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ELECCIONES EN ITALIA

Dos Italias ante las urnas

Además de una acentuada división entre izquierda y derecha, subsisten grandes diferencias sociales

Italia llega dividida a las elecciones que hoy enfrentan al candidato de la derecha, Silvio Berlusconi, y a Francesco Rutelli, líder de El Olivo. Pero, al margen de la separación ideológica, no tan clara puesto que las dos opciones políticas presentan programas similares, enfocados en el voto de las clases medias, lo que subyace es una clara división entre el norte y el sur. La sexta potencia económica se asienta sobre el norte. Pero además esta región es la que acapara la vida política, con más representantes, y la mediática, ya que sus noticias tienen mayor difusión. Mientras, el comisario Mario Monti ha reprochado a los italianos no haber sabido aprovechar los fondos de la UE para levantar el sur.

Los modelos de teléfono móvil se renuevan a ritmo vertiginoso en las tiendas italianas. Las colecciones de ropa en las boutiques duran poco más de tres semanas. Por no hablar de la velocidad con la que un modelo de gafas de sol queda irremisiblemente superado por un nuevo diseño. Los italianos, amantes de la belleza -o simplemente de 'lo vistoso', como dice el fotógrafo-provocador Oliviero Toscani-, no escatiman a la hora de lucirse o disfrutar de los placeres asequibles al bolsillo nacional.

Pero por debajo de esta máscara suave, de esta apariencia de placidez mundana, palpita un país de fuertes contrastes que afronta con poco entusiasmo su futuro y el papel que le espera en Europa y en el mundo. Un país que llega a las elecciones de hoy profundamente dividido entre los partidarios de Silvio Berlusconi, candidato de la derecha, y los de Francesco Rutelli, líder de El Olivo.

'Más que una consulta electoral se diría que la cita es un ajuste de cuentas entre enemigos'. Con estas palabras definía la tensión que ha precedido a las elecciones generales Ilvo Diamanti, editorialista del diario económico Il Sole 24Ore. Un panorama que emerge de los datos de un amplio sondeo realizado por el diario hace unas semanas para chequear las relaciones entre los italianos y el Estado que concluía con un dato claro: la sociedad italiana sigue confiando más en la familia, como núcleo en el que apoyarse, que en las instituciones del país, joven como es, con poco más de un siglo de historia.

Crispación

La encuesta dejaba al descubierto otro hecho preocupante: Italia acude a las urnas profundamente dividida. Casi la mitad de las personas consultadas consideraban que una victoria de la coalición contraria a la suya pondría en peligro la democracia. Esta crispación aumentará seguramente la abstención, pues dificultará la capacidad de elegir de los indecisos.

Con independencia de las similitudes entre los programas de las dos grandes coaliciones, que han hecho campaña con la mirada puesta en el voto de las clases medias, los italianos siguen creyendo firmemente en la izquierda y la derecha, lo mismo que los políticos que les representan. Y, sin embargo, el país que elegirá hoy en las urnas al Gobierno número 58 desde el final de la II Guerra Mundial no puede interpretarse sobre la base de unos esquemas que se han visto profundamente transformados en los últimos 20 años. Más que izquierda y derecha, en Italia, siguen contando los puntos cardinales, es decir, el Norte y el Sur.

La sexta potencia económica mundial se asienta sobre el sólido pilar del norte, donde sólo una región, la Lombardía, genera el 30% del PIB nacional. De los 630 diputados de la Cámara baja que eligen hoy los italianos, 98 le corresponden a esta región, la más poblada del país. Se comprende que los votos del norte (donde hay otras regiones importantes como Piamonte y el Véneto) cuenten tanto, hasta el punto de ser determinantes en el resultado electoral de hoy. En el sur vive el 36% de la población (21 millones del total de 57 millones de italianos) y el PIB de la zona es un tercio inferior a la media europea, frente al del norte, que lo supera ampliamente (es del 120%).

