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Reportaje:

Y ahora, contra las estatuas

El jefe supremo de los talibán ordena la destrucción de todas las valiosas figuras preislámicas de Afganistán

Barcelona / Kabul

Los talibán, los fanáticos guerreros y santones islámicos que rigen con despiadada mano de hierro la mayor parte de Afganistán, no tienen suficiente con aplicar su violencia sobre las personas. Ahora van a por las estatuas.

El jefe supremo de los talibán, el mulá Mohamed Omar, que gusta envolverse en un manto que se dice perteneció al mismo Mahoma, ha ordenado la destrucción de todas las estatuas del país, incluidas las de épocas preislámicas, en virtud de una interpretación estricta del Corán según la cual las representaciones de los seres humanos van contra la religión. Los talibán han prohibido ya fotografías y pinturas de gente. Incluso las muñecas están fuera de la ley.

La decisión de la Corte Suprema del emirato islámico pone en peligro un patrimonio muy valioso, aunque en general poco conocido en Occidente. Especialmente dramática es la amenaza que pende sobre las dos mayores estatuas de Buda del mundo, que se encuentran en las montañas del centro del país.

Afganistán ha sido históricamente un lugar de paso permanente entre Asia central, la India, Extremo Oriente y Oriente Próximo. El país está en posesión de importantes yacimientos que arrancan desde el paleolítico, y destaca en tesoros arqueológicos de la edad del bronce (cuando Afganistán disfrutó de una posición de intermediario en el comercio de lapislázuli), de la edad del hierro, momento en que la región entró en la órbita del imperio persa aqueménida (parte del actual Afganistán conformó, tras la conquista de Ciro II en la sexta centuria antes de Cristo, las satrapías -provincias- imperiales de Aria, Bactria, Sattagydia, Arachosia y Drangiana) y de la época helenística.

Con la conquista del imperio persa por Alejandro Magno, el país recibió la influencia griega y los soldados del conquistador incluso fundaron ciudades como la de Ay-Khanom (Dama Luna), al norte, que incluía un teatro y un gimnasio y que fue excavada hasta 1977 por una misión francesa.

No obstante, el patrimonio arqueológico más sensacional de Afganistán seguramente sea el de arte budista; en especial las dos gigantescas estatuas de Buda de Bamiyan, de 53 y 35 metros, respectivamente, en las que se produce una extraña y fértil fusión entre la iconografía india y las influencias persa y griega (los rasgos son budistas clásicos del subcontinente, pero el atuendo es helénico).

Las estatuas de Bamiyan, en el Hazarajat, el corazón del país, por donde cruzaba antiguamente la ruta de la seda, se encuentran en grandes nichos en las montañas de la zona (a la manera de las célebres grutas chinas de Mogao), están talladas en piedra arenisca y forman parte de un complejo de capillas y santuarios budistas excavados en la roca en los siglos III y IV de nuestra era, cuando dominaban Afganistán los kushan, una tribu nómada de Asia central que se erigió en patrona de las artes y de la religión, permitiendo -y aprovechando- el tráfico de bienes e ideas entre Oriente y Occidente.

Las viejas esculturas, que testimonian el impacto del budismo -llevado por los peregrinos indios camino de China-, han sufrido ya ataques de los talibán: tras la caída de Bamiyan en sus manos en 1998, según explica Ahmed Rashid en su obra de referencia sobre el movimiento (Los talibán. El islam, el petróleo y el nuevo gran juego en Asia central, Península), dinamitaron la cabeza de la estatua más pequeña y lanzaron cohetes contra su entrepierna.

El decreto contra las estatuas coincide precisamente con la visita a Kabul de una delegación occidental, en la que figuran miembros de la Sociedad para la Preservación del Patrimonio Cultural de Afganistán, para investigar la destrucción de obras de arte del museo de la ciudad. Según diversas informaciones, los talibán habrían destruido una docena de esculturas y estatuas del museo nacional, entre ellas un Buda de dos mil años. Las autoridades del régimen talibán han negado repetidamente hasta ahora cualquier destrucción de bienes del museo, que está cerrado desde 1992, cuando la mayor parte de sus colecciones fueron objeto de pillaje por las facciones afganas que se disputaban la capital en plena guerra civil.

Pero los hechos demuestran que los talibán juzgan enemigos los testimonios no islámicos del pasado. Y a los enemigos los aplastan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 27 de febrero de 2001