Tribuna
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El infierno lleva por nombre Kosovo

Los crímenes en general, pero sobre todo los grandes crímenes, requieren una larga preparación. La supresión del pueblo albanés, algo de lo hoy está siendo testigo el mundo entero, ha sido un antiguo sueño en Serbia. No resulta ni mucho menos excesivo afirmar que este crimen colosal ha formado parte una y otra vez del programa nacional serbio. Castas políticas y militares de ese país, funcionarios encumbrados, incluyendo entre ellos a jefes de Estado, académicos, obispos, periodistas, escritores, multitudes enteras de personas, han estado y continúan estando contaminados por el síndrome antialbanés. Un académico serbio como Vaso Cubrilovic, quien en 1937 escribió un tratado acerca de cómo hacer desaparecer a los albaneses de la faz de la Tierra, un monstruo que cualquier país europeo encerraría en la cárcel por criminal, murió honrado, casi casi como un héroe espiritual de Serbia, hace unos cuantos años. Por si esto no bastara, fue incluso nombrado miembro de honor de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. Para hacer comprender a qué extremos ha podido llegar la enfermedad antialbanesa, podemos recordar que incluso un destacado escritor como Ivo Andric enfangó gravemente su propia conciencia firmando un Draft on Albania, en el que negro sobre blanco se dice que "la separación (desaparición) de Albania del mapa de los Balcanes es un mal necesario".

Estos y decenas de ejemplos como estos demuestran que el crimen serbio tiene profundas raíces y alcanza una gran extensión. En este contexto, se le puede considerar como una verdadera vergüenza para Serbia, tal como queda ratificado por la solidaridad enfermiza de una parte de ese país con la casta estalinista-fascista de Milosevic. Siempre en este contexto, y sobre todo tras comprobar la ausencia total de sensibilidad ante la tragedia albanesa, tras asistir, además, al éxtasis perverso que dicha tragedia desata en una parte del país, puede hablarse sin temor de una responsabilidad colectiva de Serbia en ese horror.

Están a disposición todos los testimonios precisos para confirmar que la aniquilación de los albaneses de Kosovo ha sido largamente preparada, con brutalidad, con cinismo y una sed bestial de sangre. Se presentaron todas las advertencias necesarias acerca de la masacre antes de que se produjera. Quedaron depositados en despachos de presidentes, en instituciones, libros, redacciones de periódicos. Pero esas advertencias no fueron tomadas en cuenta. Un silencio vergonzoso ha sido la respuesta a todos los que han intentado despertar la conciencia de Europa y del mundo. He aquí el resultado.

Ahora en Kosovo el crimen se encuentra en pleno triunfo. El mundo conoce tan sólo la punta del iceberg. Pronto se estremecerá al tener acceso a la entera verdad. Ésta no tardará en llegar, y entonces serán muchas las personas que no podrán dormir tranquilas.

Los cómplices del crimen

Ningún crimen de estas proporciones puede llevarse a cabo sin un entero ejército de colaboradores. Y el brutal nacionalismo serbio ha dispuesto de ellos, tanto en el interior de su país como fuera de él. Al igual que en otros casos en que se han producido masacres y exterminio de pueblos, al igual que en los años treinta y cuarenta, cuando el exterminio de los judíos adquirió la forma de una doctrina, el crimen de asesinato nacional en Kosovo ha requerido de sus propios abogados. Una multitud de intelectuales y pseudointelectuales, con apariencia de políticos, escritores, miembros de comisiones, presidentes de subcomisiones, etcétera, etcétera, ofrecieron sus servicios a la barbarie. Las razones de semejante comportamiento no pueden ser más oscuras, comenzando por la nostalgia estalinista, el racismo cuidadosamente enmascarado, el odio contra otras creencias, las recompensas económicas, hasta incluir las inclinaciones criminales, ésas que la gente oculta más celosamente que ninguna otra cosa. De otro modo no puede explicarse la insensibilidad de esa gente ante las masacres y las deportaciones en Kosovo. Están viendo aldeas y ciudades abrasadas y callan. Están viendo caravanas interminables de deportados, como en los trenes del holocausto, y no abren la boca. Están viendo mujeres y niños masacrados y continúan sin dejarse oír. Y el silencio es sólo la mitad del mal. Después de su vergonzoso silencio algunos levantan la voz para defender... a los verdugos. A estas alturas ya resultan intolerables los desfiles por la televisión de una caravana de supuestos opositores serbios de ayer, con la declaración aprendida de memoria: "Yo era hasta ayer contrario a Milosevic, pero ahora estoy al ciento por ciento con él a causa de los bombardeos de la OTAN".

