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Reportaje:

'El cuaderno gris' de Pla se vuelve más claro

226 cartas inéditas del escritor ampurdanés ofrecen nuevas pistas sobre su obra más enigmática

El 22 de agosto de 1979 ardió en Barcelona la librería Catalònia, fundada en 1924. Desapareció con el humo casi todo el archivo de la editorial Selecta, miles de documentos de los escritores más insignes de la lengua catalana. Las llamas devoraron cientos de metáforas, ideas y confesiones que Josep Maria Cruzet (1903-1962), propietario de la librería y dueño de la editorial Selecta, que sólo publicaba en catalán, había ido recabando en su correspondencia. Sólo se salvaron algunas cajas que permanecieron precintadas hasta que, hace ocho años, el sobrino del difunto editor, Sebastià Borràs, 51 años, ordenó que fuesen abriendo algunas de ellas. Y entonces topó con las 226 cartas inéditas de Josep Pla.

Entre las pocas cajas que el librero Sabastiá Borrás rescató del incendio que arrasó su negocio en 1979 aguardaban 226 cartas inéditas, de letra menuda, sin ningún tachón, que el escritor Josep Pla había ido enviando a su editor Josep Maria Cruzet, entre 1946 y 1962. También se encontraron algunas —pocas—cartas de Cruzet a Pla y varios manuscritos de sus obras, todo ello en catalán. El Pla que surge de este epistolario al que ha tenido acceso EL PAÍS presenta aspectos de gran interés. En primer lugar, porque se trata de una época —los primeros años de la posguerra—en la que no existe gran información, ni sobre él ni sobre casi nadie en España. Pero, además, hay novedades importantes sobre el proceso de escritura —de reescritura, mejor— de El cuaderno gris, su obra mayor, y sobre la actividad conspiratoria de una parte de la burguesía catalana, en la que el escritor participó plenamente.

El epistolario presenta a un hombre entregado a la escritura, pero en absoluto aislado; atormentado siempre —hasta la depresión— por la censura franquista; muy consciente de su papel en la salvación de la lengua y de la literatura catalanas e inmerso en la refriega política y cultural de la época hasta el punto de no ahorrar juicios muy severos sobre algunos de sus contemporáneos.

La correspondencia se inicia en la primavera de 1946, cuando Pla tenía 49 años, a partir del ofrecimiento de Cruzet de publicarle su obra completa. Este se resiste y alude a la que va a ser parte esencial de su trabajo en los años que vendrán: la reescritura.

"No crea que la edición de estos papeles vaya a ser una cosa sencilla. Todo se ha de reescribir otra vez. Se han de recoger muchas cosas que en principio no tengo. El asunto me hace mucha ilusión, pero habrá algunos meses de trabajo de elaboración difícil dadas las circunstancias presentes. Usted no sabe aún lo que es ir en tren, autobús o tener que vivir en fondas y restaurantes. Ya no tengo tanta fuerza como antes" (1-5-1946).

En junio de 1950, y en una carta muy breve, Pla hace la primera mención explícita a El cuaderno gris. Se deduce que Cruzet está dispuesto a publicárselo y que el escritor ha aceptado: "Me hubiera gustado poder enviarle muchas cuartillas de El quadern gris, pero aún no tengo bastantes como para hacer una muestra. Esto es un trabajo de gran aliento y aunque le parezca mentira, de una envergadura muy grande. Estoy recopiándolo palabra por palabra y esto da trabajo por las tentaciones constantes que se producen de modificar el texto.

Espero, sin embargo, que le pueda enviar un paquete de cuartillas muy pronto" (2-6-1950).

El párrafo es revelador. El hecho de que la obra mayor de Pla sea un falso dietario, escrito con posterioridad a los años 1918 y 1919, que son las fechas que lo vertebran, ya fue establecido, primero por Joaquim Molas y luego por Lluís Bonada en su monografía sobre la obra, publicada en 1985. Pero no se conocía hasta ahora ningún documento del propio escritor que lo confirmara.

Una carta posterior da más precisiones: "A través de mi hermana María le envío 200 cuartillas del Quadern Gris, que le ruego que añada a la carpeta que le di, con 131 cuartillas" (6-11-1950).

Meses más tarde, Pla le aclarará a su editor las proporciones de su empresa literaria: "Las cuartillas que le he enviado no son la mitad del libro, ni mucho menos. Faltan seis meses del año 1919, todo el 1920 y una buena parte de 1921. Ahora vendrá el pistolerismo, el servicio militar, la redacción de La Publicidad (de la noche), el primer viaje a Mallorca, el primer viaje a Paris, la Cerdaña, Menorca, el segundo viaje a París, el primer viaje a Madrid... ¿comprende? El libro, será una pared con figuras, inmensa" (7-1-1951).

