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COLUMNA

El Verdes

En la antesala del Consejo de EL PAÍS hay un cuadro de José Luis Verdes que para él simbolizaba la incomunicación de nuestro mundo y para mí el destino irreparable de todo periodista: someterse al tribunal de la opinión pública. En la sala misma de reuniones, unos cuantos retratos (el padre Llanos, Marsillach, Ramoncín, Areilza) recuerdan su actividad fecunda como ilustrador de entrevistas y reportajes. En el despacho que yo ocupo en el periódico, un atril sujeta el estuche con sus grabados del 23-F, obra maestra que combina la fuerza estética con la denuncia política como muy pocos otros pintores han sido capaces de hacerlo en nuestra España democrática. Y aquí y allá, traspapelados en los cajones o guardados primorosamente en las carpetas de la gente, cientos de dibujos, ilustraciones, dedicatorias y recordatorios de José Luis habitan las paredes de este diario, cuya historia no se puede contar verdaderamente sin citar su influencia, no sólo estética, sino primordialmente humana, sensual y entrañable, sobre el equipo que lo fundó y sobre el espíritu inconformista que lo engendró. De modo que yo podría limitarme a escribir la elegía de un estrecho colaborador de esta casa, dejando para otros el juicio crítico y la alabanza de su obra pictórica, merecedora de dos grandes premios de las bienales de São Paulo y Alejandría. Pero me traicionaría a mí mismo, y traicionaría al lector, si ocultara que sobre todas esas cosas, al margen y por encima de ellas, por interesantes y definitorias que resulten de su personalidad, José Luis Verdes era mi amigo, probablemente el mejor que he tenido nunca, aunque quizás él se haya ido sin saberlo del todo, sin que yo se lo supiera expresar, por culpa de mi enteco carácter mesetario.

Con José Luis Verdes se marcha un apasionado de los fundamentos, un creador esencial, recio, inquietante, comprometido consigo mismo y con los demás

Es, precisamente, esa intimidad excesiva, de casi cuarenta años, en los que a ratos hubo distanciamientos, pero nunca disputas ni discrepancias serias, lo que me inhabilita a la hora de ponderar el peso indudable que la obra de Verdes tendrá en los manuales y en los archivos de nuestro arte y nuestra cultura. Pero me convierte, en cambio, en testigo privilegiado de la vida de José Luis, al que he visto luchar contra sí mismo innumerables veces en el aislamiento de su estudio, y con el que he disfrutado en los paseos por el campo de Andalucía, o en las divagaciones de las tertulias noctívagas en su casa, que acogieron a gran cantidad de redactores de EL PAÍS durante los años primeros de la transición política. El contacto con su existencia, con su manera de hacer, fue para mí el mejor ejemplo de cómo se viven, para bien o para mal, las dos condiciones inevitables de todo acto de creación artística: la soledad y la diferencia. Que Verdes era diferente, a veces hasta la exasperación de algunos de los que le rodeaban, saltaba a la vista. Pero era en cambio casi imposible descubrir su faceta de solitario profundo, atormentado, tan dramáticamente palpable en muchos de sus cuadros, cuando todo en él resultaba simpatía humana, aproximación al otro, solidaridad.

Hace tres meses me llamó y me dijo:

-Tengo un cáncer y me muero. No me quejo, sólo me preocupa el dolor. He tenido una buena vida.

Desde las navidades se había puesto a esperar el tránsito con una serenidad propia de los grandes hombres, salpicada siempre por su inmarchitable sentido del humor. Su única preocupación era terminar la última obra en la que estaba enfrascado, un montaje impresionante, nuevamente sobre la incomunicación de nuestras sociedades, que combina elementos de aquel otro que le dio el triunfo en Brasil y en el que se recreaba el mito de la caverna platónica. Felizmente la concluyó hace bien pocos días, aunque él pensara que faltaban algunos matices. Siempre faltan matices en la obra y en la vida de un artista, pero con José Luis Verdes se marcha un apasionado de los fundamentos, un creador esencial, recio, inquietante, comprometido consigo mismo y con los demás, poseedor, al tiempo, de una burlona mirada sobre su entorno, que combinaba, como buen ejemplar de la generación de los sesenta, con su permanente protesta contra el poder. Fue un hombre capaz de transformar la realidad, de descubrirla, de reinventarla sin fronteras, sin miedos ni límites, actitud que le llevó, en pleno franquismo, a exponer en Finlandia un retrato de Franco travestido, al que él y yo llamábamos tía Paca, y que a punto estuvo de costarle unos cuantos años de cárcel. Pero, sobre todo, fue un hombre bueno, honesto, leal y divertido, un hombre de una pieza, que se atrevió a no sacrificar su vida privada a sus triunfos profesionales. Más que por nada, a José Luis le gustaría que le recordaran por eso. El mundo será peor sin él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de marzo de 2001