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A las personas que declaran tales cosas se les debe decir: señores, ustedes no han sido nunca contrarios al dictador. Ustedes han estado siempre a su servicio, sólo que han venido formando parte del contingente de reserva y, el día en que se les ha ordenado, han aparecido con la nueva cara. A nadie puede engañar ya la hipocresía de los Draskovic o los Comnenic de hoy, sobre cuyas conciencias pesan los crímenes de la Serbia actual, de igual modo que sobre la conciencia de toda la nomenklatura estalinista.

Nadie puede dejarse engañar ya por el bonito nombre de "estudiante" cuando se trata, por ejemplo, de la brutalidad de los estudiantes serbios de Pristina. Gozosos ante el hecho de que, no siendo más que el 10% de la población, se hubieran convertido en dueños de la Universidad con la expulsión de los estudiantes albaneses, no sólo no realizaron en ningún momento el más leve gesto de solidaridad, sino que cuando se planteó el caso de que, por fin, les fueran entregadas dos facultades a los albaneses, esta suerte de estudiantes se convirtieron en bestias salvajes, acusaron a Milosevic de "traidor que hace concesiones a los albaneses", y destruyeron las facultades.

Después de semejante salvajismo, las informaciones que llegan de Kosovo acerca de que los estudiantes de Pristina toman parte en las masacres contra los albaneses junto a los paramilitares no tienen por qué dejar de resultar creíbles.

Especulaciones con la historia

El etnocidio serbio contra los albaneses, la más negra mancha en la historia de Europa después del genocidio contra los judíos, como un crimen de tipo medieval que es, requería sin remedio el concurso del medievo. Se ha producido a este respecto un extraño fenómeno: como un microbio procedente de otra época que encuentra condiciones adecuadas de desarrollo en el tiempo actual, el engaño medieval serbio, difundido por todos los medios electrónicos de hoy, ha logrado desorientar a una parte de la opinión pública. Este engaño en forma de cuento para niños (Kosovo, cuna de la nación serbia; la batalla de Kosovo, la nostalgia serbia), repetido decenas de miles de veces como subtítulo de cada noticia, de cada información o análisis sobre Kosovo, ha desempeñado un papel de primera importancia en la preparación del crimen que ahora tiene lugar. Los testimonios de la historia fueron despreciados, se dejaron a un lado las crónicas, las enciclopedias, los hechos, para sustituirlos por un pastel azucarado. Como sucede a menudo cuando la civilización retrocede ante la arrogancia vulgar, la historia seria retrocedió, o más precisamente se desconcertó ante este ataque masivo de la vulgaridad. No pocas veces se hicieron preguntas como la siguiente: ¿Cómo es posible que la nostalgia de una batalla perdida hace 600 años sea argumento para aplastar a un pueblo? Pero este interrogante, al igual que otros parecidos, no consiguieron disipar la bruma del cuento serbio. La historia seria se replegó así ante la charlatanería.

Finalmente, cuando el salvajismo serbio se tornaba cada vez más evidente, se le hizo una concesión a la parte albanesa. En los medios electrónicos se admitió que "la verdad es que los ilirio-albaneses estaban en Kosovo cuando los eslavos del sur llegaron allí en el siglo VII".

Esta afirmación es fundamental y, sin embargo, acostumbrada al cuento serbio, la propaganda no tuvo el valor de apartarse de él. Porque en caso de que se acepte esto, es decir, en caso de que se acepte que Kosovo es el enclave primero de los albaneses, ¿cómo puede aceptarse que otro pueblo, los serbios, declare su propia cuna la casa de otro?