Su propósito quedaría relativamente lejos de la realidad: la edición final de su obra maestra acabaría, cronológicamente hablando, en el año 1919, en vísperas de su primer viaje a París. Su definición, sin embargo, "una pared con figuras", supone la línea más exacta que se ha escrito sobre el libro.

Una de las cartas más apasionantes del epistolario es, sin duda, la de febrero de 1951. En aquel momento las relaciones de Pla con la revista Destino, liderada por Josep Vergés y donde publica un artículo quincenal, son difíciles. Pla le cuenta a su interlocutor que el grupo de Destino está furioso con él, porque pensaban que la colaboración con la editorial Selecta era una cosa esporádica. "Cuando les anuncié que mi intención era publicar 50 volúmenes en catalán —acabaría publicando 51— se pusieron lívidos. Me pidieron un libro en seguida y, me ofrecieron una renta vitalicia para que dejara los periódicos". Pero la oferta no le satisfizo: Destino le ofrecía escribir libros en castellano —hasta 1966 Vergés no abdicó de su creencia de que los libros en catalán de Pla no tenían mercado—. "y los pequeños libros en castellano se han acabado". (9-2-1951)

Ante este panorama, Pla aconseja a Cruzet mucha discreción en torno a El quadern gris. "Estos chicos [refiere al grupo de Vergés] han oído campanas sobre la existencia de unas memorias. Querían decir El quadern gris. Yo le pido la máxima discreción sobre la existencia del Quadern, porque si esto se sabe se producirá un escándalo fenomenal. Usted conserve los papeles. No mande hacer ninguna copia, ni lo dé a leer a nadie y menos a Soldevila [Carles, novelista, dramaturgo y autor de una columna legendaria en el diario La Publicitat, Fulls de dietari, auténtico manual de urbanidad de la burguesía catalana en los años veinte y treinta]. Soldevila es un gran escritor y un gran amigo, pero no sirve para la crítica" (9-2-1951).

En cartas posteriores, las referencias a El cuaderno gris irán bajando el tono hasta desaparecer. El libro así titulado acabaría apareciendo en 1966, cuatro años después de la muerte de Cruzet, publicado por Editorial Destino en el primer volumen de la Obra Completa.

La imagen de un Pla de posguerra, encerrado en su masía de Llofriu, dedicado a la reescritura obsesiva de su obra y aislado del mundo, no se corresponde a la verdad Al menos a la verdad que se deriva de estas cartas, donde el afán conspiratorio del escritor y su voluntad de intervención en la realidad son evidentes. Pla aparece, además, como un hombre bien informado de las comidillas políticas, circunstancia a la que no serán ajenas sus relaciones con el historiador Jaume Vicens-Vives y con el abogado Manuel Ortínez, que con el tiempo habría de ser director del Instituto de Moneda y el hombre clave en el retorno a Cataluña del expresidente Josep Tarradellas.

En sus cartas, el escritor no se abstiene de juzgar a sus adversarios. Y con bastante dureza. Pla desprecia por igual a los franquistas acérrimos que a los catalanistas de la catacumba. Está convencido de la inexorabilidad del franquismo, pero no de la imposibilidad, de socavarlo,

mediante la conspiración y el golpe bajo. Y todos los abundantes juicios negativos que contiene el epistolario partirán siempre de esta doble consideración.

Sobre Miquel Mateu i Pla, alcalde de Barcelona (1939-1945) y embajador de España en París (1945-1947): "Es un franquista desengañado —que es la peor clase que se puede dar de franquismo— por que es el hombre que ve que se ha equivocado". (27-11-1952)

Sobre Luis de Galinsoga, director de La Vanguardia a partir de 1939 y voceador en una iglesia de la única frase célebre de su vida: "Todos los catalanes son una mierda", frase que provocó una implacable y existosa campaña del catalanismo, culminada con su destitución: "No haga nada en mi nombre delante de Godó [propietario de La Vanguardia], porque Galinsoga se exasperará y esto irá en perjuicio de la colección entera. Creía que usted sabía que Galinsoga ha prohibido que mi nombre y el de otros escritores más importantes sea citado en La Vanguardia. La orden hace años que funciona contra Azorín, contra un servidor de usted y contra alguno más". (2-11-1952)

Sobre Francesc Guardans, yerno de Cambó y factótum de la fundación Bernat Metge, dedicada a la edición en catalán de clásicos latinos y griegos: "No lo conozco, pero como católico fanático y del Opus con bragueta lo considero un hipócrita y un vanidoso indescriptible". (20-10-54).

