52º FESTIVAL DE CANNES

David Lynch presenta una obra maestra

"The straight story" es un relato itinerante, una profunda y conmovedora "road movie"

ENVIADO ESPECIALThe straight story es lo que cualquier cronista de cine sueña ver en un festival, una película profunda, conmovedora y de factura perfecta. Posee los atributos de lo insuperable y en ella el estadounidense David Lynch toca el techo de los maestros. Deducida de un guión de hermosa sencillez, es un relato itinerante, una insólita road movie, un cuento de camino que llega al fondo de la riqueza de este viejo y jugoso modelo genérico. La alegría de su presencia la completó Icíar Bollaín al ganar el Premio de la Semana de la Crítica con Mujeres de otro mundo.

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Si se muerde el anzuelo que suele echar David Lynch en la pantalla, uno pica en el oportunismo más listo, o menos tonto, de una modernez que va de exquisita pero se queda en adocenada. Lynch cultiva un cine de muy buena factura pero lastrado por el juego al guiño cómplice, que sólo concierne a los devotos de la originalidad por la originalidad y el prurito de la innovación a cualquier precio, degradación de la idea de vanguardia en caverna reaccionaria que conduce a esas audacias de sacristía de que se alimenta el llamado cine de culto, religión de pub pijo adoptada por cerebritos elitistas que se sienten distintos porque ignoran que todo verdadero acto artístico comienza y termina en el territorio de los hombres comunes.Lo que distingue a Lynch dentro de las sectas de la modernez es que es dueño de un infalible olfato profesional, lo que le hace más peligroso que los demás, porque engaña mejor. Pero en The straight story a Lynch se le ha olvidado meter la pata en la escritura de la película y ha puesto su virtuosismo para dar musicalidad visual y para hacer cálculos de mecánica de rodaje al servicio de un guión ajeno, escrito por su montadora habitual, Mary Sweeney, que obviamente ha cerrado y pulido la película montándola ella misma con manos de seda. Y, por fin, este frío y superdotado filmador se ha dejado el pellejo en la construcción de un relato que no sólo no miente, sino que arroja verdad a raudales por los poros de su poesía. Cuenta la película un relato verídico ocurrido en 1994. A un campesino pobre de 73 años llamado Alvin Straight, al que, por viejo y por medio tullido, no le dejan tener carné de conducir, le llega un día la noticia de que su hermano mayor, Lyle, de 76 años, padece una grave enfermedad y se muere. Alvin no ve a Lyle, con el que está enemistado desde que eran jóvenes, pero es su hermano y quiere despedirse de él. Como no le permiten conducir un coche y lo que le mueve es algo tan íntimo que quiere hacerlo a solas, decide hacer el viaje desde Laurens (Iowa), a Mount Zion (Wisconsin), montado en su tractorcito cortador de césped, que alcanza unos 10 kilómetros por hora. El problema es que entre ambos pueblecitos se extiende, a un lado y otro del río Misisipí, una inmensa llanura ondulada de maizales que abarca cerca de mil kilómetros. Pero la llamada de la fraternidad es inesquivable para él y el hombre emprende una odisea íntima de proporciones enormes, heroicas, un gesto de incalculable energía humana.

La película es el viaje, el gesto, sostenido por la tenacidad de un viejo animal humano que mantiene viva la lealtad a las leyes, remotas y sagradas, de su especie. Interpreta al terco, recto y apacible anciano un portentoso actor llamado Richard Farnsworth, al que hemos visto llenar muchos pequeños personajes en incontables películas. Se despide de su casa y de su hija, la maravillosa Sissy Spacek, y le recibe en la suya su hermano, Harry Dean Stanton. Entre el punto de arranque y el de llegada, el itinerario del hombre roza las vidas de otras 30 personas, que componen un vivísimo fresco hecho de rostros de la América imperecedera, que agoniza lejos y calladamente, como Lyle, el hermano distante. La metáfora une su belleza a una perturbadora sensación de verdad que emana de ella. No hay artificio alguno de ingeniería visual. Hay un laborioso y gradual desvelamiento de la lenta muerte sin queja de la América inmortal y de la perseverancia en ella del orgullo del hombre humilde. Trata de hombres, no de peleles; de la elocuencia de la fraternidad, no del silencio del crimen.

La película fue rodada en continuidad entre los dos puntos del mapa de Iowa y Wisconsin por donde trazó el viejo Alvin el cauce de su largo esfuerzo. Se recorrieron las mismas aldeas y las mismas colinas de maizales. Se atravesó el viejo Misisipí por el mismo puente de hierro. El documento se apodera poco a poco de la ficción y la eleva a poema. Fue un rodaje mucho más corto que el viaje de Alvin sobre su pequeña segadora de hierba. No llegó a vivir el viejo para ver cómo se le recordaba en todas las paradas de su camino. Murió poco después que su hermano, pero su sombra recorrerá el mundo.

Lynch se dejó en el camino su sofisticada habilidad para hacer retórica de fabricante de oscuridades, recuperó el don de la claridad e hizo con magnánima y delicada energía una aventura de cine primordial, mucho más evolucionado que el que ha hecho hasta ahora y que todo el que hemos visto aquí estos días. Ayer, cuando la gente lo aclamó entusiasmada, aclamaba a Mary Sweeney, que escribió la historia para que Lynch destilara su arte y lo separara de la hojarasca de su negocio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 21 de mayo de 1999.

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