Precisamente en este punto da comienzo una nueva y repulsiva historia. En cuanto alguien menciona esta verdad, finalmente "aceptable", los abogados de los serbios aúllan a coro: "¡Qué manipulación de la historia es ésta, qué es este acto primitivo de aducir quién estaba antes en un territorio y quién ha llegado después!".

Es el colmo de la hipocresía y la deshonestidad. Se cometen asesinatos y horrores en nombre de la historia, y se renuncia de inmediato a ella en cuanto la historia no les viene bien a los criminales.

No es en modo alguno excesivo afirmar que si Europa, por medio de sus instituciones culturales, sus archivos, sus academias, sus historiadores y analistas, etcétera, hubiese prestado atención al esclarecimiento, aunque sólo fuera en sus líneas maestras, de la historia de los Balcanes, bastantes desgracias se habrían evitado a tiempo y el curso de los acontecimientos podría ser hoy bien distinto.

El problema de Kosovo está en fase de desarrollo. Nunca es tarde para hacer lo que se debería haber hecho antes, con mayor motivo cuando el estatuto de Kosovo continúa apareciendo en el horizonte como una cuestión de primera importancia. Y en las conversaciones sobre el futuro estatuto de Kosovo, la historia volverá a ser invocada. Por eso, con más razón que nunca, el mundo tiene, de una vez, necesidad de conocer la verdad sobre ello.

Dos versiones de la historia

La visión serbia de su propia historia, en consecuencia, de una parte de los Balcanes, está completamente falsificada. Grosso modo, se presenta así: Kosovo es la cuna de la nación serbia. En 1389, los serbios libraron allí una gran batalla, la batalla de Kosovo. Esta batalla defendió pretendidamente a la cristiandad europea del avance otomano. Tras la derrota serbia en dicha guerra, los albaneses, aliados de los turcos, convertidos en musulmanes, penetraron en Kosovo. Los serbios, postrados bajo la doble bota: otomana y albanesa, disminuyen en número. Kosovo forma parte de Albania durante casi seis siglos. En 1918, por fin, la injusticia secular es reparada: Kosovo es entregada a Yugoslavia. He aquí la otra versión, que puede verificarse en todos los libros de historia. Kosovo, hasta el siglo VII en que los eslavos llegan a los Balcanes, es territorio ilirio-albanés. Bajo la presión eslava se convierte en territorio común de sus primitivos habitantes, los albaneses, y de sus nuevos habitantes, los serbios. Los albaneses, primeros pobladores, continúan siendo mayoría en todo momento.

La batalla de Kosovo, en 1389, es la confrontación de una coalición cristiana balcánica con el imperio otomano. En ella combatieron juntos los serbios, los bosnios, los albaneses, los valacos (rumanos) y otros pueblos de los Balcanes. Ni un solo albanés se encuentra en el bando turco; por el contrario, una parte del ejército serbio, comandado por Marko Krajlovic, traiciona a los Balcanes y combate contra los suyos del lado de los turcos.

La guerra de Kosovo no frena, por el contrario impulsa, la invasión otomana. La retirada otomana provisional se produce a consecuencia del golpe por la espalda de Tamerlán (1400). Los turcos reemprenden la ocupación de los Balcanes en el siglo XV. He aquí las fechas principales:

Batalla de Kosovo: 1389. Los turcos ganan la guerra.

Batalla de Ankara: 1400. Los turcos son derrotados por los mongoles.

Inicios del siglo XV: los turcos se recuperan y se lanzan de nuevo sobre los Balcanes.

Año 1444: los albaneses, encabezados por Jorge Castriota Escanderbeg, se rebelan.

Año 1448: segunda batalla de Kosovo. Extrañamente, tiene lugar entre los turcos y los húngaros, dirigidos por Hunyadi. Los aliados de los húngaros, los albaneses, llegan tarde. En cuanto a los serbios, rehúsan combatir por la cuna. Los húngaros, al igual que los balcánicos medio siglo antes, son derrotados. De todos modos, ellos no proclaman Kosovo como la cuna de Hungría.

