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Tribuna:

Furor frío

Recién apagado el infierno de Liverpool -aquel círculo que hace unos meses cerró una turba de adultos que intentó y casi logró linchar a dos niños de diez años que unos días antes habían asesinado a otro de dos- algunos periódicos británicos, para aligerar la atmósfera de espeso malestar que sus crónicas hacían respirar a sus lectores, indagaron si el cine, chivo expiatorio, era el desencadenante de aquel horror. Respuesta: el cine, no; pero ciertas películas que se sirven del cine para poner en bandeja crimen formalizado a personas que -sometidas a la presión de un mandato de mercado- generan una demanda informe de crimen, son un eslabón entre otros de la cadena mortal.Más simple: la causa del suceso -si es que la hay- no ha de buscarse en el cine sino en el uso que del cine hacen los abastecedores de colectividades cuyo modelo de vida demanda, consume y, por tanto, consuma violencia. Y quien dice cine, dice novela, comic, música, televisión, deporte, el conjunto de ofertas del mercado del ocio y sus entresijos más inofensivos. En una atmósfera sobrecargada de electricidad, la chispa no necesita causas sino pretextos para saltar; y el asesinato cometido hace unos días por dos jugadores madrileños de rol -variante enrevesada, pero sustancialmente idéntica, del viejo y angelical juego del mandado y la prenda- confirma en mazazo.

Los mecanismos -si es que son tal cosa- mentales -si es que reposan en la mente- que se entreven bajo lo sucedido en Liverpool y Madrid tienen un inquietante parentesco: una especie de asesinato irónico, ejecutado sin emoción. Estamos ante el furor frío de dos corderos rabiosos, paradojas que acuñó el sensacionalismo francés cuando hurgó en los los treinta en la trastienda del crimen "de las criadas de Le Mans": un acto compulsivo, pero fríamente realizado en forma de ficción o rito por dos personas fundidas en una única identidad efímera, que emergieron como una erupción del corazón de la calma y, una vez vulnerada esta, retornaron para siempre a ella. Se añade así al crimen un multiplicador de su negrura: la unidad de la dualidad de su autoría, un inconcebible acto de dos, que carece de palabra -pues no hay hueco para él entre las respuestas de lo accesible a lo remoto y de lo humano a lo abominable- que lo enuncie y que es engullido, nada más producirse, por la mudez del estupor.

Son balbucientes y dan la impresión de que se saben endebles, los esfuerzos que, en la resaca de estos sucesos, hacen sicólogos y sociólogos para atravesar, en busca de algún signo orientador, el silencio que rodea el fondo del pozo que investigan, para atraparlo en un concepto. Algo se les escapa a los científicos y son los artistas urdidores de ficciones quienes tienen armas más penetrantes para explorarlos y dar cuenta de la sustancia -si es que la tiene- de ese algo. Richard Fleischer, apoyado en Orson Welles, en Impulso criminal, fue más lejos de donde la perplejidad del investigador topó con el invencible vacío, con el muro de inexpresividad.

La película exploró un suceso de esta especie, como Jean Genet cuando -del referido crimen cometido por Léa y Christine Papin en la casa de Le Mans donde durante más de una década sirvieron mansamente, hasta que un día, sin otra causa que un gesto de desagrado de su ama ante una mota de polvo, se desencadenó durante unos instantes su gélida furia exterminadora- extrajo el ceremonial trágico de Las criadas, que a su vez removió el malestar de Gide, Breton, Camus, Lacan y muchos otros, que vieron en aquel furor frío otra floración de la misma pesadilla ancestral que Dostoievski depositó bajo la vida irónica de su demonio Stavrogin: la fiebre cerebral que caldea el infierno común de los hombres comunes.

¿Qué convierte a estas atroces turbulencias de la conducta en fuente de arte? ¿Su enigmática -y ahí o en los alrededores de ahí anida lo más perturbador de ellas- conexión con la norma? ¿No es en el estruendo donde se desvela el lado inexplicable del silencio y lo desmedido lo que da razón de lo que la mesura anuda y que en sus excepciones, en cuanto secreciones de ella, se desata.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de junio de 1994