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Tribuna:

Por un Estado palestino viable

El autor sostiene que para erradicar los auténticos terrorismos se debe solucionar el conflicto árabe-israelí

El pasado viernes -sagrado para los creyentes, segundo del muy respetado y exigente Ramadán- cien mil devotos musulmanes se congregaron en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. En septiembre de 2000 el lugar adquirió triste fama por haber sido profanado cuando Ariel Sharon, aún no primer ministro, acudió a ella, innecesariamente acompañado de varios miles de policías israelíes. Septiembre de 2000 conoció los primeros palestinos abatidos a tiros de un levantamiento popular (Intifada Al Aqsa, por la mezquita de tal nombre) que hoy ha alcanzado la cifra de mil personas, una minoría de ellas israelíes.

El pasado viernes, esas decenas de miles de fieles tenían en mente a sus centenares de caídos y muy especialmente a los cinco hermanos, de entre 6 y 14 años, despedazados por una mina colocada por el Ejército israelí en su ruta al colegio en Gaza, territorio supuestamente autónomo bajo el igualmente supuesto control de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Esos miles de palestinos, al igual que varios millones de compatriotas que sobreviven en los territorios seudoautónomos, en los directamente ocupados por Israel o en la diáspora en el extranjero, están crecientemente embargados de odio (que, a la vista de cómo están las cosas, tardará generaciones en diluirse), pero también de hastío, frustración, indignación, desencanto y escepticismo hacia lo que durante algún tiempo pudo denominarse proceso de paz. Muchos otros millones de árabes y musulmanes en el mundo -generalmente ignorados y despreciados por Occidente- comparten esos sentimientos. Están desengañados de llevar décadas escuchando promesas incumplidas por ese mundo occidental que en realidad los considera con displicencia. No es el momento de realizar un análisis en profundidad, pero sí de resaltar varios puntos clave. Uno: si nuestro mundo quiere erradicar los auténticos terrorismos (al estilo Bin Laden), debe solucionar urgentemente el conflicto árabe-israelí. No es preciso sostener que dicho conflicto es la causa de esos terrorismos, pero sin resolverlo la batalla será imposible. Dos: ha tardado en reaccionar, pero Bush parece haberlo entendido así. Aunque sin entusiasmo ni concreción, habla por fin de un Estado palestino. En su reciente discurso, su ministro de Exteriores, Colin Powell, fue algo más allá, aunque sin propiciar un plan de acción. También Sharon propone "conceder" a los palestinos una serie de dispersos retales geográficos que hacen inviable un Estado. Por otro lado, está por ver si no aparecerán entre Bush y Powell las irreconciliables diferencias que existen entre Sharon y su ministro de Exteriores, Peres. Tres: es obvio que Sharon -que de boquilla acepta el famoso Plan Mitchell- bloquea su puesta en marcha. Lo hace porque se aferra rígidamente al imperativo de ausencia de violencia durante una semana (primera fase del plan) y evalúa unilateralmente cuándo hay violencia (palestina, claro) y cuándo no. Es clave prescindir de esa condición si se quiere avanzar hacia la paz no sólo, como ha dicho Javier Solana, porque empeñarse en siete días de paz absoluta es una estupidez, sino sobre todo porque, como manifiesta el líder laborista Yossi Beilin, es una estratagema calculada precisamente para evitar que se reanuden las conversaciones de paz. Y cuatro: es fundamental asumir que a Sharon no le interesa la paz; tan sólo la pacificación y la sumisión de los palestinos a condiciones políticas y humanas manifiestamente injustas, lo que imposibilitaría, obviamente, una paz y coexistencia genuinas. El propio Sharon se encargó de difundirlo en abril pasado en el diario Haaretz: "La guerra de la independencia no ha terminado. 1948 no fue sino el primer capítulo... No, no existe un nuevo Sharon. No he cambiado". ¿Se requiere mayor claridad?

Conclusión: vengo sosteniendo que interesa a los propios israelíes contar con un verdadero Estado palestino con el que negociar, de Estado a Estado, los diversos asuntos que hacen peligrar la seguridad y la dignidad de las presentes y futuras generaciones de ambos pueblos. Una causa importante de la ineficacia y de la corrupción que padece la actual Autoridad Palestina es que no es propiamente un Estado y que, en parte, sigue siendo un movimiento de liberación carente de verdaderos atributos estatales. Una encuesta israelí reciente (Maariv, 23-11-01) revela que, a pesar de los pesares, el 59% de la población apoya la creación de un Estado palestino. El presidente del Parlamento palestino, Abu Ala, ha recordado que Europa se pasa la vida pidiendo más influencia en Oriente Próximo, pero que la influencia no se pide, se gana. La UE debe presionar de una vez por todas para lograr un Estado palestino viable.

Coda iraquí: cuando redacto estas líneas se hace público que Israel se pone en estado de alerta ante la posibilidad de que Estados Unidos ataque a Irak. Preocupante noticia. No hay comparación con Afganistán. Ni en las razones para atacar ni en la resistencia que encontrarían los atacantes. La postura inteligente consistiría en lograr una resolución ONU -con apoyo de Putin, que últimamente se muestra muy colaborador con Occidente- para que, en condiciones dignas para las partes, se realizase una inspección eficaz de posibles actividades ilegales iraquíes relacionadas con armas prohibidas. Tras el 11 de septiembre y los acontecimientos de Afganistán, la amenaza del uso de la fuerza puede dar mejor resultado que esta misma. The Guardian decía el pasado día 27 que "los estadounidenses quieren la guerra contra Irak y no podemos pararlos". Habría que intentarlo. El gatillo fácil -tan acendrado en EE UU y, afortunadamente, lejos de la cultura europea- podría perjudicarnos a todos.

Emilio Menéndez del Valle es diputado socialista en el Parlamento Europeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de noviembre de 2001