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Crítica:TEATRO
Crítica

El poder y la muerte

La larga agonía de un magnate: del poder a la ceniza, del dominio a la nada. Con cierta edad, el espectador establece la clave de la dictadura, de la decadencia física y moral del dictador mientras el imperio, en lugar de ir hacia Dios, va hacia la nada, y a los que han de salvarlo y continuarlo se les va de las manos. Con algo más de edad, el espectador encuentra demasiados símiles cotidianos en los que el todo se convierte en nada. Puramente humanos. No hay, sin embargo, que buscar claves. El título y el diálogo son suficientemente expresivos: la escritura es clara y directa, y la interpretación es excelente en el protagonista, Francisco Vidal, con el gesto y la voz puestos en el sufrimiento de sus últimos momentos y en el dolor de no poder ser; lo es su replicante, Alberto de Miguel, y lo son los jóvenes y menos jóvenes que ha reunido Guillermo Heras, de cuya destreza de director no se tenía suficiente conocimiento: fue bueno en la Sala Olimpia, pero su calidad parecía envuelta por el dinero del Estado, la decisión de la obra, la capacidad de montar incluso contra el público; lo es también cuando la aventura es pobre y auténticamente marginal, no con la invención de una vanguardia dirigida.

Para quemar la memoria De José Ramón Fernández

Intérpretes: Francisco Vidal, Alberto de Miguel, Charo Amador, Angel Sardá, Toni Álamo, Carlos Casillas, Fernando Fernández, Marina Gómez y Cinta López. Dirección: Guillermo Heras. Sala La Cuarta Pared. Madrid.

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