Otra sazón
No lo tuvo fácil. El escaso público no invitaba precisamente a la alegría, pero Yuri Buenaventura solventó la papeleta a base de entrega y profesionalidad. Al segundo número ya el ambiente era cálido: los músicos colombianos dejaron muy buen sabor de boca en una noche que podía haber resultado desoladora. Y es que, hoy por hoy, parece que los únicos salseros con cierto poder de convocatoria en la capital son los cubanos.Yuri Buenaventura está en la línea de aquellas voces que acogió Fania a principios de los setenta. El nombre de Rubén Blades surge en todas las conversaciones porque, además de cantar, es un cronista social: un cruzado de la salsa, como lo llamó un crítico francés, o un guerrillero cultural, como se define él. Sus textos comprometidos recuperan para el género bailable mensajes de mayor enjundia que las letras frívolas, tan al uso últimamente.
Yuri Buenaventura
Yun Buenaventura (voz), Luis Caicedo y Astolfo Alegría (coros), Jaime Enrique Guapi (bajo), Edelberto Herrera y Jorge Andrés Ladino (trompetas), Johnny López (bongó), Jimison Saa (congas), Jim López (timbales), Andrés Víáfara y Héctor Marín (trombón) y Nicolás Cristancho (piano). La Riviera. Madrid, 27 de febrero.
No contaminado
Desde el escenario, Buenaventura reivindicó las señas de identidad de su pueblo y habló de mineros, pescadores o campesinos, a ritmo de son montuno. Con un primer disco, Herencia africana, se ha marcado la misión de colocar a su país en el. mapa por motivos musicales.Empezaron con una descarga de metales y cueros. Estirando los temas con densos desarrollos instrumentales abiertos a la improvisación: Colombia parece erigirse en uno de los reductos de la salsa no contaminada aún por fruslerías. Y terminaron con ese hallazgo absoluto que es su adaptación de Ne me quitte pas, el himno a la desolación de Jacques Brel. Una transgresión que el artista belga quizá no hubiera aceptado de entrada, pero que probablemente le habría puesto a bailar.


























































