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Oportunidad y riesgo de Latinoamérica para España

Latinoamérica absorbe hoy cerca del setenta por ciento de la inversión española en el exterior. Empresas españolas de telecomunicaciones, banca, energía, construcción, edición y otros sectores ocupan el centro de la escena en Argentina, Chile, Brasil o México. Algunos hablan de una nueva "conquista" de las Américas. La expresión está cobrando vuelo a impulso de la malevolencia ajena, la vanidad propia y los hechos mismos.Una inversión tan concentrada geográficamente podría inquietar. "Demasiados huevos en una sola canasta", piensan algunos. "¿Cómo será que los norteamericanos han dejado pasar esta oportunidad y cedido el campo tan fácilmente?", se preguntan otros.

La situación es el resultado de un empeño empresarial persistente y enorme, pero también de una coincidencia de circunstancias. Por un lado, algunos países iberoamericanos han puesto su casa en orden en la última década. Argentina ha dejado atrás las pesadillas del ciclo de militarismo y de terrorismo y de la hiperinflación. Es el legado de la transición democrática y del ajuste económico durante el primer mandato de Carlos Menem. El país está tenso, pero Fernando de la Rúa tiene cimientos sobre los que construir. La transición democrática y el consenso (parcial) en torno a la política económica han hecho de Chile un país que sus vecinos ven como ordenado y "haciendo sus deberes". Brasil sigue adelante, desigual y perenne optimista. México se beneficia de la vecindad de unos Estados Unidos con una economía exuberante.

Por otro lado, ello ha coincidido con un momento de euforia de la economía española, resultado de un ciclo favorable de varios años, reforzado por una política económica de ajuste moderado. Sus empresas han sido capaces de atraer ahorro interno y fondos externos. Asia ha pasado por un momento dificil, y en Iberoamérica los norteamericanos, dudosos por la memoria reciente de cuantiosas pérdidas, parecían dejar un espacio vacío que cabía llenar. Los españoles invierten en Europa e incluso en Estados Unidos, pero en estos países la competencia es muy dura, e incluso parece como si la vía para triunfar en ellos pasara por Iberoamérica.

De manera que allá han ido, con arrojo, confiando en la suerte y tentando el terreno. Pero aunque cuiden las condiciones de su llegada, ello no les evita una situación de riesgo. No me refiero sólo a la relativa volatilidad de los flujos de capital, o a las turbulencias de los precios de las materias primas, o a otros factores externos. Me refiero a los riesgos internos.

Los del Cono Sur y México son países cuya democracia liberal y cuya economía de mercado necesitan ajustes institucionales muy considerables. En grados distintos, según el país de que se trate, tienen que reforzar su Estado de derecho y su aparato de Estado, para garantizar la igualdad ante la ley y contar con una justicia y una Administración prontas, eficientes y predecibles. Las demoras y las distorsiones que lo contrario suscita ponen plomo en las alas de las aventuras empresariales. Tanto más cuanto que los sistemas políticos son complicados y poco transparentes; que el debate público, sesgado de populismo, puede dejarse llevar por un nacionalismo autoritario y victimista; y que los países están mirando la experiencia con ojos todavía dudosos. Ello se debe en parte al telón de fondo de una estructura social dualista, y de unas clases medias a las que les suele faltar el tamaño y la organización necesarias para adquirir confianza en sí mismas (aunque están en la senda de conseguirla), y en buena medida se encuentran ahora, por las dificultades del momento, más en el trance de sobrevivir que en el de prosperar.

En estas condiciones sociales, políticas y culturales, muchos latinoamericanos tienen una percepción mixta de las empresas españolas. Entienden que sus empresas "propias" han sido absorbidas por "extranjeros", si bien es obvio que éstos hablan su idioma y transforman y ponen a punto las empresas de las que se apoderan. Ven la inyección de capital y la modernización de los servicios que estas empresas españolas traen consigo, pero les llama la atención la suma de beneficios, que ellos desearían ver reinvertidos en su país. Por muy cuidadosas que aquellas sean con los directivos y empleados locales, las gentes ven venir o imaginan que acabará llegando el momento de la reestructuración, con los resultados consabidos. Y si adoptan una perspectiva más sofisticada y se preguntan por lo que estas empresas aportan no sólo a la evolución de la economía (que es mucho), sino a la solución de los problemas sociales y culturales de sus países, sus respuestas sugieren que, a su juicio, las empresas españolas conceden una atención intermitente y desigual a estos problemas.

