo indefinido al reino de Afganistán, país en el que acaso hubiera hecho carrera como urbanista cortesano de no haber sido derrocado el soberano Aman Allah por un golpe de Estado, suceso que dio al traste con las ilusiones de quien ya se veía construyendo fabulosos palacios estilo Mil y una noches.

Al triunfar el nacionalsocialismo, Speer, inspirado por un 'olfato' bien distinto al de Haffner, se afilió al partido nazi, y poco después, gracias a algunos encargos menores hechos por Goebbels, trabó contacto con el arquitecto oficial de Hitler, Troost, y con el propio Führer, cuya personalidad le impresionó 'desde el primer momento'. Poco tardó en descubrir la debilidad que Hitler, en tanto que 'artista que no había podido llegar a serlo', sentía por la arquitectura. Speer se entendió de maravilla con el dictador; entre ambos proyectaron obras mastodónticas, destinadas para representar ante el mundo a un imperio que tendría que durar 'más de mil años'. Cuenta Speer que se sentía 'como Fausto, siendo Hitler su Mefistófeles'. Fallecido Troost, sería Speer, que tan sólo contaba 30 años, el único responsable de los proyectos arquitectónicos de Hitler: palacios particulares para los miembros prominentes del partido, cancillerías, inmensos estadios, extensas avenidas y arcos de triunfo gigantescos; todo salía de la imaginación del arquitecto, que sabía entusiasmar a Hitler con aquel tipo de construcción mastodóntica, plúmbea, elaborada con materiales pesados y bastos, como la piedra y el granito, destinados a perdurar por los siglos de los siglos.

Unido por lazos de amistad a su benefactor, Speer fue incapaz de disimular la simpatía que sintió hacia la parte afable que siempre le mostró Hitler. Al arquitecto se debe en gran parte el tópico, tan divulgado, del 'irresistible magnetismo personal del Führer'. En todo caso, el ambicioso colaborador, seducido por la posibilidad de llegar a ser un 'segundo Schinkel', el más célebre de los arquitectos prusianos del siglo XIX, prefirió ignorar siempre al dictador histérico, al demente que era capaz de encolerizarse como un chiquillo, arrojarse al suelo y, literalmente, 'comerse' de rabia las alfombras de su despacho.

Nada de ello priva de interés a los testimonios de Speer sobre la corte hitleriana. Son memorables las descripciones de la cursilería del 'cogollito' formado por los escogidos de Hitler durante sus estancias en la residencia de recreo de Berchtesgaden, donde las señoras charlaban de temas insustanciales cual amas de casa burguesas mientras el Führer comentaba con sus fieles películas americanas que acababa de ver en pase privado. Imprescindibles, también, los testimonios acerca de Göring, Bormann, Hess, Hoffmann o las apreciaciones acerca de la misteriosa amante del Führer, Eva Braun. Tampoco hay que despreciar las reflexiones de Speer acerca de las diferentes etapas de la guerra, e inolvidable resulta la narración trepidante de los acontecimientos acaecidos durante las últimas semanas antes de la capitulación, cuando Speer se opuso por primera vez en su vida a las órdenes de Hitler logrando impedir con su deslealtad que se llevase a cabo el siniestro plan del tirano, que pretendía nada menos que arrasar Alemania, destruir fábricas, puentes, minas, ciudades y aldeas antes que dejarlas en manos de los aliados, condenando a 'caer con él' a la población alemana.

Al pulcro Speer se le apodó después de su proceso 'el nazi bueno', en flagrante oxímoron. Manifestó que no supo nada de los crímenes contra la humanidad del nazismo hasta el último momento. Cuesta creerlo. Ello no impide que sus Memorias, sinceras o no, constituyan una lectura apasionante.

Sebastian Haffner

Se llamaba Raimund Pretzel. Era pasante en el Tribunal Imperial cuando los nazis llegaron al poder. Aunque no era judío, se exilió en Gran Bretaña en 1938. Tomó su seudónimo de la Sinfonía Haffner, de Mozart, para evitar que su familia fuera represaliada en Berlín. Regresó a Alemania en 1954, donde ejerció como polémico analista. Tras su muerte en 1999 se descubrió el original de Memorias de un

alemán.

Victor Klemperer

Hijo de un rabino y primo del director de orquesta Otto Klemperer, este profesor de la Universidad de Dresde perdió su puesto debido a leyes que impedían a los judíos desde ejercer su profesión hasta usar los transportes públicos.

Escribió unos célebres diarios de los que procede el material de LTI, Lingua Tertii Imperii.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 28 de noviembre de 2001.

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