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Tribuna:LA CRÓNICA

El genoma del silbido SERGI PÀMIES

"¿Dónde estabas el día que se descifró el genoma humano?" será, en el futuro, una pregunta tan crucial como averiguar en qué lugar se enteró del asesinato de Kennedy. A mí la noticia me pilló contemplando cómo un grupo de trabajadores se encaramaba al andamio que, desde hace dos semanas, reboza el edificio de al lado de mi casa. Con una voz que no podía disimular su alegría, el locutor de la radio que estaba escuchando lo anunció justo en el momento en que uno de los trabajadores iniciaba su diaria sesión de silbidos. Cuanto más calor hace, más silba. El primer día me pareció lógico. Una nueva obra, un nuevo andamio, la ilusión... Pero ahora que ya lleva más de una semana, he llegado a la conclusión de que silbar forma parte de su trabajo, como comunicarse a gritos, detenerse a fumar un pitillo o piropear a las mujeres.Hace unos días, en TV-3, un empresario que contrata mano de obra polaca dijo que la diferencia entre los españoles y los polacos es que los de aquí dejan lo que están haciendo para poder fumar mientras que los de allá son capaces de fumar y trabajar al mismo tiempo. Me pareció una chorrada, pero tras escuchar el persistente silbido del español que trabaja cerca de mi ventana empiezo a pensar que existe, además de la visión tabaquista del trabajo, otra relacionada con los silbidos. Un país que silba mientras trabaja, a la fuerza tiene que ser hermoso, me digo. Pero a lo que íbamos.

Al enterarme del desciframiento del genoma y de la confirmación de que todos somos, dentro de una diversidad, más o menos iguales, me pregunté por qué unos silban y otros no. ¿Existirá una secuencia de nuestro ADN que nos lleva, además de a quedar hipnotizados por el centrifugado de una lavadora, a silbar en nuestro lugar de trabajo? Si, como dijo Juan Pablo II a los miembros de la Academia Pontificia Por la Vida, "el genoma humano posee una dignidad que tiene su fundamento en el alma", ¿cómo será el alma del silbador de andamio? Con metodología científica, e intentando respetar la Declaración Universal sobre el Genoma Humano elaborada por la Unesco, decidí anotar las distintas melodías silbadas por mi provisional vecino sin perder de vista su artículo tercero: "El genoma humano, por naturaleza evolutivo, está sometido a mutaciones".

Primera constatación: la melodía que repite con mayor insistencia es Tú me camelas, de Niña Pastori. Pero lo interesante de su silbido es que, sin solución de continuidad, enlaza una melodía con otra y las convierte en un curioso mix. Por ejemplo: ayer empezó con el Tú me camelas de marras y empalmó con la sintonía de la serie de dibujos Les tres bessones y, al cabo de un minuto, con Baixant per la Font del Gat. Me costó imaginar el andamiaje genético de semejante popurrí, pero llegué a algunas conclusiones. Imaginé que la música que le gusta escuchar es la de Niña Pastori y que su entusiasmo laboral se debe a que tiene que alimentar a una familia con, por lo menos, un niño pequeño adicto a esta serie infantil. Pero, ¿y Baixant per la Font del Gat? Quizá sea la canción que le canta a su hijo mientras lo baña, deduje, y concluí: silbar melodías que le recuerdan a su familia le ayuda a resistir.

Todo iba bien,pues, hasta que esta tarde no ha empezado con el Tú me camelas, sino con una versión melancólica de Moon river (uno de los temas más silbables de la historia de la música). Me he asomado para comprobar que era el mismo trabajador de siempre y no un clónico polaco y sí, sí, era él. He esperado unos minutos, a ver si volvía al repertorio habitual, pero nada. Lleva toda la tarde silbando Stardust, aquella maravilla que tan bien interpretaba Nat King Cole. Stardust: polvo de estrellas. Sospecho que me está enviando un mensaje. Que, a su manera, se está comunicando conmigo. Podéis descubrir el ensamblaje del código genético, me está diciendo. Podéis averiguar los 3.120 millones de letras del ADN humano, sí. Pero no olvidéis que en los andamios hay gente trabajando con un pitillo entre los labios, piropeando a las mujeres, desafiando al sol con una sonrisa tatuada en el rostro. Y que, en el fondo, eso es lo que somos: polvo de estrellas, un silbido imperceptible abriéndose paso entre el atronador ruído del universo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de julio de 2000