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Reportaje:

El brazo taladrado, el cuerpo dolorido

Semblanza de nueve enfermos de neumonía ingresados en el hospital

-¿Le puedo decir una cosa? -preguntó educadamente al final de la entrevista la señora silenciosa, una parienta de Marcelina Roncel, de 76 años, ingresada en una cama de la planta sexta del hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares (166.925 habitantes)La señora de moño rubio, agarrada a su elegante bolso, sentada, en una silla blanca frente a Marcelina, dijo: "¿No cree usted que aquí estamos más tranquilos que por ahí fuera?".

En la conversación se metió entonces la hija de la enferma, una mujer también rubia y también cuidadosamente arreglada como para recibir a la prensa o a quien haga falta:

Yo tengo una vecina que plancha con mascarilla, fíjese lo que son las cosas; y nosotros, en casa, estamos perfectamente.

La madre, la enferma de neumonía, era la que peor lo estaba pasando. De reojo, miraba impaciente como se despeñaban las gotas de la bolsa unida a su brazo mediante un tubo y una aguja. Y se quejaba.

"La eritromicina les hace polvo las venas, pobrecitos", decía una enfermera. Pero la eritromicina, el antibiótico culpable de esas venas leñosas que se adivinan en los brazos, de tantos dolores de estómago, les ha robado los escalofríos, los temblores de la fiebre, la inapetencia y la postración.

La verdad es que Marcelina, su cabello gris atusado cuidadosamente, tiene buena cara, mucho mejor cara que su compañera de habitación, que tiene puesta una mascarilla y varios familiares que no le quitan ojo ni cuidados.

El pasado jueves no cumplía la mujer ni una semana de hospital, adonde llegó el sábado tras cuatro días de escalofríos: "Yo decía, qué tendré que tengo frío todas las noches...". La hija añade: "Y le dolía la nuca...". "Y la flojedad de piernas, mire, ahora mismo no puedo ni andar", continuaba la señora, una viuda que al enviudar se hundió y que ahora mismo dice que ella aquí no pinta nada sin su marido. Por eso, por la depresión, su hija, que vive tres plantas más abajo, la arrastra a la calle todos los días, por la mañana a hacer la compra, por la tarde a pasear. Vive enfrente del parque de O'Donnell y muy cerca del barrio de la Estación, donde se han registrado la mayoría de los casos de la enfermedad.

Como Marcelina, que lleva 60 años viviendo en Alcalá, muchos de los otros ocho enfermos entrevistados, son andarines. Y como ella, cinco más viven en dos kilómetros cuadrados de la zona norte. Ese día había 46 enfermos ingresados en el hospital. Entre los que accedieron a hablar había una abuelilla muy sorda, otra anciana dormida y un tercero que se fue con el alta en el bolsillo. Los demás contaron sus peripecias.

En la misma planta anda Diego Gallardo, con los brazos hechos una pena: agujereados, hinchados, doloridos. Dice que le habrán puesto cincuenta o setenta botellas de eritromicina. Menos mal que puede tragar ya la medicación en forma de sobres. Pasa el tiempo entre el Marca -"ha empatado la selección, je, je", decía- y el ¡Hola! que le habrá llevado su esposa. Diego, de 44 años, abandonó forzosamente su trabajo en una fábrica de cosméticos el 18 de julio y pasa el día buscando trabajo, y por tanto, cruzando Alcalá de cabo a rabo. Aunque vive en el epicentro del brote: en el barrio de la Estacción. Su tío, cien años, amarrado a un bastón, le hace compañía y tose alegremente.

En la cama 528-1, Javier Aranda, un maestro de 35 años, conversa con un teléfono móvil acostado de lado. No tiene buen aspecto, aunque se apresta al diálogo. A él le han puesto una vía especial para que le entre la medicación por el brazo. "Cada vez que lo muevo, noto algo por aquí, por el pecho", cuenta. Si hoy es jueves, Javier lleva sólo dos días ingresado, cuando llegó le costaba respirar y, como todos, tenía mucha fiebre. Hace un mes que se mudó con su esposa a su nueva casa, cerca del barrio peligroso. Se pasa el día fuera de Alcalá, trabajando en varios pueblos. Igual que José Luis, un chaval de 20 años, camillero en un hospital de Madrid durante toda la jornada. Ayer ingresó: se mareaba y le estallaba la cabeza. Ha pasado mala noche, escalofriado. Su padre le ha puesto un muñeco de trapo en la cabecera de la cama, el mismo que él le regaló cuando al padre lo habían operado. "Estaba tomando precauciones, los últimos días me bañaba y...", explica ajustándose las gafas, embutido en el pijama que llevan todos. "Somos 48 vecinos, en el bloque, y creo que alguno, al enterarse, se ha marchado a otro sitio", cuenta.

Pedro Valero y Joaquín Bermudo comparten habitación, enfermedad y un sincero agradecimiento al personal del hospital que les cuida. "Póngalo, sí, póngalo", dicen. "Hay unas chicas por la noche", dice Joaquín, de 63 años, "que yo les llamo el trío de ases, de cómo son". Joaquín tiene los bronquios destrozados, dice que por su trabajo en una fábrica de fibras sintéticas. Hace dos miércoles que volvió de caminar agotado, "como si me hubieran dado una paliza". Ha llegado su esposa. Los dos tienen el color de quienes pasan muchas horas al fresco, paseando. Joaquín ingresó el jueves y pasó tres días sin probar bocado, hasta el sábado, en que remitió la fiebre, le protegieron el estómago con un medicamento y comenzó a mejorar. "La verdad es que nos duchábamos y bebíamos agua", cuenta el matrimonio. "Y yo, hasta la presente, estoy muy bien", añade la mujer sentada al lado.

Su compañero Pedro, de 66 años, ha sido carpintero en una empresa que le despidió hace ocho años. Es ciclista, andarín y frecuenta el centro de jubilados Cervantes, cerca de su casa, en el paseo de la estación. Hace una semana, el pasado sábado, se sentó en el sillón sobre la hora de comer, machacado, con temblor, esto va a ser la raspa, pensó, comió sin ganas... Al día siguiente ingresó. Ahora, Pedro y Joaquín se hacen compañía y se felicitan de encontrarse mejor. Pero no se nota inquietud en su su conversación. Su familia está sana, como es el caso de todos ellos, no tienen a ningún amigo enfermo y ellos se notan a salvo.

A Eugenia Martínez, viuda de 70 años, le dijo su hijo:,"Mamá, tu tienes neumonía atípica". Y no falló. Está acompañada del suero, la insulina que le ponen por primera vez y una compañera de habitación conocida de la infancia.

A casi todos les han pasado un cuestionario para saber si iban al banco, a la iglesia, al centro comercial. Se han quedado muy extrañados, pero alguno vuelve la mirada a la ventana, hacia las montañas y se pregunta de dónde vendrá la neumonía. Ambrosio Pardos, de 67 años, protesta: "Yo me cojo todo lo que viene, estamos cortos de defensas y... " . Pero saldrá pronto. José Luciano Vergara, de 51 años, era montador de lavadoras antes de jubilarse. Si todo sigue bien, volverá a caminar sus tres horas diarias. Pero no se cansará de aquella angustiosa manera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de octubre de 1996

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