Año 1450: el sultán Murad II (Murad I murió en Kosovo) pone cerco a la capital albanesa, Kruja.

Año 1453: Mehmet II ocupa Constantinopla.

Años 1453-1460: prosigue la ocupación de los Balcanes. Rumanos, húngaros y otros pueblos balcánicos son derrotados uno tras otro.

Año 1462: el sultán Mehmet II marcha sobre Albania contra Castriota. La Europa cristiana intenta organizar una defensa común. Castriota es nombrado por el Papa Atleta de Cristo.

Año 1478: el sultán Mehmet II marcha por tercera vez sobre Albania. Cae la fortaleza albano-veneciana de Shkoder.

Año 1499: cae la última fortaleza albano-veneciana de Durres. El imperio otomano domina en todos los Balcanes.

Acerca del colaboracionismo balcánico

Una parte del expediente de Kosovo, según la versión serbia, lo constituye la denominada "colaboración con los otomanos". Las especulaciones son de sobra conocidas. La verdad es bien diferente. Contrariamente a las descripciones de los escritores nacionalistas balcánicos, las relaciones Balcanes-imperio otomano no fueron ni de color de rosa ni siempre heroicas. La totalidad de los países balcánicos, unos menos y otros más, colaboraron con el imperio. Esa colaboración adoptó diferentes formas: casamientos y entroncamientos de los príncipes con los ocupantes, acuerdos, compromisos, concesiones, privilegios, puestos elevados. Lo hicieron los griegos, los albaneses, los hebreos, los armenios (hasta el momento de la masacre), los búlgaros, los rumanos, e incluso aquellos que resultaron los más oprimidos, los serbios.

En 1453, sólo unos días después de la toma de Constantinopla, uno de los primeros decretos del sultán Mehmet II fue el relativo al estatuto de la Iglesia griega. El poderoso patriarcado griego de Estambul estuvo siempre allí, en el centro del imperio otomano, defendido por él. Jamás ese hecho ha sido mencionado como acto de colaboración.

Para no extendernos, en todos los Balcanes ha habido formas sin fin de compromiso. La mayor parte de la alta administración otomana la dirigían balcánicos: albaneses, griegos, hebreos. La parte principal del ejército y la diplomacia, igualmente. A mediados del siglo XVII, el imperio entregó a albaneses el cargo de primer ministro, que mantuvieron con algunas interrupciones durante casi un siglo. Este hecho, acompañado de la sed de carrera y de gloria, proverbial entre los balcánicos y sobre todo entre los albaneses, desempeñó un importante papel en el impulso de la conversión de éstos a la fe musulmana.

A estas alturas nos encontramos a 270 años de la batalla de Kosovo y la mayoría abrumadora de los albaneses son todavía cristianos. A lo largo de tres siglos la conversión hará musulmanes a la mitad de los albaneses. Pero al mencionar este proceso pretende olvidarse que esa misma conversión ha tenido lugar en la mayor parte de los Balcanes. Se convierten a la fe musulmana partes de la población griega, búlgara (los cretenses se convirtieron en su totalidad durante dos siglos), así como otros eslavos del sur. Pero, como con casi todo en la historia de los albaneses, también con su religión se han hecho falsificaciones tremendas.

Especulaciones con la religión

Una de las bases de la estrategia serbia contra los albaneses ha sido su religión. Seguros de que la Europa cristiana, de cualquier forma, se colocaría del lado de los serbios ortodoxos contra los "albaneses musulmanes", hicieron todo lo posible porque la coloración musulmana de los albaneses se resaltara al máximo. Ello iba acompañado del esfuerzo contrario: minimizar, y en lo posible hacer desaparecer, la coloración de la fe original de los albaneses: el cristianismo. Es preciso decir antes de continuar adelante que aun cuando los albaneses fueran al ciento por ciento musulmanes, aun cuando fueran también musulmanes clásicos, ningún genocidio podría legitimarse en nombre de esto, ni contra ellos ni contra nadie.

