Memoria
Están juzgando los ingleses si un innombrable militar hispano puede ser llevado a juicio o no.En Éfeso se prohibió repetir el nombre del incendiario del enorme templo de Diana, una de las siete maravillas del mundo, precisamente porque tal fechoría había sido el único medio que encontró para hacerse una forma siniestra de gloria. Pero el nombre persistió y lo recordamos: era el de un alucinado llamado Eróstrato. Unos siglos después, en Roma, un emperador aborrecido corrió la misma suerte, y se derribaron sus estatuas y se le negó sepultura y se aniquilaron sus fastos. Pero el nombre persistió y lo recordamos: era el de un animal acosado llamado Domiciano. Según la escatología de entonces, esas dos almas, privadas de honores funerarios, quedarían condenadas a vagar como sombras en el último arrabal del infierno. Mil novecientos años después, en España, pregunté a varias personas el nombre de aquel militar hispano que cierto horrible amanecer de Granada ordenó el fusilamiento de Lorca porque era maricón e izquierdista y poeta; pero nadie lo sabe, aunque está en las páginas de las biografías y de las enciclopedias. Después comprendí que la decencia del siglo comienza a aprender el olvido, y que por fin hemos logrado una firme, una justa, una unánime damnatio memoriae.-
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