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EE UU busca a sus muertos y declara la guerra a los asesinos

Bush: 'Ha sido un acto de guerra'.- El presidente de EE UU dice que el país demostrará al mundo 'que no puede ser derrotado'

El presidente George W. Bush anunció ayer que Estados Unidos había entrado en guerra "contra un enemigo que intenta esconderse, pero no podrá ocultarse siempre". Éste es el comienzo, afirmó, de "una monumental lucha entre el bien y el mal". Esta vez, el mensaje presidencial fue muy duro, similar al emitido por el secretario de Estado, Colin Powell, y por los principales líderes parlamentarios del país. Todos ellos hablaron de "guerra". Los preparativos de una operación militar contra objetivos aún no especificados se reflejaron en los esfuerzos de Bush y Powell por forjar una coalición que incluya, además de la OTAN, a Rusia y a algunos de los países árabes, y cuente también con la aquiescencia de China.

"Éste es el comienzo de una monumental lucha entre el bien y el mal", afirma el presidente en su discurso

Bush habló ayer con Tony Blair, Vladímir Putin (Rusia), Jiang Zemin (China) y Jacques Chirac (Francia), los máximos dirigentes de los otros cuatro países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Powell contactó con gobernantes de otros países. El objetivo, según el secretario de Estado, era empezar a "construir una coalición internacional contra el terrorismo". Ese objetivo global es compatible con otro, más concreto: recabar apoyos para el momento en que EE UU emprenda una futura operación militar que Bush, según el ejemplo de su padre en la guerra del Golfo, prefiere realizar dentro de una alianza más o menos amplia.

La población de EE UU exige una reacción rápida. El país alimenta una ira sorda, que crecerá conforme se conozca la magnitud de la tragedia y afloren los detalles más emotivos del inmenso infierno creado por el ataque. Los ciudadanos claman venganza, y eso es lo que les promete Bush.

El ataque ha provocado una tremenda reacción de patriotismo, reflejada de muchas formas: desde la colocación por doquier de banderas con las barras y las estrellas, hasta la donación de sangre en grandes cantidades o la aparición de miles de voluntarios para ayudar en lo que haga falta. La Casa Blanca subraya una y otra vez que los riesgos han disminuido, pero la amenaza terrorista persiste, lo que contribuye a galvanizar el sentimiento colectivo. Con ese estado de ánimo, en el que se mezclan el dolor, el orgullo, el miedo y el ansia de un castigo terrible para los responsables, intentó conectar ayer el presidente.

"Unido en su resolución"

Lo ocurrido el martes, dijo Bush, fue "más que un acto de terror. Fue una acción de guerra". "Eso requiere que nuestro país permanezca unido en su resolución. La libertad y la democracia están siendo atacadas", añadió. "Lo que los americanos deben saber", siguió, "es que nos enfrentamos a un enemigo distinto a todos los anteriores. Este enemigo se oculta en las sombras y desprecia la vida humana. Este enemigo intenta esconderse, pero no podrá ocultarse siempre. Este enemigo cree que sus refugios son seguros, pero no lo serán siempre. Este enemigo ha atacado no sólo a nuestro pueblo, sino a todos los pueblos amantes de la libertad".

El presidente ya advirtió, en su alocución del martes por la noche, que no haría distinción entre los terroristas y los países que les presten apoyo directo o indirecto. Esa fue una amenaza dirigida al régimen talibán que controla la mayor parte de Afganistán y ha acogido durante largo tiempo al millonario saudí Osama Bin Laden, para el caso de que se probara que éste es responsable de haber dirigido la operación de secuestro de los cuatro aviones y su lanzamiento contra Nueva York y Washington.

EE UU buscará, según Bush, el apoyo el de la comunidad internacional y utilizará "todos sus recursos para vencer al enemigo". "Seremos pacientes; esta batalla", admitió, "nos costará tiempo y determinación, pero que nadie se equivoque: venceremos. Éste será un monumental combate del bien contra el mal, y el bien prevalecerá".