Claro que para la mentalidad primitiva del nacionalismo serbio bastaba con que Europa se convenciera de que los albaneses eran verdaderos musulmanes para que les abandonara a merced del hacha serbia.

El hecho de que ni Europa ni Estados Unidos hayan caído en esta trampa bárbara constituye una victoria de la civilización occidental, la cual se ha desvinculado con coraje del crimen serbio, salvando así la conciencia de la cristiandad europea de una grave mácula. Este acto emancipador europeo-norteamericano tendrá apreciables consecuencias positivas en las relaciones del Occidente actual con todo el mundo musulmán. Tal vez no sea casual que el generador de este acto haya sido el pueblo albanés, ese pueblo que puede ser criticado por muchas cosas, pero que nunca podrá dejar de ser ensalzado por una maravillosa: la tolerancia religiosa, en cuanto a la que, al parecer, ocupa el primer puesto en el mundo.

Los albaneses tienen tres religiones: son católicos, musulmanes y ortodoxos. Es sabido que la cosa más fácil en los Balcanes es la pendencia, con motivo o sin él. Los albaneses, como auténticos balcánicos que son, pueden haberse peleado por cualquier cosa, pero jamás por la religión. Han vivido juntamente y en armonía los católicos que portaban la fe primera con los ortodoxos, que se hicieron tales tras el cisma, y, por fin, con los musulmanes, que se convirtieron en su totalidad a lo largo de los tres últimos siglos.

Esta imagen de civilización resultaba excesivamente fastidiosa para los proyectos antialbaneses de los serbios. Por eso hicieron todos los esfuerzos posibles para quebrarla. La falsificación de las cifras fue la primera cosa. En ausencia de estadísticas a lo largo de 70 años, se inventaron o se manipularon cifras antiguas, que no tenían la menor relación con el momento. Al ser Albania un país en el que los matrimonios mixtos se vienen celebrando desde hacía casi un siglo, nadie puede saber hoy la proporción numérica de las creencias entre sus habitantes. En Kosovo ha sido distinto: desde hace tres siglos la mayoría viene siendo allí musulmana; la minoría, católica. Esta diferencia ha traído consigo la desaparición de los ortodoxos kosovares, los cuales, como muestra de diferenciación, con el fin de no tener la misma religión que los serbios, prefirieron el islam.

Para la propaganda serbia, por la razones que se han mencionado más arriba, resultaba útil presentar a Albania como un país musulmán. Así que hizo cuanto estuvo en su mano para conseguirlo. Por desgracia, esos clichés consiguieron cuajar con frecuencia a propósito de la imagen de los albaneses. La búsqueda del exotismo desempeñó, asimismo, su papel, para que las cámaras de los medios de comunicación se concentraran mucho más en las mezquitas de Albania, y no en sus iglesias, que son bien antiguas y numerosas.

Para poner en duda esta homogeneidad musulmana bastaba con que los analistas y periodistas se hubieran hecho una sencilla pregunta: ¿por qué los albaneses, presentados enteramente como musulmanes, habrán elegido como héroe nacional absoluto y simbólico a un príncipe católico, Jorge Castriota Escanderbeg, cuyo título figuraba por doquier como Señor de Albania, Atleta de Cristo?

La misma pregunta podría hacerse acerca del jefe del Estado albanés en los años veinte, el obispo ortodoxo Fan Noli, uno de los personajes más queridos de los albaneses (traductor de Shakespeare y de Cervantes en Albania), y finalmente, sobre la líder espiritual de los albaneses de hoy, la católica Madre Teresa.

La saña serbia contra el catolicismo albanés es de doble condición: primero, es saña tradicional religiosa, y segundo, porque sirve de obstáculo para una falsificación. Precisamente esa saña se ha manifestado hace pocos días contra la segunda ciudad de Kosovo, Peja (Pec), centro principal del catolicismo en Kosovo. Por desgracia, los medios de comunicación, tan sensibles en ocasiones para asuntos de religión en los Balcanes, no pusieron de relieve este hecho.

