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Tribuna:

Gila, Casandra, Leviatán, Beemoth

Del humor de Gila hecho realidad andábamos ya un poco hartos, pero todo es acostumbrarse. Me refiero a la pasividad del Gobierno cuya mejor -y ciertamente más creíble- excusa es no enterarse de los escándalos hasta que estallan. A los servicios de información, cuyas filtraciones se anuncian con meses de anticipación en editoriales de éxito. O a las trapisondas de un impostor que nadie se molestó en investigar y a punto estuvo de llegar a ser ministro.Las cosas se hicieron aún más serias cuando el humor se tiñó de negro "color toga" y asistimos pasmados al enfrentamiento con una magistratura cuya independencia parecía consistir en funcionar al margen del Estado. A la exhumación anacrónica del caso GAL, con la consiguiente e inoportuna radicalización del contencioso en Euskadi. Al asombro de Laos. A la trituración de los aparatos de investigación y lucha antiterrorista y antidelictiva. Todo, por cierto, desde el mismo centro de poder.

Se dio un paso más cuando por el boquete así abierto en el casco del Estado -que necesita ser tal Estado para poder ser democrático y de derecho, no se olvide- irrumpieron a oleadas todos los intereses y apetencias bastardas que, por coincidir espontáneamente en su oposición al orden, no necesitan conspirar. Así vimos a los delincuentes de cuello blanco y a quienes sólo exime de tal condición la de enajenados, de la mano de asesinos convictos, predicar la moralización del poder público e impugnar desde la libertad democrática de expresión, la legitimidad democrática que dan las elecciones.

De lo cómico, que ya era triste porque la cosa pública, o es digna o deja de ser tal, se pasa así a lo trágico, porque cuando la cosa pública se diluye, está asegurado el desenlace funesto.

Y la cosa pública amenaza tal disolución cuando las fuerzas políticas, al menos aquéllas a las que la historia exige tesitura de gran responsabilidad, se dejan llevar por tan peligrosa ola para alcanzar sus objetivos, e incluso se confunden con su cresta. La oposición política se identifica así con la marea de la conflictividad social. Ciertamente el flujo es tan fuerte que resulta fácil bogar hasta la playa. Pero nada hay más peligroso.

Es ahí donde surge Casandra y desplaza a los amargos humoristas. Los enemigos del Estado pretenden derruirlo porque lo temen o porque quieren vengarse o porque pretenden ocupar su lugar. Quieren acabar con Leviatán, no por sus múltiples defectos, sino por sus escasas virtudes, y le oponen un Beemoth, más peligroso aún. Las fuerzas políticas todas y las sociales, si aún las hay, no pueden cabalgar sobre Beemoth porque discrepen de los actuales jinetes de Leviatán. Si lo hacen, cualquiera que pueda ser su éxito a la corta, algo aún por ver, Beemoth los devorará también y después a Leviatán mismo.

La salvación de la cosa pública requiere un esfuerzo colectivo en pro del Estado, de su orden constitucional y de la legitimidad democrática. Los líderes políticos del Gobierno y de la oposición, del centro y de la periferia han de pilotarlo. Los de la sociedad han de apoyarlo e incluso forzarlo. Las instituciones, que para eso están, tienen que propiciarlo. Si no saben o no pueden hacerlo, sobrarán. No por una condena moral, sino por un imperativo trágico. Tragedia para todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de julio de 1995