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46º FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

Gerardo Herrero no atraviesa la 'Frontera Sur'

Una vulgar, tramposa y reaccionaria comedia estadounidense cerró ayer un mal día de cine

El muy solvente productor español Gerardo Herrero obstaculizó ayer su tarea al dar por bueno un guión muy deficiente, escrito con garrafales carencias de oficio por él y Horacio Vázquez-Rial, y emprender también por sí mismo su puesta en pantalla. La película, primera de las dos españolas que concursa en este septiembre donostiarra, está extraída de la novela Frontera Sur, del escritor argentino, frontera que Herrero no logra cruzar ni en la escritura ni en la filmación. A mitad del metraje, el bonito relato, sostenido hasta entonces por los actores, entra en barrena y al final se desmorona.

La novela Frontera Sur es un trenzado de relato mágico y relato verista, que describe el itinerario de una oleada de la emigración europea a la argentina de comienzos de siglo. Está conducido por la vida, y la escalada hacia la fortuna, de un joven bracero gallego viudo, que emprende hacia allí el destierro sin vuelta, con su pequeño hijo de la mano. La crónica de este mísero y tenaz esfuerzo colectivo, aquí individualizado, está tejida con hilos de sucesos reales, e incluso minuciosamente realistas, pero envueltos en una atmósfera de irrealidad y de ensoñación de cuya confluencia con lo ocurrido nace un fresco o un retablo histórico con aires de leyenda.De tan frágiles y delicadas raíces, que dan lugar en la novela a un continuo narrativo envolvente y en crecimiento sostenido por la palabra torrencial de Vázquez-Rial, los guionistas y el director de Frontera Sur deducen un guión que imprime en la película un orden cronológico desecado, porque al esfumarse la prosa de seda bordada sobre la que se desliza el tiempo poético y el aire de leyenda del relato original, el relato cinematográfico deducido se queda sin envoltura atmosférica y la sucesión de los sucesos se convierte en un esqueleto que no tiene carne, en un viejo cadáver. Porque despojada, vaciada de su tempo narrativo literario, la crónica -incorporada tal cual, mecánicamente, a la concepción, la escritura y la filmación de la película- se hace materia de una misión imposible, abocada irremediablemente al fracaso, por lo que Frontera Sur es cine muerto antes de nacer. Lo mataron sus escritores cuando calcaron su carencia de la de la novela de manera tan irresponsable.

La quiebra íntima, mortal de necesidad, del continuo narrativo del filme está oculta durante la hora inicial, porque en esta hora se narra un breve, y apretado de sucesos, periodo de la vasta trama argumental. Pero en el instante en que se hace imprescindible hacer avanzar la crónica y dar un salto hacia adelante, mediante una elipsis de seis o siete años sostenida en un encadenado de imágenes -las torpes manos de un niño aprendiendo a tocar el piano se convierten súbitamente en las manos de un adolescente que tocan con soltura el mismo teclado- bastante facilón y sabido, tras el cual el andamio de la construcción comienza a resquebrajarse, los actores no logran mantener la compostura, como hasta entonces han hecho, sobre un suelo tan frágil y movedizo, pierden el hilo de sus madejas y defienden su dignidad actuando mecánicamente, no creando ficción, sino fingiendo ficción, simulándola, lo que indica que no se creen lo que hacen. Y la torpeza y la insinceridad invaden la pantalla.

Y, a partir de entonces, la película naufraga, mientras algunos restos del naufragio flotan, dispersos a la deriva, en la memoria del espectador: el comienzo de la amistad del bracero gallego y el tipógrafo socialista alemán, la primera y fascinante aparición de Federico Luppi, la compra por madame Maribel Verdú de rolliza carne de muchacha campesina europea recién emigrada, para abastecer su prostíbulo, la gozosa y oportuna muerte natural del viejo asesino degollador instantes antes de que vayan a degollarle a él, y pocas flotaciones más, muy bonitas, pero desmembradas como despojos.

Patraña norteamericana

Aunque sea un pobre consuelo del quebranto propio el quebranto ajeno, esta frustrada -por olvidos garrafales de la parte noble del oficio de hacer películas, que es la autoexigencia y la percepción de los propios límites, para así lograr superarlos- película española sonó ayer aquí a música celestial, después de ser cotejada con la aparatosa patraña norteamericana titulada Very bad things, dirigida por un tal Peter Berg, que es un incompetente, pero ladino donde los halla, pues sabe disimularlo; e interpretada por la rotunda guapeza de Cameron Díaz y Christian Slater, junto a media docena más de frenéticos gringos completamente pasados de rosca, que montan un seudoplagio -que para colmo va de progre y de vitriólico, cuando en verdad es una vulgar, pretenciosa y reaccionaria caricia a los tronos caseros de la América quieta y conservadora- de aquellos maravillosos negros humores de la genial El quinteto de la muerte; y quiere que la tomemos por una herencia de la tradición de la vieja y entrañable comedia loca del Hollywood clásico, cuando en realidad es una grosera e histérica parodia de aquellos prodigios de ritmo y de inventiva.Y, ¡ojo!, que este deleznable bodrio cosechó aplausos y es obra de esos engañabobos que intentan vender (y a veces venden) gatos por liebres; y nunca se sabe en los festivales si dentro del jurado que reparte las bendiciones finales hay algún que otro aficionado al estofado de felino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de septiembre de 1998