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Tribuna:

Ellos y ellas

He aquí que Cherie Blair ha tenido al fin su famoso niño, y que su marido no se ha tomado el famoso permiso de paternidad. Es una pena que el primer ministro británico no se haya atrevido a llevar adelante su propuesta, que hubiera contribuido a amortiguar la mirada sesgada y masculina que sigue imperando en nuestro mundo. Porque, si bien las cosas están cambiando mucho y muy deprisa, el alicatado básico de nuestros cerebelos sigue siendo de un sexismo estupidizante. ¿Qué hubiera pasado porque Blair hubiera cogido unos días de permiso? Absolutamente nada: el primer ministro hubiera seguido al tanto de los asuntos desde su casa, como sin duda hace durante las vacaciones. Si a él no le permitimos la baja por paternidad, aún permitiremos menos la llegada al poder de una mujer todavía fértil, por miedo a que se nos ponga paridora. Y, sin embargo, dar a luz no tiene por qué ser más incapacitador que una breve y leve indisposición. Sin ir más lejos, la reina Victoria tuvo nueve hijos mientras regía con estrechísima mano de hierro los destinos británicos.Esos prejuicios básicos sexistas nos afectan a todos, hombres y mujeres, porque todos hemos sido educados (o más bien mal educados) en el machismo. Y así, una periodista escribía el otro día sobre la sucesora del austriaco Haider, Susanne Riess-Passer, diciendo que había llegado a la cima del partido "gracias a su inmensa ambición, su afán calculador y su aparente afabilidad". Raramente se comentaría algo así de un hombre; la ambición de un político varón que aspira al liderazgo suele ser considerada fuerza de carácter, y el afán calculador, capacidad estratégica. Del mismo modo, un jefe varón puede ser enérgico, pero una jefa será una mandona. Los atributos inherentes a la competitividad y el mando son valorados de manera radicalmente opuesta dependiendo de si los ejerce una mujer o un hombre. Por el contrario, las características supuestamente femeninas, como la emotividad, son vistas con desdén; y así, la gente se burla, por ejemplo, de las espontáneas lágrimas de una Isabel Tocino al abandonar el cargo, y prefieren la sonrisa hipócrita y cargada de temblorosa hiel de algún ex ministro. La verdad, no lo entiendo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de mayo de 2000