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Tribuna:

Otra nueva comedia tragica

El estreno mundial de Deconstructing Harry tuvo lugar hace tres meses en la Mostra de Venecia. Se anunció allí la llegada de Woody Allen a presentarla, pero no acudió y en realidad esto era lo esperado, pues ha dado más que indicios de que le aterra el acoso, aunque sea en forma de entusiasmo, de una multitud. Y las formidables aclamaciones que despertó esta su nueva admirable película fueron allí recibidas por su vacío.La inclinación del cineasta neoyorquino a convertir a los focos de irradiación de cine europeos en plataforma de lanzamiento de sus películas, parece más que una eleción del intelectual o del artista. Es también un astuto cálculo utilitario, con toda evidencia acertado, del negociante para arrimar el ascua a su sardina. Allen sabe a la perfección que es aquí, y no en su país, donde más y mejor se aprecian y se airean las calidades y sutilezas de su cine. Y esto pese a que aunque este no haya roto, ni es presumible que lo haga, la frontera de las minorías -cada vez más anchas, pero todavía minorías-, ni sus inteligentes y a veces deslumbrantes películas no segreguen colas en las aceras europeas comparables a las que unas manzanas más allá o más acá escoltan a las hollymemeces de turno, Allen se sabe al dedillo que, siendo su obra inimaginable fuera de su territorio escénico de Manhattan, no es en EE UU sino en Europa donde se está forjando su leyenda.

Misterio

Pero esta leyenda suele detenerse más en algunos rasgos vivos de la persona del artista -en sus chistes, en sus paradojas y en sus ocurrencias- que en el misterio, grave y no fácil de desentrañar, que acompaña -y se acentúa a medida que esta crece- a la formidable evolución -que en los últimos años está experimentando su estilo, que se hace cada vez más complejo y no obstante incesantemente más diáfano, que es cada vez más espontáneo y no obstante cada día más deudor de una mayor elaboración y esmero formal.Se disfruta, más que en ninguna otra parte, en Europa del cine de Allen, pero no acaba de vérsele cómo su evolución exige que se vea. Hay un desplazamiento hacia el lado brillante, fácil y sabido de su obra, paralelo a un abandono de lo que esta cambia y gana por día, y Deconstructing Harry pone un poco a las claras esta bizquera. La película es un apasionante y magistral ejercicio de trasvase recíproco entre gracia y desgracia, entre gozo y dolor, entre comedia y drama e incluso tragedia. Y estas que preceden son -en arte, en cine- palabras mayores. Bien mirado, el último cine de Allen proviene, desde el presagio de Delitos y faltas a esta última película, de la explosión de una tormenta íntima, que es narrada año tras año, en entregas casi ritualmente exactas, a través de incursiones dentro de un abrupto, infernal desierto, convertido por Allen en un oasis de ligeraza y comodidad cómica. Y esta fusión de contrarios hace de Allen uno de los contadísimos (probablemente sobran los dedos de una mano para abarcarlos) innovadores geniales vivos de las leyes de su oficio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de diciembre de 1997