Sobre Narcís de Carreras, secretario de Cambó y presidente del Club de Fútbol Barcelona: "A priori yo le tenía simpatía. Ha resultado, sin embargo, un rábano puro, como lo demuestra el hecho de la pérdida del Barcelona y sus contactos con los lerrouxistas de la casa Sedó. Es un pedante absolutamente vacío". (20-10-54)

Por el contrario, aunque siempre con reservas, en 1957 Pla parece confiar en las operaciones de liberalización política emprendidas por el secretario del plan de Desarrollo y miembro del Opus, López Rodó, y su aliado y cofrade en Cataluña, Domingo Valls, responsable del Consorcio Textil Algodonero. "El grupo del Opus catalán, aparte de la descentralización (el factótum de la descentralización en Cataluña será Domingo Valls) quiere dar esplendor a Barcelona y hacer un diario en catalán. El problema es que no tienen a nadie con experiencia en ningún aspecto de la actividad. Yo le aconsejo que no se duerma en las pajas. La situación es interesante". (4-5-1957)

Tal vez sorprendiera a Pla la respuesta de Cruzet. Estaba por completo al corriente de la operación y le explicaba los detalles de la ambiciosa voluntad del grupo de Valls, y su propósito de hacer "una gran editorial de periódicos catalanes". Propósito que, como es bien sabido, aún espera.

La censura se convierte para Pla en un terror casi metafísico. Por supuesto, están los inconvenientes naturales: escribir para la papelera —lo que le sucederá frecuentemente en Destino— y, además, no cobrar los artículos, lo que será igualmente frecuente. Pero el tono de muchas de sus referencias al asunto limita con la obsesión.

La censura parece el disfraz que adopta la destrucción pura y simple, tan presente en el imaginario y en la realidad planianas. Durante algunos años, los que van entre 1952 y 1957, lidiará los embates gracias a su amistad con Vicens Vives y la de éste con Florencio Pérez Embid, director de Información, a partir de 1952. Pero, a pesar de todo, es capaz de escribir párrafos como éste, en una carta de 1954: "Sí, amigo Cruzet, sí: lo de la censura es importantísimo y cada día me da más miedo, porque si tengo la desgracia de tener una denuncia diciendo que he publicado 15 volúmenes en catalán, en 3 ó 4 años, no me aprobarán ninguno más (...) La preocupación de la censura no me deja dormir y me envejece". (Abril, 1954).

Tal vez uno de los aspectos de interés más global que ofrece el epistolario sea la emergencia de un Pla no totalmente supeditado a los intereses y a la visión que de él ha dado Josep Vergés, su gran editor en Destino y albacea privilegiado de su memoria. Es interesante, por ejemplo, comparar estas cartas con las contemporáneas que había cruzado con el propio Vergés y que se recogen, en parte, en el volumen Imatge Josep Pla, de la obra completa. Hay, por supuesto, aspectos coincidentes. Pero también otros que no lo son. Y el principal entre éstos alude a la lengua catalana y al papel que Pla se atribuye en defensa de esta lengua. No se ha insistido demasiado en un asunto de importancia capital en la biografía planiana: su rechazo a convertirse, después de la guerra, en un escritor de lengua castellana. Escribía en Destino, ciertamente, pero nunca se avino a los intentos de Vergés de hacer una gran obra literaria en castellano.

Ahí debe buscarse la razón de su colaboración con Cruzet, el único editor en catalán de la época. Al contrario de lo que opinaban Vergés y la práctica totalidad del ambiente cultural del franquismo, Pla creía que la suerte del catalán como lengua literaria no estaba en absoluto echada. Y era consciente del papel que le tocaba jugar en esta batalla, como lo prueba este párrafo inequívoco de una de las cartas: "Yo veo la literatura de nuestro país como un fenómeno que se ha de salvar y por esto me he ligado con su colección. Si la colección que ha hecho usted la hubiera hecho otro, me habría ligado con el otro, porque creo que éste es el único intento real que se ha hecho para salvar la literatura catalana". (25-9-1952)

Sin embargo, su temor a la ruina de este propósito será permanente: "Usted no necesita ningún consejo, pero si yo fuera usted no aumentaría el escándalo con cualquier pretexto. Si en Madrid tienen la sensación de que la literatura catalana vuelve a ser algo, crearán una repetición de 1939-40 y volveremos a la pura inanidad" (27-1 1-52).

Aunque acaso sean éstos los más relevantes, el epistolario con Cruzet contiene otros fragmentos de interés. Y por alguna rendija se cuelan algunos de su vida privada. Detalles de soledad, de enfermedad y de convivencia con la muerte. Como éste: "Lo de los libros lo veo un poco oscuro por que ante los pocos años que me quedan de vida, veré publicados muy pocos. Si publicamos 6 al año en la nueva colección necesitaría diez años para ver los 60 previstos. Diez años de vida son impensables." (31-7-1955).

En efecto, lo eran. Cruzet murió al cabo de siete, en 1962. En cuanto a él, aguantaría más de veinticinco y otra obra completa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de diciembre de 1998

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