Bush pidió ayer por la mañana al Congreso que autorice el uso ejecutivo de recursos financieros "para gastar lo que haga falta en las tareas de rescate, en la ayuda a los ciudadanos de Nueva York, en responder a esta tragedia y en proteger la seguridad nacional". La respuesta de los parlamentarios fue incondicional. Tom Daschle, jefe de la mayoría demócrata en el Senado, aseguró que Bush dispondría de "todos los recursos necesarios". El líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Richard Gephardt, expresó la determinación de "demostrar al mundo que EE UU no serán derrotados por nadie". El senador republicano John McCain, que disputó a Bush la nominación como candidato presidencial, utilizó las palabras "furia controlada" para describir el estado de ánimo del país. El senador demócrata Joe Lieberman, candidato a la vicepresidencia con Al Gore, declaró que el Congreso se sentía en guerra. "Un acto de guerra ha sido cometido contra nosotros. Es, además, un crimen de guerra. Y creo que, efectivamente, el Congreso va a declarar la guerra abierta al terrorismo", dijo. Las dos cámaras del Congreso aprobaron ayer por unanimidad una resolución en la que se declaraba una jornada nacional de luto por las víctimas de la agresión y en la que senadores y representantes se comprometían a otorgar al presidente los recursos necesarios para "erradicar el terrorismo".

Colin Powell se expresó también en términos bélicos. "Los estadounidenses", dijo, "entienden claramente que esto es una guerra. Así es como lo ven. No se puede ver de otra forma, sea legalmente correcto o no". Añadió que él, personalmente, también percibía la situación como "una guerra". "Tenemos que responder como si fuera una guerra. Tenemos que responder sabiendo que esto no se resolverá con un simple contraataque contra un individuo determinado. Será un conflicto largo".

Colin Powell indicó que el mundo no debía esperar "una respuesta discreta". "El problema no es una sola organización, sino una red de organizaciones", y "para librarnos de esa plaga", siguió, hará falta "un ataque múltiple en todas las dimensiones: diplomacia, Ejército, espionaje, policía..." Powell, como Bush, anunció que la "guerra" sería larga: "El terrorismo ha estado entre nosotros durante mucho tiempo, y tomará mucho tiempo desarraigarlo".

El 'Air Force One' era un objetivo

Franklin Roosevelt supo canalizar la ira provocada por el ataque japonés a Pearl Harbor; Jimmy Carter se hundió por la crisis de los rehenes en Irán, y Bill Clinton salvó una presidencia que naufragaba con su reacción tras el atentado de Oklahoma City. La devastación del 11 de septiembre marca el punto crítico del mandato de George W. Bush, a sólo ocho meses de su juramento como presidente de EE UU. El éxito o el fracaso, y casi todas las posibilidades de reelección, dependerán de cómo asuma Bush el liderazgo en una situación de terrible emergencia nacional. La educación y el escudo antimisiles han quedado olvidados en el cajón. Incluso la economía, absolutamente prioritaria hasta el lunes y que sufrirá sin duda un grave empeoramiento a consecuencia del ataque, es ya un asunto secundario. El momento pide inspiración y reflejos para devolver a los estadounidenses la tranquilidad, la seguridad y el sentimiento de que se hace justicia. El reto, de dimensiones extraordinarias, marcará la talla de Bush como estadista. La reacción inicial no resultó prometedora. Bush desapareció demasiado tiempo durante la jornada del desastre. Había que garantizar su seguridad personal, es cierto (ayer hubo confirmación por parte de la Secretaría de Estado de que el avión que se estrelló contra el Pentágono pretendía impactar contra la Casa Blanca o el avión presidencial, el Air Force One), pero sus dos mensajes ante las cámaras fueron planos y ligeramente dubitativos, y su solemne alocución nocturna careció de la profundidad emotiva que le habrían conferido sus antecesores Ronald Reagan o Bill Clinton. Roosevelt no trabajaba ante las cámaras de televisión; Bush sí lo hace, y el público pide inmediatez; quiere sentir la presencia constante del jefe en momentos críticos como los actuales. Ya concluidas las horas de máxima emergencia, el martes por la tarde, cuando el avión presidencial regresaba ya a Washington, Bush dejó pasar la oportunidad de aterrizar unos momentos en algún aeropuerto de Nueva York para ofrecer su apoyo a la ciudad más afectada por el horror. Habrían bastado una parada de 10 minutos y unas palabras al pie del Air Force One; todos los neoyorquinos, y muchos estadounidenses, hubieran agradecido ese momento de cercanía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de septiembre de 2001

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