La plaza de Oriente
Hace ya un año que se consumó la destrucción de los restos arqueológicos hallados en la plaza de Oriente de Madrid. La polémica suscitada por un hecho tan bárbaro tuvo su momento álgido entre los meses de septiembre y diciembre pasados, y se fue apagando paulatinamente con la evidente complacencia de quienes provocaron la catástrofe cultural y la no menor mansedumbre de quienes la criticaron.¿Qué ha quedado de toda aquella controversia, una vez superado el apasionamiento inicial? Desde luego, no los importantísimos vestigios históricos surgidos a la luz. Fueron destruidos sin la menor contemplación, haciendo mofa de quienes, desde distintas instancias científicas, protestaron.
La fechoría quedó consumada, y, para decirlo claramente, había sido consumada ya antes de iniciarse la polémica. Los arqueólogos que dirigieron los trabajos fueron los cómplices incentivados de la operación. Su desacuerdo, detonante del escándalo, es sólo un fruto tardío de una evidente irresponsabilidad profesional -¿cuándo veremos publicados, si los vemos, los resultados científicos de sus sesudas reflexiones?
Se argumentó, cómo siempre, el partidismo de los especialistas que protestaron por el latrocinio. En realidad opinaron profesionales de muy variado pelaje. Todos vinieron a coincidir en lo arbitrario de la "operación urbanística". La única voz que no se oyó fue la de los militantes del PP. ¿Carecen acaso de sensibilidad hacia el patrimonio histórico español o su patriotismo se queda reducido a los acartónados conceptos de siempre? ¿Es más importante en el PP la disciplina que la cultura? ¿Si la opinión del señor alcalde tenía fundamentos científicos, por qué nadie de su partido quiso prestarse a defenderla?
No pensemos, con todo, que la oposición hizo un papel demasiado lúcido. Con muy honrosas excepciones se limitó a patalear, y los plenos del Ayuntamiento y de la Asamblea de Madrid en los que se discutió el asunto, maniobras reglamentarias al margen, dieron una pobre imagen de ella y de su comprensión real del problema.
Sin embargo, lo más sorprendente, o quizá indignante, ha. sido el silencio cómplice de las instituciones y organismos culturales radicados en Madrid, incluida la falta de opinión de los departamentos de Prehistoria y Arqueología. ¿Nadie tiene opinión? ¿Hemos llegado a un estado de acriticismo tal que nadie es capaz de manifestar en público lo que, con gran y aparente indignación, discuten en privado? ¿A qué o a quién tienen miedo?
Por faltar ha faltado, incluso, la voz del tan loado "pueblo de Madrid". Son demasiadas las preguntas y demasiado amargas las ausencias. Quizá lleguen tiempos mejores y la sensibilidad colectiva reaccione y evite hechos como éste, aunque ya nadie pueda devolvernos lo desaparecido. Se ha hecho trizas una parte sustancial del patrimonio arqueológico madrileño, que también esespañol, aunque sólo sea por tratarse de uno de los espacios más emblemáticos de todo el Estado, en medio de la inhibición colectiva, hechas sean las pertinentes y escasas excepciones.-
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