Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
48º FESTIVAL DE BERLÍN

Resnais elabora una cuidada comedia con muchas canciones y poca gracia

Tristeza y bostezos con el denso melodrama danés "Bárbara"

On connait la chanson es la 40ª película que dirige Alain Resnais. Aunque se mantienen vivas algunas, la mayoría de las obras de este célebre cineasta francés no han soportado bien el paso de las casi cinco décadas que abarca su carrera. A los 76 años, Resnais mantiene su notable talento para hilar encadenados de gran precisión y elegancia, pero el que fue siempre su mayor defecto, la artificiosidad, se ha acentuado y esta película lo prueba: construye con primorosa precisión un castillo de naipes.

MÁS INFORMACIÓN

ENVIADO ESPECIALHace cinco años, en la Berlinale de 1993, Alain Resnais nos abrumó con la versión integral de su Smoking, no smoking, derecho y revés de una temeraria incursión en los territorios de una comedia despojada aposta y concienzudamente de agilidad y rebuscadamente morosa y repetitiva. Al no dar Resnais ningún respiradero a la comodidad y la alegría del espectador e ignorar su necesidad de participar en el juego, uno se sentía expulsado de la pantalla e incluso de la sala.Casi cinco años ha necesitado Resnais para decidirse a rebajar su búsqueda de originalidades y rarezas formales. El resultado es On connait la chanson, una comedia musical más llevadera que aquel enorme ladrillo coloreado de exquisiteces, pero que también está dañada por el exceso de voluntad de distinción, de ser algo inédito. La musicalidad del filme encuentra su pista de despegue, según Resnais, "en la propia musicalidad de los diálogos de Agnés Jaoui y Jean-Pierre Bacri", y esta lectura sonora del guión le condujo a incrustar, sin ruptura o transición, como parte de las réplicas y las contrarréplicas de los intérpretes, nada menos que 36 viejas canciones francesas en sus versiones originales, de manera que éstas forman parte natural de los diálogos.

Al principio de la película, la ocurrencia se agradece y genera una respuesta participativa en el público. Pero, a medida que la duración avanza, descubrimos que tal ocurrencia es tan sólo eso, una ocurrencia, y que la originalidad inicial, después de repetirse diez, veinte, treinta veces, satura, se hace rutinaria y va perdiendo progresivamente la gracia inicial. Ver y oír a Pierre Arditi, Sabine Azema, Lambert Wilson y Jane Birkin mover los labios de modo que éstos se acompasen a las voces de, entre otros muchos cantantes franceses, Gilbert Bécaud, Charles Aznavour, Maurice Chevalier, Edith Piaf, Léo Ferré, Sylvie Vartan y Johnny Halliday, se agradece primero y luego acaba empachando. Una guinda es un pastel, pero 36 guindas es una pastelería. De esta forma, el gancho digestivo de la película se convierte precisamente en lo que peor se digiere de ella. Y es lástima, porque debajo de este artificio, en el desarrollo escalonado de los encuentros y los desencuentros de los personajes, se percibe que está en plena forma la seda que segrega el viejo laboratorio mental de Alain Resnais, que sigue haciendo maravillas con sus encadenamientos invisibles y logra todavía su inimitable milagrito de dar la impresión de un único plano a una secuencia compuesta por cinco o por 10 planos. Pero esto son alquimias para cinéfilos o para estudiantes de cinematografía, singulares delicias de cinemateca. No choca por ello que este, exquisitamente elaborado, filme venga avalado desde su país por los premios Méliés y Delluc, preciados. galardones sacramentales que arrastrarán a unos miles de personas, pero que no harán bailar a nadie fuera de Francia al son de una comedia con mucha música y poca gracia, que ayer aquí sólo hizo reír a los franceses, y eso es (por refinado que sea) aldeanismo, falta de universo.

Otro tanto, pero al revés, ocurre en el sólido mazacote del filme danés Bárbara, de Nils Malmros, relato de pasiones eclesiásticas luteranas localizado en las gélidas islas Féroé a finales del siglo XVIII, que no ganarán un solo turista del siglo XXI tras esta paliza de aguas melodramáticas estancadas durante dos horas, que luego se derraman a destiempo en una devastadora riada de sexo, pecado, cuernos, honor, arrepentimiento y venganza tan completamente escandinava que vista desde los calores de Sevilla o de La Habana puede partir de risa al personal moreno, que no acostumbra a hacer teología con historias de entrepiernas tórridas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de febrero de 1998