Herodiada contra los niños albaneses

Tras la masacre de Raçak se produjo uno de los hechos más exasperantes para la conciencia humana: con un cinismo sin paragón Serbia, la misma que había matado a aquellas personas, nombró sus propios médicos para que hicieran la autopsia a las víctimas. Y los médicos serbios, después de despedazar por segunda vez los dieciséis cadáveres, llegaron a la conclusión de que "¡no ha habido ninguna clase de masacre"! La intervención destinada a interrumpir la autopsia serbia fue en exceso tardía y carente de energía. Tras la insistencia serbia, se introdujo en el grupo de médicos de la ONU a dos "hermanos eslavos". Dichos dos médicos, en esta ocasión bielorrusos, se apresuraron igualmente a declarar que "no ha habido ninguna clase de masacre". La solidaridad entre los hermanos serbios y bielorrusos se reactivó de este modo tras tal acción, por la que los doctores Mengele de ambas partes se lavaron las manos con la sangre de las víctimas. Ya veremos si también Rusia se une a esta confraternidad. El grupo finlandés de médicos de la ONU se desvinculó de la citada declaración, nuevamente con retraso y torpeza. La vacilación en denunciar la masacre, la lentitud, la ausencia de celo, las declaraciones equívocas resultan cada vez más indignantes en la hora presente, cuando la barbarie serbia está sobradamente testimoniada.

Diez años atrás, en 1989, en Kosovo se produjo un hecho aterrador. Antes de que los alumnos albaneses fueran expulsados de las escuelas, los kosovares hicieron sonar la alarma acerca de un envenenamiento masivo de aquéllos. Comisiones tras comisiones acudieron a Kosovo procedentes de Europa. Se hicieron investigaciones, análisis, sin ninguna conclusión clara. Una parte de los médicos y los especialistas declararon que había habido envenenamiento con gas sarin. El resto se opuso dando a entender que aquellos cientos de niños albaneses que se convulsionaban entre vómitos ¡estaban haciendo teatro! En aquel tiempo Yugoslavia tenía muchos amigos en el mundo, y consiguió, si no cerrarlo plenamente, sí paralizar este negro expediente.

Esta actitud elusiva ante el crimen ha constituido una verdadera tragedia. Ha envalentonado a los criminales. Para ellos ese gesto estaba cargado de significación.

Hoy, dentro del cuadro general del genocidio que se está produciendo en Kosovo, es preciso que se vuelva a abrir el Expediente del Envenenamiento de los niños. Deben hacerse públicas las razones de quienes llegaron a la conclusión de que hubo envenenamiento. Y los nombres de los políticos occidentales que dieron carpetazo al expediente, en el caso de que se confirme tal hecho.

Los últimos acontecimientos han puesto en evidencia que los niños albaneses son toda una obsesión para los criminales serbios. Es una verdadera herodiada, sólo que de proporciones colosales en comparación con la persecución de los niños por parte del rey bíblico Herodes. Dicha acción ha sido y es alimentada por declaraciones supuestamente ingenuas del tipo de las de Patrick Besson, acerca de que "los albaneses tienen muchos niños". Esta afirmación queda despojada de toda ingenuidad cuando se realiza después de una matanza de niños, tal como en efecto sucedió. Su verdadero significado en tales condiciones es: no os preocupéis demasiado por la muerte de niños. Los albaneses engendrarán más...

Quienes hayan visto en las pantallas de televisión la deportación de los albaneses no pueden haber dejado de observar que esta inmensa tragedia es antes que nada una tragedia de los niños. Eran un cuarto de millón de niños hasta hace unos días, golpeados corporal y psicológicamente, los que trataban de escapar del infierno. Mañana pueden ser medio millón. Y otro tanto padece en el interior de Kosovo, a salvo de que les vea ojo humano alguno, de que ningún oído les escuche.

Como resultado de una simetría y una lógica funestas, el crimen serbio, alimentado desde las simas de la Edad Media, está golpeando el futuro: a los niños. Esto está sucediendo cada día y a cada hora, mientras en algún lugar, en la distancia, aún hay gente que discute ¡si la palabra genocidio es prematura para Kosovo!

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