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Tribuna:CRÓNICAS - JUAN CRUZ

Como un toro

Rafael Moneo vino a insinuar anteayer en el Círculo de Bellas Artes de Madrid lo que de verdad le pasa a él, a su proyecto y a su país. Contó que el grafismo erróneo, pero no malintencionado, de su plan de reforma del Museo del Prado condujo a una interpretación nefasta de su propia idea y que de ahí ha nacido todo. Como es un hombre reflexivo no pasó de ahí, no hizo reproches, e incluso aceptó, seguro que basándose en su propia convicción, que lo que le han dicho hasta ahora ha valido para mejorar su propio plan.Pero es obvio que, aparte de esa interpretación nobilísima del propio Moneo, se han suscitado tantos dimes y diretes interesados en que Moneo tirara la toalla que más que un debate lo que ha habido en torno a su idea de cambiar el Prado es un linchamiento, basado muchas veces en la tergiversación de la historia misma del arquitecto en España y en el extranjero. Aunque él no lo ha dicho así, lo que sí ha sugerido es que a él le gustan los toros difíciles; en soledad, sin embargo, el toro difícil hubiera acabado con él, pues los que se han soltado la melena contra su proyecto son -como dicen las coplas canarias- enemigos de fuerza mayor; correoso y tranquilo, este arquitecto acostumbrado a lidiar en otras faenas de envergadura superior ha resistido, ha escuchado a los miembros del patronato que tenían algo que decir y ahora afirma que algunas de esas ideas, con las que él ha rectificado otras suyas anteriores, han enriquecido el primitivo plan. Y, en el curso de esa lucha por salvar lo esencial de su proyecto, contó alguna vez con la oposición cerrada de colegas suyos, algunos de los cuales, se supone, hubieran podido acometer igual reforma, aunque de otras características; otros, seguramente, hubieran quedado satisfechos con que el Prado se quedara como está, es decir, inmóvil, anclado en su pasado presente, que es el estado en que suelen quedarse las estatuas a las que no se les quita nunca el polvo.

Esa actitud recalcitrante contra los que quieren la reforma del Prado ha tenido destacados defensores que han aguijoneado a Moneo como si éste, además, fuera una figura pública o política y no un especialista en la materia con experiencia en buscar solución para problemas arquitectónicos. De pronto pareció que Moneo venía de una nube, que no eran suyos algunos grandes proyectos internacionales, hasta llegar a esa maravilla arquitectónica que de día es un edificio y que de noche es una gaviota varada en San Sebastián, el Kursaal.

Despojado, pues, del prestigio que se ha ganado y que se le supone, acordonado por los lugares comunes de los que debaten sin ver antes, de los que se dejan llevar por la funesta manía de descalificar antes de conocer, Moneo vivía en Madrid el exilio de su indefensión. En este país se asiste a las batallas para ver cómo terminan y mientras tanto se aprecian las heridas como si fueran ajenas; luego se toman posturas, se celebran los éxitos o se atenúan los descalabros como si el campo de batalla hubiera sido hasta entonces invisible.

Por fortuna, en esta ocasión, en medio de la refriega de descalificaciones contra Moneo, el arquitecto ha contado con el apoyo de sus colegas, convocados en Madrid por el Club de Debates Urbanos. Cerca de un millar de personas acudieron a oírle y él fue allí con sus carpetas, con ese aire relajado con el que sube y baja de los aviones que le llevan y le traen de los proyectos internacionales a su estudio.

Ese factor que ha introducido el Club de Debates Urbanos en la polémica es estimulante en un país como el nuestro, en el que a la gente se le suele asaltar en el camino antes de que se explique con sus argumentos. Gracias a esa iniciativa han pasado varias cosas: la principal, hemos sabido que Moneo no está solo, que le apoya un número importante de colegas de profesión; en segundo lugar, hemos apreciado que el Prado no tiene sólo un problema de crecimiento, sino que también tiene un problema interno, de definición de su propia vida, y que o se acomete esa cuestión o la primera pinacoteca será sólo la primera por lo que alberga y no por lo que debe ser su papel como impulsor de la cultura que almacena y de la cultura que ha de propiciar.

Moneo se ha encontrado con un toro enorme, pero ha lidiado con inteligencia y con mesura, y además por fin han salido a la plaza generosos banderilleros. Pero, lo que uno se pregunta es por qué en este país lo obvio siempre tiene ser, como diría el Jesulín de los guiñoles, como un toro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de abril de 2000