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49º FESTIVAL DE BERLÍN

Llega el tirón de "Shakespeare enamorado", un precioso caramelo hinchado y engañoso

Salta la sorpresa con "Encuentros nocturnos", una magnífica comedia negra berlinesa

ENVIADO ESPECIALEl tirón de público y crítica que ha creado en Estados Unidos la engañosa y acaramelada película Shakespeare enamorado, que le ha proporcionado nada menos que 13 candidaturas a los próximos Oscar, llegó ayer a la Berlinale. Como era presumible, el bombón coló su barniz de resultonería y su epidérmica brillantez. Pero el cine que merece la pena volvió a refugiarse en el gélido madrugón de la primera sesión, donde se proyectó la admirable -un trenzado de historias duras filmadas con notable gracia- comedia negra berlinesa Encuentros nocturnos.

La mezcla, muy bien calculada y equilibrada, de comedia de enredo y de drama sentimental, de donde proviene la eficacia de Shakespeare enamorado, hay que buscarla en una aplicación, ligera y descargada de rigores, de la sagaz fórmula que el dramaturgo británico Tom Stoppard empleó para introducirnos en los pasillos no iluminados del castillo de Elsinor, escenario de Hamlet, en su obra teatral escrita en los años sesenta, y convertida por él mismo en película 30 años después, Rosenkrantz y Guildestern han muerto. De hecho, Shakespeare enamorado es una habilísima carambola a tres bandas resultante de la aplicación de esa fórmula a la más liviana arquitectura teatral de Romeo y Julieta.

Carambola

Tom Stoppard vuelve a estar en el guión de Shakespeare enamorado y la primera banda de su carambola de lujo es la inversión del juego al que jugó con Hamlet: introduce la popular fábula de los amantes de Verona en el propio ámbito de la vida privada de su escritor, al que convierte en una especie de Romeo en busca de su Julieta, que resulta ser una guapa muchacha de la Corte de Isabel I que tiene una irrefrenable afición al teatro y que, como no les estaba entonces permitido a las mujeres subirse a un escenario, se escapa de palacio disfrazada de muchacho, es decir, de actor joven y guapo, es contratada para hacer de Romeo y, de paso, encandila vestido con calzas de macho al suspirante William, lo que evidentemente endulza con almíbar eclesial -segunda banda de la carambola- el asunto de la homosexualidad del poeta. Resulta que el adorado niño aristócrata de Shakespeare es en realidad una preciosa nena, Gwyneth Paltrow, y en los nidos sacramentales del más rancio conservadurismo británico se oye un suspiro de alivio: Will no era maricón. La tercera banda de la carambola está obviamente en el tira y afloja del supuestamente accidentado proceso de escritura de Romeo y Julieta por el joven y guapo Shaks, al que sólo le faltan chapas en las puntas de los zapatos para echarse un paso de claqué a lo Fred Astaire sobre los tablones de la tarima de El Globo, teatrillo que ni está en Londres ni en Broadway, sino a medio camino, en pleno Atlántico, es decir: en zona de naufragio. Obviamente, el tinglado es tan leve, que flota y no naufraga. Por una parte, Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes (aunque éste se pase un poco de acelerado) lo hacen muy bien, y ella mejor que bien. Y, por otro, la reducción de la sórdida vida teatrera a estampita adquiere tonalidades y proporciones ciertamente seductoras, pues es dueña de esa forma menor y amuñecada de la belleza que llamamos lo bonito. Exactamente, de eso se trata: una bonita película y nada (absolutamente nada) más. Pero Shakespeare enamorado está plagada de guiños de complicidad culta y de toques de cosa trascendental, casi sagrada, por lo que hay quien, con todo el derecho, la encara como una impostura, con cara de perro por guapa que sea y acicalada que esté.

Gente reconocible

Nada guapa ni acicalada, mucho más humilde e infinitamente menos engañosa es la comedia arrabalera berlinesa Encuentros nocturnos, pero calladamente, con mugre en vez de jabón isabelino de diseño, va más lejos. Habla de gente reconocible y juega con ellos a la amistad, el amor y el dolor verídicos, por lo que la mirada de la cámara dentro de los sucios vericuetos de la indigencia en los estercoleros humanos de Berlín, tiene rectitud solidaria y gracia áspera, pero porosa. No hay camuflaje en este viaje sobre las aceras donde se hacinan y mueren despojos de una ciudad herida. El relato de estos cruces de itinerarios nocturnos de la gente berlinesa desdichada está bañado en humor y por ello proporciona conocimiento. Es una de esas películas que no se contempla de verdad a no ser que se viva. Su fealdad es hermosa. Su sencillez, compleja. Su negrura, diáfana. Su ira, apacible. Abre en canal las tripas de unas cuantas soledades errantes y nos hace compartirlas para destruirlas, haciéndoles compañía. Su acidez está templada por la inteligencia. La dirige Andreas Dresen y le dan carne viva unos intérpretes tan veraces y tan convencidos de que lo que hacen es un pedazo de verdad, que parecen interpretarse a sí mismos y elevar a documento la ficción que construyen sin fingirla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de febrero de 1999