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Tribuna:Liber 2000

En defensa del libro

Hay una forma de hacer política que busca el aplauso fácil, la rentabilidad inmediata, el halago hipócrita al votante. Los gestores del corto plazo tienen una confianza desmedida en la suerte y en la acción del tiempo sobre la memoria, que acaba borrando las huellas de cualquier decisión temeraria. Calculan, además, que si la fortuna no les acompaña y los efectos perniciosos de su acción se manifiestan antes de lo deseable, siempre podrán sembrar confusión dirigiendo las culpas al antagonista político, además de invocar la coyuntura internacional o la escasa conciencia cívica del ciudadano. Tal es el modelo que desde hace años rige las actuaciones del Partido Popular y que, punto por punto, aplica ahora al decretar el fin del precio fijo de los libros de texto. Aparentemente, se trata de una medida irreprochable: respeta escrupulosamente los principios del libre mercado, beneficia al bolsillo de los menos pudientes, contribuye al control de la inflación y ha de estimular la modernización del sector. Por el contrario, se nos dice, sólo perjudica a un pequeño grupo de editores ansiosos de conservar sus privilegios y de libreros aquejados de una visión obsoleta de su oficio.Ante semejante engaño, los socialistas queremos reiterar nuestro total apoyo a la campaña a favor del precio fijo del libro que mantienen diversos colectivos del sector y que recientemente se ha concretado en la publicación de una obra de obligada lectura. En ella se demuestra que la medida que el Gobierno ha iniciado con los libros de texto no sólo es una decisión costosa, sino, a medio plazo, absolutamente ineficaz. Costosa porque lleva a la ruina a un alto porcentaje de pequeños libreros que no pueden competir en precios con las cadenas de hipermercados. La previsible muerte de estas librerías irá pareja con la desaparición de editores independientes que no publican los best-sellers demandados por estas grandes superficies comerciales. Y, dado que la cultura del superventas siente pavor por la innovación y el riesgo, los autores noveles tendrán vedado el acceso a la publicación de su primera obra. ¿Es preciso recordar que la mayor parte de los libros que han conformado nuestra visión del mundo no merecieron en su día el favor del público, y que incluso los autores de éxito comenzaron con obras que pasaron inadvertidas?

Pero, además, la decisión de acabar con el modelo de precio del libro es, desde el punto de vista estrictamente económico, del todo inútil. La experiencia de países que, como Gran Bretaña, ya han recorrido este camino, demuestra que, tras unos primeros años de bajada, el precio de los libros sufre un fuerte aumento, debido a que los editores acaban compensando en sus precios de origen los fuertes descuentos que les imponen las grandes superficies. La consecuencia de ello es que, durante el último lustro, el precio de los libros en el Reino Unido ha subido cerca del doble que la inflación, mientras que en España, en el mismo periodo, ha bajado en términos relativos.

Cabría preguntarse por qué, frente a estas evidencias, el Gobierno de Aznar se empecina en defender una medida que no apoya ninguno de los países europeos avanzados. A corto plazo, su decisión de acabar con el precio fijo de los libros de texto pone en riesgo la supervivencia de gran número de librerías de barrio, que pueden sobrevivir durante el año gracias a los ingresos del comienzo de curso. Acusar a estos comercios pequeños y próximos de ineficaces o anacrónicos, como ha hecho algún apóstol del neoliberalismo, supone ignorar que el libro es un bien necesario, pero delicado, y que ha de estar lo más cerca posible del lector, bajo pena de no encontrar jamás su público. Aspecto éste especialmente importante en España, un país de alfabetización tardía, en el que el porcentaje de los ciudadanos que declaran no leer nunca un libro supera el 50% y en los últimos años ha ido en aumento. Situación que se agrava en las comunidades con cooficialidad lingüística, donde los pequeños libreros realizan una importante labor en apoyo del catalán, el vasco y el gallego. Por otra parte, sin una base cultural mínima, que los libros proporcionan de manera privilegiada, las inmensas posibilidades que ofrecen nuevas tecnologías como Internet se convierten en un pasatiempo vacío.

Que el Ejecutivo haya presentado semejante tropelía como una medida de hondo calado social resulta indignante. Como lo es que se tache de demagógica la propuesta de los socialistas para que el Estado garantice la gratuidad de este material escolar. Especialmente cuando los mismos que acaban de regalar miles de millones de pesetas a las compañías telefónicas oponen razones económicas para calificar de poco realista esta iniciativa.

En su campaña de desinformación en torno al precio fijo de los libros, el Gobierno se ha servido de un coro de aguerridos analistas que han alabado la coherencia liberal de la medida pero han ocultado que los mayores beneficiados de ella, a la larga los únicos, forman parte de un reducido grupo de grandes empresas que, actuando en régimen de oligopolio, manipulan la fijación natural de los precios e imponen restricciones a la calidad de los productos. Tan selectos teóricos olvidan que el propio Adam Smith -consciente acaso de que la célebre mano invisible que garantiza el interés general es totalmente iletrada- reconoció la existencia de ámbitos, como el de la cultura, en los que no se cumplen las condiciones de un mercado libre. Condiciones que, desde luego, no respetan las cadenas de hipermercados cuando, en un flagrante caso de dumping, venden libros por debajo del precio al que los compran.

Y, en pleno furor mediático, no ha faltado quien, acogiéndose al prestigio de lo nuevo, ha denunciado un sesgo nostálgico en la campaña contra el precio fijo de los libros presentando a sus impulsores como anacrónicos defensores de una tradición añeja. A quienes así piensan habría que recordarles que el libro, pues a fin de cuentas de su supervivencia se trata, constituye una refinada invención de la inteligencia humana: es barato, de fácil transporte, no precisa mantenimiento, resiste estoicamente golpes y apreturas, y el paso del tiempo casi siempre lo ennoblece; además, no requiere instrucciones de uso y su funcionamiento es tan sencillo que cualquier bebé lo domina en poco tiempo. Por todo ello, frente a la marea de uniformización empobrecedora, contra los intentos de reducir al ciudadano al mero papel de consumidor, los socialistas defendemos la diversidad y los matices, la pluralidad de opciones y el respeto a la singularidad. Un concepto de la cultura en el que las nuevas vías abiertas por la revolución informática no pueden cerrar otras que, como el libro, han demostrado su enorme poder civilizador.

No albergo grandes esperanzas respecto a las preocupaciones en materia cultural del señor Aznar, pero cabría exigirle a su secretario de Estado de Cultura -espléndido poeta y ex director de la Biblioteca Nacional- una posición más crítica en este asunto. Aunque sólo fuera por egoísmo, pues, como bien sabe Luis Alberto de Cuenca, sus exquisitos libros nunca han visitado las estanterías de un centro comercial y debería prever que, con medidas como la de la quiebra del precio fijo de los libros, pronto se verán recluidos, aún más, a minoritarios espacios, frecuentados sólo por una élite. Borges, a quien De Cuenca evocaba con frecuencia en su anterior cargo, imaginó el universo bajo la especie de una biblioteca infinita. Diríase que la idea del paraíso que tiene el Partido Popular es un interminable hipermercado.s

Carme Chacón Piqueras es secretaria de Educación, Universidad, Cultura e Investigación del PSOE y diputada por Barcelona. e-mail: cchacon@psoe.e

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de octubre de 2000