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El nuevo libro de Jorge Semprún obtiene en Francia una formidable acogida de la crítica

El escritor vuelve al campo de concentración de Buchenwald en 'Le mort qu'il faut'

Bajo una forma distinta, pero siempre contada desde la primera persona y presidida por la voluntad de rememorar, el escritor revisitaba en sus libros anteriores su adolescencia y juventud parisina, así como sus meses en el campo de concentración de Buchenwald. Como en sus otras obras, Jorge Semprún (Madrid, 1923) es otra vez un personaje en el que la cultura se hace vida, ayuda a vivir, a sobrevivir. Frente a Meiners, por ejemplo, un delincuente que vive de los favores que presta a las SS, el buen alemán de Semprún, sus citas de Kant, sirven para desarmar una vanidad peligrosa.

La buena acogida que está cosechando en Francia el libro ya se concretó en las palabras del periodista Bernard Pivot que, como quien no quiere la cosa, dio a entender la pasada semana durante su estancia en España que 'el mejor escritor español ha escogido el francés como idioma literario'. 'Se llama Jorge Semprún', declaró Pivot en Barcelona. En cualquier caso, de lo que nadie duda es de que Semprún es el escritor español contemporáneo mejor anclado en la cultura y en la historia europeas. Su nuevo libro, Le mort qu'il faut, que publicará Tusquets en España el próximo mes de mayo, viene a confirmarlo, o, mejor dicho, a recordarlo.

El suyo es un anclaje militante y, por consiguiente, doloroso. Semprún luchó en la Resistencia francesa, estuvo preso en Buchenwald, combatió el franquismo como militante comunista clandestino, rompió con el comunismo cuando a muchos aún les parecía la mejor arma contra Franco, participó en el invento de un cine político de nuevo tipo y, sobre todo, ha escrito recordando cada uno de los momentos de su experiencia. La familia y la España republicana forman parte de la infancia perdida, de un paraíso fundacional de banderas tricolores colgadas en el balcón por una madre que desafía sonriente a un vecindario monárquico. Luego, Semprún ya es el protagonista de su vida.

La doble nada

Le mort qu'il faut es un nuevo capítulo de este espejo que Semprún pasea por su pasado. En él hallamos a François, un estudiante de latín agonizante en un camastro de Buchenwald y del que Semprún, en peligro, debe adoptar la personalidad. 'Viviré bajo su nombre y él morirá bajo el mío'. Antes de expirar, François se despide: 'Post mortem nihil est ipsaque mors nihil'.

En su momento, Jorge Semprún sólo oye el doble nihil, esa doble nada, y no será hasta cincuenta años más tarde, al traducir Las Troyanas, de Séneca, cuando pueda reconstruir la integridad de lo musitado en el camastro concentracionario: 'Tras la muerte no hay nada y la muerte misma no es nada'.

François, de haber sobrevivido, hubiese escrito sobre su paso por Buchenwald; Semprún empezó a hacerlo a través de Le grand voyage. En el campo alemán los altavoces desgranaban canciones de Zarah Leander que tenían insospechadas virtudes eróticas entre algunos compatriotas de Semprún que, el año 2000, oye de nuevo esas canciones, entonadas por Ingrid Caven, en el teatro Odéon. Un libro de Faulkner, una edición de Abasalón, Abasalón, está en la biblioteca del campo y nuestro autor la reencuentra en 1999 en el domicilio de Hans Magnus Enzensberger. El recuerdo viaja, el narrador va y viene, deja que sus evocaciones divaguen, que incluyan otros personajes y situaciones, que descubramos que si sus camaradas de partido andan buscándole un muerto es porque alguien, desde Berlín, se ha interesado por él. Lequerica, requerido por el padre del Semprún, es quien hizo ese gesto amistoso visto como inquietante. Las dos Españas, las dos maneras de ver la realidad, el interminable juego de espejos, de la misma manera que José María de Semprún Gurrea se preocupa por el silencio epistolar de su hijo y el padre de François, un intelectual colaboracionista, condena el suyo al silencio.

Cultura y voluntad

La crítica francesa ha brindado una formidable acogida al nuevo libro de Semprún. En Le Point, el también escritor Marc Lambron evoca a Malraux cuando decía que 'ser hombre consiste en transformar la experiencia en consciencia' y asegura que el libro 'recuerda también que se trata de transformar una cultura en voluntad'. Los versos de Lorca, Miguel Hernández o Machado sirven para ducharse, para sacarse de encima la rabia, citar a Rimbaud permite comentar con pertinencia impertinente ciertas situaciones, recordar en alta voz a Goethe le devuelve al alemán, al idioma y a todo un pueblo, lo que los gritos de los soldados nazis intentan arrebatarle.

El novelista Jérôme Garcin, en Le Nouvel Observateur, escribe que 'nunca la voz de Semprún fue tan pura, tan grave, tan luminosa como en ese relato en el que la prosa aparece en carne viva y en el que encontramos, sin lamentaciones, una meditación sobre el silencio de Dios'.

Contra la memoria única

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de abril de 2001

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