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La ciencia pública, al margen de la revolución

Desde que, en noviembre de 1998, un equipo de la Universidad de Wisconsin (EE UU) dirigido por James Thomson publicó la obtención de cultivos de células madre a partir de embriones humanos, la élite científica se ha desgañitado infructuosamente para que los Gobiernos permitan (en Europa) o financien (en Estados Unidos) esa línea de investigación, que ahora está en manos de las firmas privadas."La investigación privada es rápida de reflejos, pero sólo mira al corto plazo", afirma Carlos Martínez, un investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) cuyo laboratorio utiliza desde hace años las células madre (no humanas). "Sólo la ciencia pública invierte en el futuro". El departamento de inmunología que dirige Martínez en el CNB cuenta con financiación pública y privada.

Los científicos públicos estadounidenses, encabezados por el director de los Institutos Nacionales de la Salud, Harold Varmus, han presionado con fuerza a la Administración de su país para que financie los experimentos. Su argumento es que la investigación pública sobre la clonación y cultivo de células humanas sería más ordenada y transparente que el actual salpicón de avances confusos y patentes parciales realizados por un enjambre de empresas de biotecnología atraídas al campo por su previsible rentabilidad.

"Ahora mismo, la investigación más activa está destinada a controlar exactamente las condiciones para que las células madre se transformen en piel, músculo, tejido cardiaco, neuronal o cualquier otro", explica Martínez. "Controlar ese fenómeno es esencial para que las células madre tengan utilidad terapéutica, y en España nadie está trabajando en ello".

Embriones congelados

La legislación española prohíbe la generación de embriones humanos con fines distintos a los reproductivos. Tampoco permite utilizar los cerca de 20.000 embriones sobrantes que acumulan las clínicas de reproducción asistida en sus tanques de nitrógeno líquido. Las clínicas ni siquiera pueden destruir estos embriones, y siguen esperando a que el Gobierno, asesorado por la Comisión Nacional de Reproducción Asistida, les dé una salida legal.

Sobre las patentes de material humano, Martínez admite que suscitan dudas éticas, pero añade, por otro lado, que son "una forma muy poderosa de estimular la investigación científica y el conocimiento". Las patentes, al menos de momento, no se refieren a meras partes del cuerpo humano o de su patrimonio genético, sino a las técnicas innovadoras que permiten utilizarlas para algún fin industrial o terapéutico concreto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de febrero de 2000