Elgeneral vuelve al EIíseo

El general ha vuelto al Elíseo. Desde el 17 de mayo, el presidente francés, Jacques Chirac, se había esforzado por imitar la silueta del general Charles de Gaulle: alto, tieso con la nariz hacia el cielo, los hombros hacia atrás y el estómago hacia delante. Anteayer, con el anuncio de la reanudación de los ensayos nucleares, Chirac reintrodujo en el caserón del Faubourg Saint Honoré el espíritu del fundador de la V República.Alain Juppé, el primer ministro francés, revivió también viejos tiempos ayer tarde ante la Asamblea Nacional a desdeñar de un manotazo la críticas de la oposición. Era "mediocre", dijo, tanta "palabrería" cuando se trataba del más alto interés de Francia".
Force de frappe nuclear, grandeur, desplante -dentro de un límite- a EE UU, displicencia -sin pasarse- frente a los socios europeos y absoluta arrogancia frente a los países de las antípodas, todo ello "conforme al interés superior de Francia y a la. independencia nacional": los elementos del cóctel gaullista reunidos en un solo mensaje.
Chirac no podía encontrar mejor receta para recordar a los franceses que aún estaba ahí, para acariciar el siempre encendido nacionalismo de la militancia gaullista y para pregonar ante el mundo que Francia sigue queriendo verse a sí misma como potencia militar.
La fecha elegida para anunciar las ocho explosiones nucleares en Mururoa fue también altamente simbólica. Era la víspera de su primera visita a la Casa Blanca, seguida de su primera cita, en Halifax, con los demás líderes de las siete primeras potencias económicas. Chirac estaba a punto de acudir a su rito de iniciación en la diplomacia de los grandes. Y quiso marcar las nuevas reglas del juego, bien distintas a las de François Mitterrand, con quien la diplomacia francesa jugaba una compleja partida de bridge. Con Chirac, el juego es el dominó. Y el seis doble acaba de caer estruendosamente sobre la mesa.
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