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Tribuna:

¿De Fidel a Raúl?

Hace un par de años, los demócratas disidentes del Concilio Cubano proponían una transición encabezada por el propio Fidel Castro. La iniciativa carecía de realismo, pero tuvo el valor de incluir una sugerencia mucho más fértil, en el sentido de una reconciliación nacional que eliminara, para los hombres de la clase política castrista, toda amenaza de revancha si su actuación respondía al realismo político. De nada ha servido. En el último congreso del partido comunista, Fidel resaltó la figura de su hermano y colaborador Raúl, partidario desde siempre de las opciones duras, hombre de corte estaliniano, ahora elevado a la categoría de delfín. Nadie peor que él a la hora de pensar en un cambio. Como consecuencia, los disidentes han de conformarse con las ventajas de lo que ellos mismos llaman una represión de baja intensidad, sin agresiones ni detenciones arbitrarias -excepción, el hijo de Blas Roca y sus tres compañeros-, y llegando incluso a pensar que Fidel es el mal menor, habida cuenta de las siniestras figuras que le rodean. Sin embargo, para imaginar una escapatoria de la dictadura, muchos cubanos repiten el viejo refrán: "No hay mal que cien años dure". Y sueñan, como soñábamos en España, que un buen día le llegará su hora al Salvador de la Patria, por debajo de la algarabía oficial que desde el mito del Che pretende comunicar optimismo en todas direcciones.Es una estabilización política que encubre a duras penas una nueva vuelta de tuerca, que parecía imposible de dar, en la represión de todo germen de sociedad civil. Se ve que Fidel, Raúl y los demás respiran hondo tras los sobresaltos del pasado. Siguen en el poder y, a su modo, funciona la economía dual, resultado de la dolarización. Una minoría, vinculada a los mecanismos del poder, no sólo se mantiene sino que se enriquece en esta situación insólita, en la cual los trabajadores de un país supuestamente socialista venden su trabajo al coste de un esclavo, mientras las riquezas del país, el turismo en primer plano, son felizmente explotadas por el capital extranjero. Dos Cubas, la del dólar y la del peso, viven una al lado de otra, cada vez con mayor desigualdad entre ambas. Había el riesgo de que un enjambre de pequeñas iniciativas empresariales, desde los paladares a los pequeños comercios, tratasen de obtener su lugar en el reparto del pastel, de incorporarse a la minoría. Los castristas vieron el peligro del reto, tanto económico como ideológico, y respondieron al modo de siempre: ahogando cualquier brote de libertad.

Los grandes impuestos y las trabas legales actúan así, implacablemente, contra una vida legal del pequeño empresario o comerciante. No podrá montar un paladar rentable, ni alquilar su casa ni vender libros más allá de su vivienda o del puesto ambulante; no podrá mantener su taxi con el Chevrolet 1952; no podrá hacer pizzas con queso en una región quesera, debiendo hacerlas con mayonesa. Y a mayores restricciones, mayores vigilancias, y también mayor corrupción, porque sólo mediante un buen amarre el negocio seguirá adelante. Los innumerables policías y funcionarios escapan así del circuito generalizado de la miseria con una corrupción que sube en flecha (partiendo de la compañera que en aduanas te quita parte de los alimentos que llevas a la familia, pero dejando el resto si no exiges documento alguno por la requisa; bajo el heroísmo de Baraguá, está el imperio de la mordida). Tal y como explicó Gutiérrez Alea, la Cuba de hoy es un país de delación y de corrupción generalizadas. Y de penuria insoportable para la mayor parte de la población. El significado de esa vigilancia universal se aclara si pensamos en sus excepciones. Un cubano no podrá hablar de política salvo para cantar al régimen, todo es sospechoso, pero frente a la corrupción de. los poderosos, silencio obligado. En el vigente reino del turismo sexual, los jóvenes cubanos de ambos sexos, empujados por la miseria, se prostituyen en gran número, a la vista de todos, ante la indiferencia de los mismos guardianes que persiguen obsesivamente cualquier conversación o ilegalismo menor. Todo sea por el dólar. Pero entonces, ¿qué queda del socialismo más allá de un sentimiento de desolación?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de noviembre de 1997