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Boliden anuncia que la actividad laboral en la mina de Aznalcóllar comenzará a fin de mes

El mayor obstáculo de la reapertura es la limpieza de lodos depositados en la pared de la corta

Francisco Márquez, el alcalde socialista de Aznalcóllar, el pueblo situado junto a la mina que generó el vertido tóxico, fue el encargado de contarle al mundo que Boliden-Apirsa está preparada para que la mina empiece a trabajar a finales de este mes. El pasado Jueves Santo, el Consejo de Administración de la rama andaluza de la multinacional acordó la reapertura de las actividades extractivas en la zona. La exigencia medioambiental de que la capa de lodos tóxicos almacenada a lo largo de un talud se rebaje hasta el fondo de la corta sigue pendiendo en el aire y en las almas de los trabajadores como el mayor obstáculo.

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Caminando por las tórridas calles del Aznalcóllar es difícil no tomarse un par de cañas sin encontrarse con un minero que disipa sus muchas energías pensando en la reapertura de la mina. El pasado Viernes Santo, el alcalde del pueblo utilizó la cadena local -Radio Televisión de Aznalcóllar- para destapar la decisión a la que se había llegado en la reunión del Consejo de Administración de Boliden-Apirsa para volver a la actividad en la mina. Desde entonces, este pueblo de apenas 6.000 habitantes sobrelleva una euforia contenida en la que nadie quiere lanzar las campanas al vuelo, pero en el que con la misma fuerza se reniega de la posibilidad de que las minas se conviertan en arqueología industrial y desastrológica. Los mineros que toman el aperitivo en los varios bares salpicados a los largo de la calle principal del pueblo sonríen, pero tampoco confían del todo. Apenas tres días antes de que se rompiera la balsa (25 de abril de 1998), sindicatos y patronal habían pactado una tabla de jubilaciones anticipadas a desarrollar entre el propio mes de abril y octubre. Como es sabido, toda la producción se quedó en cero desde la rotura de la balsa, y los trabajadores se quedaron al amparo del dinero público de la regulación de empleo, por lo que el retorno al trabajo puede hacer renacer la necesidad de jubilar, pactada antes de que Aznalcóllar se convirtiera en sinónimo de desastre ecológico. Enfrente de una bandeja de acedías rebozadas que se van quedando frías según avanza la conversación, el delgado de UGT y sevillista confeso en la sede bética del pueblo, Miguel Rufo, cree que la multinacional no se atreverá a poner en marcha este plan de jubilaciones anticipadas "por cuestiones políticas". De hecho la apertura de la mina no es nada nuevo. Desde hace cerca de mes y medio ya hay operarios de otras compañías dejando las máquinas listas para trabajar. Grasa en los rodamientos y aceite en los pistones de una instalación renovada hace muy poco y que cuesta miles de millones de pesetas, son el preludio de que algo va a pasar y en el pueblo lo saben. La certeza de la vuelta al trabajo (aunque, de momento sólo el 60% de la plantilla volverá a su puesto, hasta que todo vaya rodado de nuevo para la explotación como el mercado manda, que será cerca del mes de julio) se distorsiona con las miríadas de promesas recibidas. Por un lado, el Ministerio de Trabajo se comprometió a pagar con un talón a aquellos que no tuvieran derecho al paro durante tanto tiempo. Aquellos que no hubieran llegado a los seis años de cotización para 24 meses de cobro recibirían su dinero directo desde Madrid. A la contra, el Inem ha llamado a uno para trabajar en una depuradora de Jerez. Dudas. Tampoco pueden evitar acordarse de las jubilaciones anticipadas acordadas en el sevillano hotel Lebreros y negociadas por el bufete de Garrigues Walker en 1993 (43 trabajadores se fueron), del chalé del sueco, que cuesta un millón de pesetas al mes, o de la flota de coches todoterreno alquilados al día. Más dudas, la empresa que está dispuesta a volver a explotar la mina, también lo hace contra la opinión sobre beneficios de los analistas tan internacionales como el capital de la explotación. La exigencia de que el talud en el que se han vertido los lodos tóxicos sea rebajado hasta el fondo es un gran obstáculo en dinero y tecnología (también acorta la capacidad de recibir residuos de la explotación). El citado talud, de cerca de 200 metros de pendiente, estaba antes estratificado en terrazas que permitían el paso de camiones de 100 toneladas. Ahora, esa especie de peldaños se ha convertido en una pendiente en cuesta, sobre la que los propios trabajadores hablan con miedo de la posibilidad de ponerse a trabajar sobre polvos poco consolidados y muy inclinados. Peligro. Si todo empieza, hasta julio no se habrá recuperado el empleo pleno en la mina. El alcalde probablemente también esté allí tras perder las primarias con Salud Santana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 1999