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José Carlos Plaza dirige en Turín 'Los diablos de Loudun'

La primera ópera de Penderecki sigue manteniendo una fuerte popularidad

Los diablos de Loudun, primera ópera de Penderecki, sigue siendo, tres décadas después de su estreno en Hamburgo en 1969, el título teatral más popular del compositor polaco. Ni El paraíso perdido, ni La máscara negra, ni Ubu rex han alcanzado una repercusión comparable a la música de esta historia verídica de exorcismos, supersticiones, sexualidad e intolerancia alrededor de unas monjas ursulinas, ambientada en la ciudad francesa de Loudun en 1634.

Los motivos del éxito continuo de esta ópera de Penderecki, basada de la dramatización de John Whiting sobre el relato homónimo de Aldous Huxley, hay que buscarlos en la turbulencia del tema y también en un tratamiento musical efectista, con sorprendentes cualidades tímbricas y con una gran variedad de recursos expresivos. Penderecki siempre ha situado los valores comunicativos de la música en primer plano. No le abandonó el olfato en su debú operístico.El teatro Regio de Turín ha invitado a un equipo español, encabezado por José Carlos Plaza, para una nueva producción de esta ópera (siete funciones, desde el 28 de enero al 10 de febrero) en su versión original en alemán. Los resultados artísticos han sido espléndidos por varias razones. En primer lugar, por un sentido narrativo en clave de pesadilla lleno de ritmo escénico, que no prescinde en ningún momento del sentido del espectáculo. La solidez del oficio teatral se nota en la disposición de los grupos, en el movimiento, en la administración de los recursos plásticos y en el encadenamiento de escenas. Plaza se ha identificado plenamente con la expresividad de la historia a través de la música, fundiéndose con ella, no dejando al descubierto las lagunas de concentración que afloraban, por ejemplo, en Divinas palabras de García Abril o Las golondrinas de Usandizaga, y enfocando su trabajo en una atmósfera de energía interior y perturbación más cercana a la que desarrolló en su magnífico Wozzeck de Berg.

Otro punto importante es la incorporación del pintor salmantino Enrique Marty al equipo escenográfico. Marty, que nació en el mismo año en que se estrenó Los diablos de Loudun, aporta unas imágenes poderosas, llenas de misterio y un punto de perversión (la farmacia, las esferas, el colgado) que, unidas al dominio espacial y sentido poético de la iluminación de Francisco Leal, hacen que el resultado puramente plástico tenga unas señas de ambigüedad a lo Poe muy estimulantes. El vestuario de Pedro Moreno añade unos granos más de magnetismo al conjunto, aunque algún color excesivamente fuerte intensifica el contraste a costa de rebajar el clima de inquietud.

Lo fundamental, en cualquier caso, es la habilidad de contar desde la descripción y desde la sugerencia, partiendo de la música y sirviendo a la música. Es cuestión de dominio del medio y también de fascinación narrativa. Plaza demuestra así su madurez en el género operístico. El comunista Plaza rinde pleitesía al católico Penderecki. ¿Una ironía? Simplemente, normalidad en una relación artística. Sin caer en patriotismos innecesarios, la propuesta escénica fue lo más destacado de Los diablos de Loudun en Turín. La norteamericana Terese Cullen no tiene la densidad vocal más idónea para el personaje de la priora del convento, ni el barítono Paolo Coni define la complejidad de Grandier. Destacó la actuación teatral y musical de Andrea Silvestrelli como Padre Barré. En lo específicamente orquestal, el director Yoram David se centró más en que todo estuviese bien controlado y ordenado que en subrayar los juegos de pasiones que subyacen en la historia. Como es habitual en las actividades del Regio de Turín, la ópera se presentó enmarcada en un conjunto de actos afines que incluían varios espectáculos, mesas redondas y la proyección de películas de Kawalerovicz y Ken Russell.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de enero de 2000