Hay un riesgo implícito en esta situación. Si, por un lado, las condiciones políticas y sociales mejoran lentamente, o su evolución se estanca, y si, por otro, aquella ambivalencia de los sentimientos de una parte de la población persiste, el riesgo es que, llegados los momentos de crisis económica, inquietud social y turbulencia política (una combinación que ha sido recurrente en la región), surja, se difunda y crezca una reacción "nacionalista" y "populista" que tome las empresas españolas como chivos expiatorios: una reacción hostil de alcance incierto, que puede ser aprovechada por competidores locales o de otros países.

En estas circunstancias, apostar por el presente y dejar que el futuro cuide de sí mismo no parece prudente. Las empresas españolas tienen que realizar (de hecho, están realizando ya) un curso acelerado de aprendizaje de su papel de "multinacionales españolas". Tienen que ajustar su cultura corporativa y sus modos de organización, desarrollar su sensibilidad para los problemas de la región y entender su responsabilidad cívica. Cuanto antes y mejor lo hagan, tanto más ello les servirá de ayuda en los momentos difíciles.

Pero no se trata sólo de lo que hagan las empresas. Mirando más lejos y ampliando la perspectiva, todos los españoles (y no sólo los accionistas y los empleados de aquéllas) tenemos algo que ver en el éxito razonable de estas empresas. Son de alguna manera "nuestras", y en la medida en que lo sean y lo creamos así, conviene que la sociedad y el Estado se planteen algunos proyectos de acompañamiento a la "conquista" económica del otro lado del Atlántico.

Estos proyectos deben centrar su atención en las oportunidades y los problemas suscitados por el desarrollo de tres flujos de población entre ambas orillas del océano, y en las reformas que hay que introducir aquí si queremos realizar esas oportunidades y resolver esos problemas

Los españoles que van allí deberían tener la formación profesional, corporativa y cívica adecuadas. Es deseable que piensen que no van solos, sino que comprometen a sus compatriotas según cómo actúen; y que llegan a tierras cuyas gentes tienen una memoria histórica compleja de los españoles: la conquista y la colonia, la independencia y la inmigración. Conviene que con su conducta reactiven los costados luminosos de esa memoria, y no los sombríos.

Podemos ambicionar una influencia cultural en América Latina a largo plazo. Pero esta ambición, razonable según como se formule, no se conseguirá mediante el procedimiento de proclamarla o de apelar al "idioma" como si éste fuera un talismán mágico. El idioma es un medio de comunicación que sirve de vehículo a usos y experiencias de vida, y precisamente ésa es la razón por la que el español como idioma común es una de las bazas decisivas que tenemos. Pero no basta. Tan importante o más, para lo que hoy queremos, son los contenidos que demos a la comunicación en español.

Para que el idioma común se convierta en un instrumento de influencia cultural profunda y duradera es preciso que con él se transmitan, en una medida importante, contenidos de alto valor cultural. Pero no se puede transmitir lo que no se tiene. De manera que la cuestión primordial es la de cómo producir una alta cultura, cuyo núcleo es la creación artística y el conjunto formado por la investigación científica y el sistema educativo superior.

Los requisitos de la creación artística, un horizonte de experiencias diversas y densidad de la vida personal, tienen poco que ver con los voluntarismos de la política de márketing cultural y las estrategias comerciales. Pero en lo que se refiere a ciencia y educación, en cambio, es necesario realizar una política de reformas internas para que un día llegue a haber un flujo masivo y creciente de estudiantes latinoamericanos atraídos por lo que se haga en los centros de investigación y de estudio superior españoles. Esa reforma requiere juicio, aliento y tiempo.

Finalmente, es de suponer que las idas y venidas de capitales, bienes y servicios en proporción creciente, serán acompañadas por flujos de inmigrantes latinoamericanos. Hablamos de inmigrantes y muchos miran al Mediterráneo. Conviene no perder de vista el Atlántico. Llevan tiempo viniendo y vendrán cada vez más. Deberíamos ser capaces de hacer que fueran bienvenidos, y acomodarnos mutuamente con generosidad y con realismo.

En último término, todos estos son problemas, cierto, pero son sobre todo un reto, una gran inyección de adrenalina en el cuerpo social, la apertura de inmensas oportunidades y una apelación a nuestras reservas de energía, sensatez y capacidad de riesgo. Y en este arranque, justo ahora, conviene reconocer que se trata de oportunidades que han sido abiertas no por los políticos, los clérigos, los académicos o los cooperantes sociales, cualesquiera que sean sus méritos, sino por esos aventureros del momento presente, que son las gentes de empres

Víctor Pérez-Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de mayo de 2000.

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