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Feria de abril

Cogida grave de Emilio Muñoz

Emilio Muñoz sufrió una cogida impresionante. Y, como le ocurrió a Morante de la Puebla, toreando al natural. El toro de Joaquín Nuñez, que lo era encastado, con cuajo y trapío, no obedeció a la muleta que le presentaba con la izquierda Emilio Muñoz.Dio pronta la arrancada, se desentendió del engaño y arrolló al torero prendiéndole por el vientre para echárselo a los lomos. Quizá la propia violencia fue providencial pues -supimos después- en el mismo golpe de la furiosa cabezada el pitón entró y salió sin que hubiera tiempo de lesionar ningún órgano.Emilio Muñoz, que rodó por la arena para librar las nuevas cornadas que tiraba el toro en su búsqueda, se incorporó, no dejó que le auparan las asistencias y se marchó por su propio pie a la enfermería, con el andar firme, el gesto bronco y más tieso que un palo de mesana. Genio y figura.

Núñez / Muñoz, Rivera, Dávila Toros de Joaquín Núñez, discretos de presencia, varios con trapío, fuertes (no se cayó ninguno), encastados, de buen juego en general

Emilio Muñoz: cogido grave al muletear al primero. Rivera Ordóñez: seis pinchazos -tres de ellos perdiendo la muleta- y descabello (silencio); pinchazo y estocada trasera (insignificante petición, ovación y salida al tercio); pinchazo perdiendo la muleta, media estocada trasera y rueda de peones (aplausos y también algunos pitos cuando saluda). Dávila Miura: media estocada (aplausos y saludos); estocada perpendicular desprendida, rueda de peones -aviso- y se echa el toro (ovación y salida al tercio); estocada (dos orejas); salió a hombros por la puerta de cuadrillas. Enfermería: intervenido Emilio Muñoz de cornada en el abdomen que no interesa órganos vitales; pronóstico grave. Plaza de la Maestranza, 1 de mayo. 9ª corrida de feria. Lleno.

Del toro agresor se hizo cargo Rivera Ordóñez, que se limitó a matarlo, cual debe ser. No es que se inhibiera, por supuesto. La torería bien entendida manda que al toro que acaba de herir a un compañero no hay que pegarle derechazos por si suena la flauta y el astuto derechero se lleva los aplausos del público, como hizo otro hace poco en esta plaza.

Rivera Ordóñez, y Dávila Miura -que completaba la terna- no pretendían inhibirse; antes al contrario traían el propósito de ofrecer cuanto pueden y saben con una corrida que, por primera vez en la feria, salía enteriza, desarrollando la casta inherente al auténtico toro bravo.

Ahí es donde están los problemas y los peligros: en la casta. El toro de casta no toma bobalicón los engaños, no contempla crepuscular y sumiso a los toreros, sino que embiste feroz, busca y desborda al torero si no acierta a dominarlo. Obviamente, de esta condición del toro, y del torero que le presenta pelea, y de la lidia desarrollada según los cánones, surge la emoción, todo tiene interés, cualquier suerte posee enorme mérito. Y eso es lo que ocurrió en esta insólita corrida de la feria sevillana.

De las verónicas que instrumentó Emilio Muñoz emanaba mayor emoción que arte; de la tanda de derechazos que instrumentó, también. Luego vino el natural, en los medios, y la cogida.

A sus compañeros de terna no les arredró ni el sobresalto ni la consternación por el percance y Rivera Ordóñez salió recrecido a torear, templó verónicas, montó una vistosa faena a base de derechazos al segundo toro, que si llega a rematarla con la espada le vale una oreja. Al quinto acudió a recibirlo a porta gayola...

Justo ahí, en aquel terreno y a porta gayola, sufrió su padre, Paquirri, una de las más aparatosas cogidas que se hayan visto en la Maestranza. El recuerdo de aquella espantosa voltereta estaba presente cuando Rivera Ordóñez esperó arrodillado al toro, que tardó horrores en salir; cuando aguantó su embestida incierta y la desvió mediante la larga cambiada; cuando lo veroniqueó rodilla en tierra y concluyó con dos medias verónicas pintureras. La ovación, enorme, obligó a Rivera Ordóñez a saludar montera en mano; una estampa que rara vez se da y nos remitía a los tiempos gloriosos de la fiesta.

En las suertes de muleta no estuvo tan fino Rivera Ordóñez. Se nota que le van los derechazos más que los naturales; que le cuesta sentir el toreo. Y, además, el toro no era una babosa y empeoraba a cada destemplanza.

Dávila Miura acaso carezca también del don del arte pero lo suplió con entusiasmo y valentía. Ligó las suertes, no importa que en ocasiones fuera a trancas y barrancas, ciñó estupendos pases de pecho y, paso a paso, estuvo configurando en sus dos primeras faenas el éxito que le llegaría en la última.

Y de esta manera, al sexto toro, que desarrolló pastueña nobleza, le hizo un faenón, principalmente por naturales, ligados todos en una parcelita reducida de albero que era precisamente el centro geométrico del redondel. No hubo exquisiteces; si dominio, valor, emoción, sobrada torería, que suscitaron en la plaza un alboroto de entusiasmo. Cuadró en el mismo centro del redondel, mató a volapié neto, marcando lento y seguro sus tiempos, y ganó a ley las dos orejas que le fueron concedidas por aclamación.

Los toreros valientes, los toros de casta: ésa es la fiesta. Que comportan serios riesgos, naturalmente. Que se lo pregunten a Carmelo, a punto de ser alcanzado a la salida de un par de banderillas ante la inexplicable pasividad de Curro Cruz, que andaba cerca; que se lo pregunten a Basilio Martín, a quien el quinto toro le arrancó de un pitonazo los bordados del chaleco. Que se lo pregunten a Emilio Muñoz, corneado de forma dramática en el vientre. Sí; con éstas, la fiesta resulta peligrosa y dura. Pero si fuese blanda e incruenta, como quieren algunos, sería torera mi abuela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de mayo de 2000