Entre Milán, uno de los motores esenciales de la locomotora italiana, y Roma, la capital política, circulan a diario una docena de trenes rápidos y otros tantos aviones. Después de todo, el palazzo de la política y el de los negocios se miran con cierta desconfianza, pero están obligados a entenderse. Otro tanto vale para capitales como Bolonia o Florencia, situadas sobre la misma línea férrea y dentro del perímetro de la Italia rica -en este caso, inclinada al centro-izquierda-.

Pero si el viajero quiere llegar a Taranto, una ciudad de la Apulia, en el sureste, se dará de bruces con otra realidad bien distinta. Sólo hay un tren diario que parte de Roma y llega muchas horas después a su destino. Tampoco Calabria, otra región del sur, tiene un servicio apreciable de trenes rápidos ni recibe a muchos políticos de Roma, salvo en tiempo de elecciones. Prácticamente todos los candidatos han visitado esta región y han prometido obras de infraestructura y más trabajo. No es que en el norte no haya problemas,-por ejemplo, Turín, la ciudad de la Fiat, tiene en estos momentos, un paro del 10%, ligeramente superior a la media nacional-, ni que no exista alguna que otra bolsa de pobreza, pero la mayor parte de los siete millones de pobres que existen en Italia, viven en el sur, donde el desempleo alcanza el 20%, al menos sobre el papel. La realidad es más compleja, de ahí que los dos candidatos que se disputan hoy la presidencia del Gobierno italiano hayan hecho hincapié en las facilidades para hacer aflorar la economía sumergida, que en Italia da empleo a cinco millones de personas y es particularmente importante en el sur.

Por más que se hable a diario del mezzogiorno (literalmente, mediodía, la palabra con la que se denomina al sur de Italia) y se prometan iniciativas e inversiones, el sur lleva su propia vida, un poco autista. Cualquier suceso de los que sobresaltan de vez en cuando al norte del país (ya sea un secuestro de empresario, un atraco a mano armada o un robo con asesinato) acapara las primeras páginas de los diarios y los titulares de los informativos de televisión.

No ocurre lo mismo con los sucesos del sur, que obtienen casi siempre un espacio secundario en los medios de comunicación. El perfil del delito tipo cambia también, porque el sur parece dominado por aguatos mafiosos y ajustes de cuentas entre delincuentes en plena calle.

Y cambian las prioridades. A principios de año, más de un centenar de pueblos y pequeñas ciudades de Campania (la región a la que pertenece Nápoles) quedaron enterrados literalmente por montañas de basura cuando hubo que cerrar dos vertederos de la zona, completamente saturados. Ni en Campania ni en Apulia existen plantas de tratamiento de residuos, y el vertido sobre el terreno ha contaminado algunas áreas. Durante semanas, un zona donde viven más de 100.000 personas se vio invadida por la inmundicia. En un par de localidades hubo que cerrar escuelas y comercios, y sólo entonces, cuando la emergencia alcanzó su techo, la noticia mereció especial relieve en la prensa y en las cadenas de televisión.

En vísperas del comienzo de la campaña electoral, el comisario europeo de la Competencia, el italiano Mario Monti, reprochó a los poderes públicos no haber sido capaces de utilizar los fondos estructurales de la Unión Europea para desarrollar el mezzogiorno. 'El hecho es que la distancia en términos de desarrollo entre el sur de Italia y el resto del país se mantiene igual a la que existía en los años cincuenta', se lamentaba Monti, pese a las ayudas concedidas a la zona, que desde 1950 ascienden a 60 billones de pesetas.

El comisario de la Competencia reconocía también que en Italia habían funcionado criterios demasiado simplificadores para describir el sur. 'Hay zonas del mezzogiorno que han mostrado un gran dinamismo económico, son zonas a las que no han llegado los incentivos públicos', decía. 'Los incentivos han sido a veces dañinos'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de mayo de 2001